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Opinión

Cuando se condena a un ministro soberano y se premian los arrebatos populistas

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Por Jad Akhawi
Publicado dic 18, 2025 - 11:39

En el Líbano, la política ya no se mide por los resultados ni por el grado de protección de los intereses nacionales, sino por el volumen de la voz, la intensidad del discurso y la capacidad de un funcionario para complacer los instintos de un público dividido y exhausto. En este clima, cualquier ministro que opte por la calma, el pensamiento sereno y el trabajo sin grandilocuencia se convierte en un blanco potencial de acusaciones constantes. Eso es exactamente lo que enfrenta el canciller Youssef Raji, sometido a una campaña de críticas inseparable de una crisis más profunda que afecta a la propia idea de Estado.

Desde que asumió la cartera de Relaciones Exteriores, Raji no ha actuado como un ministro “populista”, ni ha buscado convertir su cargo en una tribuna retórica o en una herramienta para anotar puntos en la política interna. Ha tratado al Ministerio de Exteriores como una cartera soberana cuya función es proteger la posición del Líbano en una coyuntura regional extremadamente peligrosa, y no como un escenario para la pose política. Esta elección, que debería ser evidente, se ha convertido en motivo de acusación en el Líbano, porque la cultura política dominante hoy considera el grito como postura, la temeridad como valentía y la diplomacia como signo de debilidad o complicidad.

El ataque contra Youssef Raji no parte de una evaluación rigurosa de su desempeño, sino de una comparación injusta entre lo que hace y lo que sus detractores quisieran que hiciera. Se le critica por no emitir declaraciones incendiarias, por no alimentar expectativas que sabe inalcanzables y por negarse a arrastrar al Líbano a conflictos que superan su capacidad de resistencia. Pero lo que se presenta como “debilidad” no es más que una comprensión realista del verdadero tamaño del Líbano y del equilibrio de poder que rige la región.

El Líbano de hoy es un Estado al borde del colapso: una economía devastada, instituciones débiles, profundas divisiones políticas y armas fuera del control estatal que limitan la toma de decisiones soberanas. En esta realidad, la política exterior se convierte en la última línea de defensa de lo que queda del Estado. Cualquier error de cálculo, cualquier declaración irreflexiva, podría abrir la puerta a un mayor aislamiento internacional o precipitar al país a una confrontación para la que no tiene herramientas ni medios. Youssef Raji entiende esta realidad y la aborda con pericia diplomática, no con sentimentalismo populista.

Es injusto responsabilizar al canciller por la acumulación de treinta años de políticas fallidas. Raji no heredó un Estado estable ni una red sólida de relaciones. Recibió, en cambio, la imagen de un país sin credibilidad, observado con desconfianza por una comunidad internacional que lo piensa dos veces antes de comprometerse. Dentro de ese margen estrecho, intenta reparar lo que aún puede salvarse, mantener un mínimo de comunicación con el exterior y evitar una ruptura total de relaciones, cuyo costo sería catastrófico para el Líbano.

Más importante aún, Youssef Raji no ha utilizado su cargo para saldar cuentas internas ni ha convertido al Ministerio de Exteriores en una extensión de batallas políticas locales. No habló el lenguaje de los ejes ni presentó al Líbano como instrumento de un conflicto regional. Por el contrario, intentó establecer un discurso que refleje la idea de Estado, aunque ese Estado sea débil y fragmentado. Este comportamiento, que debería ser el estándar de cualquier canciller, despierta sospechas y acusaciones en el Líbano, porque quienes están habituados a la lógica de la dominación no se sienten tranquilos con la lógica del equilibrio.

Defender a Youssef Raji no significa afirmar que sea infalible ni que su gestión esté por encima de la crítica. La crítica es un derecho y la rendición de cuentas, un deber. Pero lo que ocurre hoy va más allá de la crítica y se convierte en un juicio de intenciones, un intento de desmontar cualquier modelo de funcionario que no recurra a la retórica populista. Se espera que el canciller sea el eco de la calle enfurecida, no el guardián del interés nacional, y que complazca a una opinión pública pasajera, incluso a costa del futuro del país.

En un momento tan sombrío para el Líbano, la calma se vuelve un acto de resistencia y la diplomacia, una elección valiente, no una señal de debilidad. Defender a Youssef Raji es defender la idea de que el Líbano aún es capaz, pese a todo, de producir funcionarios que actúen con mentalidad de Estado y no con la lógica del sectarismo, y que calculen en función del interés nacional, no del impulso.

Puede que esta opción no sea popular ni coseche aplausos inmediatos, pero es la única capaz de proteger al Líbano de un colapso mayor. Y en un país acostumbrado a castigar la razón y premiar la locura, defender la diplomacia se convierte, en sí mismo, en una batalla.


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