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Ventana al desastre

¿Quién tiene derecho a escribir un manifiesto?

¿Qué hace el manifiesto? (3)

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Por Rita Barotta
Publicado sep 16, 2026 - 17:13

Este artículo es el tercero y último de una serie de tres dedicada al manifiesto como forma de escritura y como modo de intervenir en el mundo. El primero repasaba la historia de la proclamación y la autoridad que esta confiere a quien toma la palabra. El segundo se detenía en el conflicto que atraviesa el pronombre «nosotros» y en lo que está en juego cuando un manifiesto habla en nombre de un grupo. Este tercer artículo retoma la pregunta que dio inicio a todo el recorrido y vuelve al libro de Irene Vallejo para plantear otra: ¿qué hace un texto cuando se da a sí mismo el nombre de manifiesto y hasta dónde pueden extenderse los gestos contenidos en esa palabra?


El Manifiesto por la lectura de Irene Vallejo sigue siendo aquel libro que decepcionó a un lector que, a juzgar por el título, esperaba algo más teórico, más serio y quizá también algo más novedoso que decir sobre los libros, las bibliotecas y la lectura.

Y este libro sigue siendo el punto de partida de esta serie.

Sin embargo, volvemos a él con otra pregunta.

Después de Tzara, resulta difícil hacer de la seriedad o del rigor argumentativo una condición del manifiesto. La declaración del Combahee River Collective, por su parte, llevó a cabo buena parte de lo que hacen los manifiestos sin incluir jamás esa palabra en el título. Donna Haraway llevó la forma hacia una densidad teórica que a veces supera la de textos que se presentan, con total seguridad, como manifiestos.

Cada vez que hemos intentado aprehender esta forma a partir de uno solo de sus rasgos, la hemos visto ampliar un poco más sus fronteras.

El manifiesto ha cambiado mucho en cuanto a su extensión, su grado de teorización o el espacio que concede al programa, a veces formulado con claridad y otras apenas visible. Ni siquiera su nombre parece bastar para zanjar la cuestión. Algunos textos anuncian desde el título que son manifiestos, pero luego se toman grandes libertades con todo lo que asociamos a esa palabra. Otros realizan el gesto propio del manifiesto sin reivindicarlo nunca.

Quizá las cosas se aclaren si nos alejamos un poco del intento de definir la forma para centrarnos en lo que hace un manifiesto.

¿Qué hacen las palabras?

En 1955, el filósofo británico J. L. Austin imparte en Harvard las conferencias que se publicarían después de su muerte, en 1962, bajo el título How to Do Things with Words. Austin se interesa por esos momentos en los que las propias palabras entran en acción. En determinadas circunstancias, prometer es algo que se hace hablando. Lo mismo ocurre al disculparse, advertir o nombrar. Las palabras adquieren entonces su fuerza de aquello que llevan a cabo en el mundo.

No se trata, sin embargo, de convertir el manifiesto en un «acto de habla» en el sentido estricto que Austin da al término, ni de someterlo a una teoría concebida para responder a otras preguntas. Lo que aquí nos interesa es leer el manifiesto a partir del efecto que busca producir, en lugar de hacerlo a partir de las propiedades que debería poseer antes de que le concedamos ese nombre.

Desde el primer artículo, nos hemos encontrado con textos cuya aparición ya formaba parte de lo que pretendían lograr. Hemos visto a un grupo declararse y adquirir así una nueva presencia. Hemos visto cómo un nombre arrebatado al adversario cambiaba de significado. También hemos observado cómo el pronombre «nosotros», desde el momento en que entra en la frase, invita a un grupo a empezar a pensarse a través de él.

En estos casos, el manifiesto actúa en el espacio público. Hace visible algo, le da un nombre o modifica el lugar que ocupa, llevando al centro lo que hasta entonces se encontraba en los márgenes.

Y al otro lado del texto siempre hay alguien a quien se le pide algo: escuchar, reconsiderar, sumarse, negarse, indignarse o detenerse ante aquello con lo que se había acostumbrado a convivir sin prestarle ya atención.

Entonces aparece otro gesto, quizá menos estridente, pero igual de importante: la atención.

Las cosas que necesitan proclamarse no son necesariamente desconocidas. Pueden resultarnos tan familiares que acaben deslizándose poco a poco hacia el trasfondo de nuestras vidas. Todo el mundo las conoce y casi nadie las ve ya.

Tal vez una de las funciones del manifiesto consista precisamente en eso: retomar lo que nos resulta familiar y convertirlo en una cuestión que exige tomar posición.

Durante mucho tiempo hemos conocido el manifiesto a través de la voz del grupo, el programa, la gran declaración. Sin embargo, la palabra también aparece en libros que parten de la autobiografía, la memoria y la experiencia personal.

En Manifesto: On Never Giving Up, publicado en 2021, Bernardine Evaristo repasa su vida y su experiencia como escritora, así como su relación con la creación, el racismo, la representación y las instituciones culturales. Ella misma presenta el libro como su primera obra de no ficción, en la que revisita su trayectoria a través de su relación con la creatividad. Y, sin embargo, decidió incluir la palabra «manifiesto» en el título.

En 2025 se publica Books: A Manifesto, Or, How to Build a Library, de Ian Patterson. Una vez más, el libro parte de una larga relación personal con los libros para abrirse después a una defensa de la lectura, las bibliotecas y las formas de conocimiento a las que los libros dan acceso.

A primera vista, podría parecer que el «yo» contemporáneo empieza a ocupar el lugar que durante mucho tiempo correspondió al «nosotros». Sin embargo, la historia del feminismo nos invita a verlo de otra manera.

La expresión «lo personal es político» está vinculada al movimiento feminista de finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. En febrero de 1969, Carol Hanisch escribió el texto que acabaría conociéndose con ese título para defender los grupos de concienciación, acusados entonces de detenerse en problemas «personales» en detrimento de la política.

Para Hanisch, la cuestión reside precisamente en las relaciones de poder que atraviesan las dimensiones más íntimas de la vida. Lo que una mujer vive como un problema exclusivamente suyo empieza a percibirse de otro modo cuando escucha a otras mujeres relatar experiencias que coinciden con la suya.

Volvemos aquí a la habitación en la que nos habíamos sentado con las Redstockings en el artículo anterior. Cada mujer entra en ella con su propia historia. Después, los relatos se acercan y, de su yuxtaposición, surge algo que permanecía invisible dentro de cada experiencia considerada por separado.

Así, el «yo» puede convertirse en el punto de partida de un camino hacia lo compartido, cuando la experiencia individual revela condiciones y relaciones que trascienden a la persona que las vive y abre la vía para comprenderlas en un marco político y colectivo más amplio.

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Cuando cuidar se convierte en una postura

Manifiesto por la lectura. Caligrafías del cuidado se publica en 2020 en un contexto concreto. Irene Vallejo lo escribe por encargo de la Federación de Gremios de Editores de España, que lo presenta en la feria Liber como un texto destinado a destacar el valor público de la lectura y defenderla en el seno de la sociedad. También se enmarca en una movilización más amplia en favor de un pacto de Estado por el libro y la lectura en España.

Este detalle cambia profundamente nuestra manera de leer esta breve obra.

Vallejo no empezó escribiendo unas reflexiones sobre su relación personal con los libros para decidir más tarde llamarlas manifiesto. Desde el principio se le había encomendado una tarea: escribir un texto que llevara la lectura a un espacio público más amplio y expusiera su valor ante la sociedad y los responsables políticos.

Eligió llevar a cabo esta tarea mediante una escritura personal y literaria, recurriendo a sus recuerdos, a las escuelas, las bibliotecas y los primeros libros. Se mueve entre la historia y la experiencia, entre las impresiones y las imágenes que la lectura deja en la vida de las personas y las generaciones.

Quizá sea este carácter personal y afectivo lo que hizo que el lector que dio origen a esta serie sintiera que la palabra manifiesto lo había «engañado». Se encontró ante un texto íntimo y poético cuando esperaba una argumentación, un programa o una construcción teórica.

Pero el subtítulo del libro coloca junto a la palabra «manifiesto» una expresión en la que vale la pena detenerse: Caligrafías del cuidado.

A primera vista, la lógica del cuidado parece bastante alejada de lo que nos hemos acostumbrado a encontrar en un manifiesto.

Durante mucho tiempo, esta forma ha estado asociada a emociones intensas y voces altisonantes. Y he aquí que el cuidado entra en esta historia con una voz más baja.

Las éticas feministas del care (la palabra española «cuidado» solo refleja parcialmente la amplitud semántica, mucho mayor, del término inglés «care», introducido en Francia hace unos quince años) nos ofrecen aquí un lenguaje más preciso para comprender este desplazamiento. Joan Tronto, junto con Berenice Fisher, propuso una definición amplia del care, que engloba todo lo que hacemos para mantener nuestro mundo, preservarlo y repararlo con el fin de vivir en él lo mejor posible. Este mundo comprende los cuerpos, las relaciones, el entorno y las cosas que forman parte de las condiciones mismas de la vida. Tronto dio después a esta noción un alcance político, sacándola del ámbito privado o femenino al que durante mucho tiempo había quedado relegada, para pensarla en relación con el modo en que se distribuyen las responsabilidades y el poder.

Cuidar comienza por prestar atención a una necesidad y, después, por reconocer que esa necesidad requiere una respuesta. A continuación viene la responsabilidad que aceptamos respecto de algo cuya continuidad deseamos.

Este movimiento se acerca de manera bastante llamativa a algunos de los gestos que puede realizar el manifiesto. Primero, algo frágil debe entrar en nuestro campo de visión. Y cuando su continuidad se ve amenazada, la cuestión puede salir del círculo de quienes conviven más estrechamente con ello para llegar a un espacio más amplio, donde otras personas empiezan a sentir que su destino también les concierne.

Ya habíamos encontrado algo parecido en El Cairo, en 1938, cuando los artistas de Arte y Libertad utilizaron el manifiesto para defender un arte que se había vuelto vulnerable a la represión, la imposición y la exclusión.

Con Vallejo cambian tanto el tono como el objeto.

El Manifiesto por la lectura retoma un valor que su lector ya conoce y vuelve a mostrarle las condiciones que permiten que perdure. Hacia el final del libro, Vallejo escribe que «la lectura seguirá cuidándonos si nosotros cuidamos de ella».

La frase modifica el lugar del lector en esta relación. La lectura se convierte en una forma de cuidado recíproco: la continuidad de lo que nos aporta depende también de lo que hacemos por ella. Y esta atención se extiende a toda una red de personas, lugares y prácticas, desde las escuelas y las bibliotecas hasta las editoriales y los espacios donde se comparte la lectura.

Una relación que en un principio parecía individual lleva así a reflexionar sobre la sociedad en la que queremos que la lectura siga siendo posible y sobre las estructuras capaces de garantizar su continuidad.

Vallejo parte de una experiencia singular y luego presenta la lectura ante los demás como algo que merece su atención. A medida que otras personas se acercan a ella y empiezan a sentir que su supervivencia también les concierne, se perfila la posibilidad de otro tipo de colectivo.

Tal vez el «nosotros» aparezca entonces como un posible efecto del acto de cuidar, más que como una condición que deba precederlo.

Y tal vez la fórmula del «futuro que nos une», que también aparece hacia el final del libro de Vallejo, resulte aún más interesante al situarla en este recorrido. Ese futuro común puede construirse en torno a lo que decidimos proteger juntos y a las relaciones que nacen entre nosotros a partir de esa elección.


Cuando el manifiesto sale de la página

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El artista multidisciplinar libanés Alfred Tarazi presenta, del 15 al 20 de septiembre, la segunda parte de su proyecto A Lover’s Manifesto, titulada The Lebanese Experiment 1920-1958. (1)

La obra forma parte de un proyecto que recorre la historia de Beirut entre 1860 y 1982 a partir de miles de imágenes y documentos de archivo. En la concepción de Tarazi, las imágenes dejan de ser testigos de los acontecimientos históricos para convertirse en protagonistas de esa historia, capaces de contribuir a la creación de una conciencia política y a la formación de un imaginario colectivo.

Con Tarazi, el manifiesto sale de la página y deja de tener la palabra como herramienta central. La imagen, el sonido, el collage, el montaje y el archivo pasan también a formar parte del gesto de proclamación. Así, es posible «escribir» un manifiesto a partir de materiales que espontáneamente no habríamos asociado con la escritura.

Tarazi explica que el proyecto se sustenta en años dedicados a seguir el rastro de instituciones culturales libanesas, de sus publicaciones y de sus producciones visuales y sonoras. Parte de lo que recopiló —papeles y películas de celuloide— fue literalmente rescatado de la basura. Esta labor de recopilación se cruza con otra cuestión: la interrupción de la transmisión de la memoria entre generaciones y la existencia de capítulos enteros de la historia libanesa que siguen sin resolverse o sin comprenderse suficientemente.

Al describir su trabajo, Tarazi convierte el collage y el montaje en las herramientas de su propia «revolución» y presenta el proyecto como un manifiesto para recordar y como un llamamiento a actuar.

Así, aunque por un camino muy distinto, su trabajo converge con las preguntas planteadas por Vallejo.

¿Qué significa cuidar de algo amenazado con desaparecer?

En Vallejo, la lectura se convierte en objeto de cuidado cuando dejamos de dar por sentada su continuidad. En Tarazi, son las imágenes, las revistas, las películas y los materiales de archivo los que se enfrentan al riesgo de la desaparición física, el olvido y la interrupción de su transmisión a quienes vienen después.

El título de Tarazi, A Lover’s Manifesto, «El manifiesto de un amante», vincula una forma históricamente asociada a la proclamación y la confrontación con una relación basada en la cercanía, el apego y la preocupación por el destino de algo. Aquí, el amante actúa recopilando, conservando, rescatando y reordenando los fragmentos, antes de devolverlos al espacio público bajo una nueva forma.

Con Tarazi, cuidar se convierte en una práctica a la vez archivística y política. Se manifiesta en la recopilación de materiales, la preservación de aquello que corre el riesgo de desaparecer y su puesta de nuevo en circulación, pero también en esta pregunta: ¿quién heredará estas imágenes y estos relatos si su transmisión se interrumpe de una generación a otra?

Comenzamos esta serie con una pregunta: ¿quién tiene derecho a escribir un manifiesto?

Ahora, el propio verbo «escribir» parece haberse vuelto demasiado estrecho para la forma que intentamos comprender.

Un manifiesto puede escribirse. Puede pronunciarse. Puede componerse de imágenes dispersas, sonidos, archivos y montajes. Puede surgir de la declaración de un grupo airado, de una mujer que cuenta su experiencia, de una lectora que habla de los libros que la han acompañado o de un artista que reúne los fragmentos de una ciudad para devolverlos a nuestro campo de visión.

Quizá la pregunta más acertada, al término de este recorrido, sea ahora esta: ¿qué pretende hacer este manifiesto cuando entra en el mundo?

(1) https://www.beirutspringfestival.org/a-lovers-manifesto-p2-the-lebanese-experiment

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