
Reflexiones sobre el choque que aguarda a los partidarios de la «moumanaa» tras la guerra

«Cuándo terminará la guerra? Digo: cuando nos encontremos.»
Mahmoud Darwish
Soy por naturaleza optimista, sin estar por ello acorazado contra la tristeza. Sin embargo, a pesar de la oscuridad y la brutalidad de la guerra, atravieso ahora uno de los períodos más esperanzadores de mi vida, al contrario de tantos a mi alrededor. Creo que estamos viviendo las últimas guerras del Líbano, y en el silencio de la noche dejo que mis pensamientos deriven hacia “el día después de la guerra”. Pienso, con compasión sincera y sin ánimo de reprochar nada a nadie, con una neutralidad casi total, en el choque que sacudirá los hogares cuyos habitantes fueron educados en un odio profundo hacia Israel, su pueblo y los judíos en general — nacionalistas árabes, nacionalistas sirios, comunistas, islamistas de toda tendencia.
Aquellos que no soportan escuchar la palabra “Israel” y la sustituyen por la “entidad sionista” o la “entidad ocupante y provisional”; quienes prefirieron antaño — y algunos todavía hoy — quemar el Líbano antes que abandonar la liberación de Palestina, enarbolando la bandera de “la libertad de acción para la resistencia armada palestina en todo el territorio libanés”, obligando así a su propio Estado a abdicar su soberanía a través del “Acuerdo de El Cairo”, en sacrificio ofrecido a la causa palestina. ¿Cómo soportarán una nueva realidad en la que Israel no se retirará del Líbano sino a cambio de un acuerdo de paz global? ¿En la que no cabrá volver al armisticio de 1949, sino que habrá que aceptar acuerdos de seguridad estrictos y vinculantes destinados a garantizar para siempre la seguridad de su frontera norte?
Un precio gravoso que el Líbano se verá obligado a pagar para recuperar su tierra
A quienes me preguntan estos días, les digo: cuando llegue la hora de las negociaciones verdaderas, habrá “llanto y crujir de dientes”. El precio que deberemos pagar, si queremos devolver al Estado libanés su tierra y sus habitantes del Sur, será altísimo.
Releed el texto del acuerdo de retirada israelí de 1983, al que despreciasteis llamándolo “17 de mayo” o “el acuerdo de la humillación y la vergüenza” — ese mismo acuerdo que derribasteis con el levantamiento del 6 de febrero de 1984. Releedlo, desead ardientemente y rezad para que Israel acepte, tras la guerra, algo parecido. Mi intuición, avalada por todos los indicios visibles, me dice que no lo aceptará.
Esta vez, Israel no se conformará con una retirada condicionada ni con acuerdos de seguridad frágiles susceptibles de ser anulados por operaciones suicidas; los ataques esporádicos y sostenidos contra sus fuerzas de ocupación ya no serán posibles. El régimen de Assad ha dejado de existir para apoyar a los “resistentes” y cubrir sus espaldas; el régimen teocrático iraní se tambalea; la Unión Soviética desapareció hace mucho; y la tierra, ahora vaciada de sus habitantes, ya no se parece a lo que fue — las gentes de ese territorio son el agua sin la cual el pez de la resistencia no puede sobrevivir. Israel exigirá garantías permanentes y mecanismos de vigilancia internacional genuinos, en los que participará y sobre los que ejercerá su propio control — o, en el mejor de los casos, ese papel recaerá en los ejércitos de Estados Unidos y de los países árabes hostiles al régimen iraní. Las potencias extranjeras podrían incluso imponer transformaciones radicales en la propia estructura del Estado libanés, a fin de impedir que el Sur vuelva a convertirse en una plataforma de lanzamiento de cohetes contra el norte de Israel, o en una red de túneles para lanzarse sobre él.
Quienes construyeron su identidad sobre “la resistencia islámica en el Líbano” descubrirán que este capítulo se ha cerrado definitivamente, y que el jomeinismo que habían abrazado como fe y modo de vida pertenece ya a otra época — una carga aplastante para ellos mismos, para sus familias y para el Líbano entero, que resultará imposible de sostener. Se enfrentarán a una realidad amarga: Palestina no ha sido liberada, el Líbano ha pagado el precio en su totalidad, e Israel no ha sido derrotado — al contrario, se encuentra ahora en posición de imponer sus condiciones. Los libaneses comprenderán entonces que quienes incendiaron Beirut en repetidas ocasiones, quienes devastaron el Sur una y otra vez, son los mismos que hoy se oponen a cualquier solución política capaz de preservar al país de un desastre renovado.
Pero el día del que hablo no será el de la venganza ni el del escarnio. Será el día del encuentro en la convicción compartida de que la apuesta por la liberación de Palestina a costa de la existencia del Líbano fue un error grave. Lo que ocurrió fue que ya vivíamos la tragedia palestina, y ahora nos encontramos sumidos en la tragedia palestina y libanesa a la vez, sin haber ganado nada salvo destrucción y dolor, al precio de vidas de hijos e hijas segadas en vano en su juventud. Un día en el que los libaneses reconocerán que la paz a la que llegaron naciones árabes hermanas no fue una traición, sino lo mejor de lo posible — la única opción que preserva lo que queda de nuestro país y de nuestro Estado. Una paz que significa fronteras seguras, un Estado capaz de ejercer plenamente su soberanía, una economía abierta al mundo en lugar de cerrarse sobre sí misma bajo las consignas de la “resistencia”.
Ese día marcará el comienzo de una era verdaderamente nueva. Una era en la que el Líbano saldrá del ciclo de guerras encadenadas e interminables, alimentadas desde 1969 por las quimeras de “la causa central” y de “la resistencia armada hasta el último aliento”. Una era en la que los libaneses recuperarán su derecho a una vida ordinaria: construir sus casas, cultivar sus tierras, criar a sus hijos lejos de las explosiones, los bombardeos, los cohetes y los discursos incendiarios.
No será fácil para una generación educada en la convicción de que “Israel es el enemigo para siempre, y que hay que luchar sin tregua, cualesquiera que sean las pérdidas, para borrarlo del mapa desde el río hasta el mar”, despertar de repente en un mundo donde ese “enemigo” solo se marchará tras la firma de un acuerdo pesado, destinado precisamente a protegerlo. Pero la historia no perdona a quienes permanecen prisioneros del pasado, y el día después de la guerra será, digan lo que digan y cueste lo que cueste, el día de quienes eligieron el Líbano primero — llegaran a esa elección temprano o tarde —, para reconstruir juntos y sanar las heridas de la patria y de las almas.