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Strategia

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7)

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By Khalil Helou
Published may 25, 2026 - 21:36

Esta serie de artículos permitirá comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que dejan de lado las realidades. Corresponde al lector extraer las conclusiones pertinentes.

Las seis entregas anteriores fueron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la retirada del ejército israelí del sur del Líbano en mayo de 2000 y la instauración de un “Hezbolistán” en el sur del Líbano.

Muerte de Hafez al Assad y crecimiento de la influencia iraní en Siria y el Líbano

El 10 de junio de 2000, quince días después de la retirada israelí del Líbano, Hafez al Assad murió de un infarto. Tras su fallecimiento, su hijo Bashar asumió el poder. Bajo su mandato, la Siria baazista se acercó cada vez más a Irán. El país se convirtió en un satélite de Teherán y en una plataforma utilizada por el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) para proyectar su poder e influencia hacia el Líbano, pero también hacia Cisjordania a través de la frontera sirio-jordana. El control de Siria por parte del CGRI fue descrito en enero de 2009 por el exvicepresidente sirio Abdel Halim Khaddam (1984-2005): “Irán está implicado en el corazón mismo del régimen sirio: en sus servicios de seguridad, en sus fuerzas militares, en sus instituciones económicas y en sus mezquitas”.

El sur del Líbano: un “Hezbolistán” militar, político y social

Tras la retirada israelí de mayo de 2000, el presidente Émile Lahoud rechazó categóricamente desplegar al ejército libanés en la parte sur del país, hasta la frontera con Israel. Con ello, renunció al principio de soberanía nacional y dejó el camino libre a Hezbolá, que rápidamente transformó el sur del Líbano en un bastión multidimensional. La milicia proiraní gobernaba allí como autoridad absoluta bajo la mirada complaciente de las autoridades libanesas y del ejército sirio de ocupación, supervisado por oficiales del CGRI que operaban discretamente en segundo plano. Así, el sur del Líbano se convirtió en un verdadero “Hezbolistán”.

En el plano militar, la organización chiita aumentó su arsenal de cohetes de unos pocos miles a aproximadamente 15.000 unidades. Además de los clásicos katiushas, con un alcance de 20 kilómetros y que el grupo proiraní ya poseía, Irán le suministró cohetes Fajr-3, Fajr-5 y misiles Zelzal, con alcances respectivos de 40, 72 y 250 kilómetros. Un arsenal que debía darle la capacidad de atacar todo el territorio israelí.

Este rearme masivo estuvo acompañado de la excavación de una amplia red de túneles y búnkeres subterráneos para proteger la capacidad de fuego de Hezbolá y resguardar su estructura de vigilancia y ataques aéreos israelíes. Esta preparación táctica reforzaba la evidencia de una guerra próxima.

El fortalecimiento del aparato militar de Hezbolá también estuvo acompañado de una creciente integración política, marcada por el ingreso de la organización al gobierno por primera vez en 2005 y luego por su alianza con el Movimiento Patriótico Libre (MPL) de Michel Aoun a través del Acuerdo de Mar Mijail, firmado en 2006. Este pacto permitió a Hezbolá romper su aislamiento comunitario y consolidar su influencia política en el Líbano.

A través de esta alianza contra natura, el MPL ofreció sobre todo al grupo extremista armado una retaguardia dentro de la comunidad cristiana. Así, por primera vez en la historia contemporánea del país, un partido de mayoría cristiana dio un giro diametralmente opuesto a su línea política original. Después de haberse impuesto durante más de una década en la conciencia nacional libanesa por sus aspiraciones soberanistas y su defensa de un Estado de derecho, terminó alineándose con una organización subordinada a una potencia regional hegemónica que, evidentemente, arrastraría al Líbano a guerras destructivas.

Hezbolá también aseguró en el sur del Líbano una implantación social “paraestatal” mediante servicios de salud casi gratuitos y programas de reconstrucción a bajo costo, a través, por ejemplo, de la empresa “Jihad al Bina”. Estos apoyos le garantizaron la lealtad inquebrantable de la población chiita.

Este despliegue multidimensional permitió al grupo mantener una presión constante sobre la Línea Azul en el sur del Líbano hasta su operación militar transfronteriza de julio de 2006, que dio origen a la tercera guerra entre Israel y Hezbolá, conocida como la Guerra de los 33 Días.

Preludio de la tercera guerra con Israel

Un año después de la retirada israelí del 24 de mayo de 2000, estaba claro que la presencia de oficiales del CGRI y de cohetes de largo alcance en el Líbano no tenía como objetivo liberar las Granjas de Shebaa, sino transformar al país en una plataforma de lanzamiento de misiles contra Israel. Esta estrategia servía a los intereses geopolíticos de Irán, especialmente para desviar la atención del dossier nuclear, debatido públicamente desde 2002, y movilizar al mundo árabe alrededor de Teherán sobre la cuestión palestina.

Esta situación, en vísperas de la guerra de 2006, no reflejaba preparativos para un enfrentamiento entre Israel y Hezbolá, sino que anunciaba más bien un choque evidente entre Israel e Irán. La cuestión no era si estallaría una guerra, sino cuándo ocurriría. Un remake de 1993 y 1996 era evidente, aunque esta vez con cohetes de gran calibre y largo alcance. Los dirigentes de Hezbolá no ocultaban sus intenciones. En enero de 2002, el jeque Nabil Kaouk, vicepresidente del consejo ejecutivo de la organización proiraní, declaró con entusiasmo: “Más de 2,5 millones de israelíes están ahora al alcance de nuestros misiles”.

Ali Larijani inspira el ataque transfronterizo del 12 de julio y mueve los hilos del juego

Los iraníes, bajo presión internacional por su programa nuclear, habrían impulsado a Hezbolá a lanzar una operación transfronteriza que probablemente su entonces secretario general, Hassan Nasrallah, no deseaba. La organización proiraní buscaba mantener la calma en la frontera, algo que se percibía claramente en las declaraciones de Nasrallah durante las reuniones de la “conferencia de diálogo nacional”, celebradas en el Parlamento en la primavera de 2006. Estas reuniones trataban sobre una “estrategia de defensa nacional”.

Nasrallah insistía entonces en la necesidad de evitar que Israel arrastrará al país a una guerra, afirmando que el arsenal del movimiento servía como fuerza de disuasión frente a cualquier agresión israelí y no como herramienta para iniciar un conflicto. El mismo día del ataque, Nasrallah ofreció una conferencia de prensa en la que afirmó que la operación transfronteriza, durante la cual fueron capturados dos soldados israelíes, tenía únicamente el objetivo de negociar un intercambio de prisioneros. Añadió que no deseaba una escalada hacia una guerra total. ¿Se trataba de un verdadero llamado a Israel para evitar la ampliación del conflicto? ¿O eran falsas intenciones?

Dos días antes de la operación, Ali Larijani(1), entonces secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y principal negociador del programa nuclear, viajó a Damasco, donde se reunió con altos responsables del régimen de Assad y con Hassan Nasrallah. Habría informado a sus interlocutores que las negociaciones con las potencias occidentales sobre el programa nuclear iraní estaban estancadas. Según algunos informes, habría señalado que era necesaria una “acción”, sugiriendo la apertura de un frente para desviar la presión internacional ejercida sobre Teherán.

El frente de Gaza ya estaba en llamas desde hacía unas dos semanas. Antes de la visita de Larijani a Damasco, y más precisamente en la primavera de 2006, las negociaciones sobre el programa nuclear iraní entre Francia, Reino Unido, Alemania e Irán entraban en una fase de bloqueo tras la reanudación del enriquecimiento de uranio por parte de Teherán. El diálogo, inicialmente liderado por el trío europeo, se amplió entonces al grupo P5+1, que incluía a Estados Unidos, Rusia y China, con el objetivo de aumentar la presión sobre la República Islámica y, al mismo tiempo, presentarle ofertas. En junio de 2006, Javier Solana, entonces alto representante de la Unión Europea, presentó a Teherán una importante oferta de incentivos económicos y tecnológicos.

A cambio, las potencias occidentales exigían una suspensión total del enriquecimiento de uranio como condición previa, requisito que Irán rechazó categóricamente. Este bloqueo diplomático, percibido por Irán como una presión insoportable, condujo muy probablemente al inicio de las hostilidades por parte de Hamás en Gaza, con la captura de un soldado israelí el 25 de junio, y posteriormente al lanzamiento de la operación “Promesa Verdadera” en el Líbano. Ambas operaciones similares buscaban intercambios de prisioneros entre Israel, por un lado, y Hamás y Hezbolá, por el otro. Irán aspiraba así a situarse en el centro de las negociaciones, como ya había ocurrido durante las conversaciones de Berlín en febrero de 2000 y en otras negociaciones indirectas llevadas a cabo por Hezbolá con el Estado hebreo. Teherán seguramente contemplaba utilizar la carta de los prisioneros en manos de Hamás y Hezbolá como moneda de cambio para reducir las presiones sobre su programa nuclear. No ocurrió así, ya que las primeras sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irán fueron decididas a finales de julio de 2006, en plena guerra en Gaza y el Líbano. (Continuará)

(1) Ali Larijani fue asesinado el 17 de marzo de 2026 en un ataque israelí en Teherán.


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