
Seguí en cierta ocasión un largo discurso del difunto secretario general de Hezbolá, el Sayed Hassan Nasrallah, en el que relató con minuciosa precisión lo ocurrido «el día en que las mujeres de la familia del Profeta fueron llevadas cautivas». Lo invadía una emoción profunda. Recuerdo haber quedado muy sorprendido al ver ese doloroso suceso convocado como si hubiera acontecido dos o tres días antes, expuesto de un modo que no admitía duda alguna sobre su veracidad, como si hubiera sido transmitido por testigos presenciales cuyo testimonio resultara incuestionable. Vinieron naturalmente a mi mente imágenes de mujeres aldeanas llorando en las iglesias el Viernes Santo, al escuchar el canto «Wa habibi» o «Soy la madre afligida». Pero esos ritos permanecen ligados a su dimensión espiritual, no a la cronología precisa del acontecimiento ni a su lugar y circunstancias, a diferencia de las conmemoraciones de la Ashura y de los días asociados a ella, entre los cuales figura «el cautiverio de las mujeres del Profeta».



