El orden mundial entra en una fase de transición marcada por la remodelación antes que por el colapso. El orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial, conducido hasta hoy —y más aún desde el hundimiento de la Unión Soviética en 1990— por los Estados Unidos, se ajusta a realidades inéditas. El peso económico de China le confiere una palanca estratégica que desborda con creces los ámbitos del comercio y las finanzas, situándola como principal competidora de los Estados Unidos. Aunque su modo de intervención difiere del de las potencias occidentales, su influencia creciente en regiones como Oriente Medio, África y América Latina no es en definitiva sino otra expresión del neocolonialismo, y por tanto no menos perjudicial para los intereses globales de Washington.

