
Todos lo vemos: el mundo es cada vez más brutal, como si estuviera sin ley ni orden. Aunque las guerras en Ucrania, Israel y Gaza, Siria, Sudán o Irán no sean fundamentalmente más violentas que las del siglo XX, lo que impacta al observador es la total desinhibición de los protagonistas en el uso de la fuerza. Ninguno de los actores implicados busca molestarse en justificativos morales o jurídicos más allá de la pura forma. Esta ausencia de apariencias ilustra la lógica depredadora que ahora prevalece en todas partes. Parece que la única pregunta que importa es: ¿cómo sacar ventaja o no perder demasiado con estas nuevas reglas del juego? Como lo reivindica Donald Trump con su talento para captar el sentir del momento: «Se acabó ser el chico simpático».

