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Análisis

«Queremos arrancaros de raíz»

Lo que dice la guerra contra la memoria

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Por Mona Fayad
Publicado may 8, 2026 - 12:13

Cuando viajaba a Canadá, me irritaba sobremanera la propaganda israelí que presentaba el falafel, el tabulé y el hummus como parte del patrimonio tradicional judío e israelí. Era una apropiación de tradiciones culinarias que pertenecen al Bilad al-Sham desde hace siglos, y no sólo el robo de un legado : era la confiscación de una identidad y una memoria.

Ningún pueblo en la historia ha invertido en la memoria como lo hicieron los judíos tras el Holocausto. Construyeron uno de los sistemas de preservación memorial más poderosos del mundo, convirtiendo la memoria en un dispositivo total : material, pedagógico y jurídico, concebido para ser indeleble. Catalogaron los efectos personales en museos, donde se reunieron miles de objetos que habían pertenecido a las víctimas : los zapatos, las maletas con los nombres de sus dueños inscritos encima, las gafas, los cabellos cortados a los prisioneros, las ropas y los pequeños objetos cotidianos (peines, relojes, anillos) ; todo ello para atestiguar que las víctimas eran individuos reales, y no meros números.

Recurrieron a los archivos y documentos, registros de deportaciones ferroviarias, listas nominales, decretos oficiales nazis, cartas y diarios íntimos, para convertir la memoria en una prueba jurídica e histórica irrefutable. Preservaron los lugares del crimen, erigieron memoriales, grabaron los testimonios de los supervivientes en sonido e imagen, y luego integraron todo ello en los programas educativos, produciendo películas y obras literarias. Transformaron la memoria en una experiencia sensible y cultural, y la protegieron mediante la ley, no mediante el sentimiento.

¿Puede alguien que sabe todo esto sobre el poder y la importancia de la memoria fingir ignorar lo que significa destruirla en los demás? ¿No es precisamente porque saben lo que significa destruir por lo que «destruyen» todo?

Si la memoria es lo que da al ser humano su nombre, su historia y su derecho a decir «yo estuve aquí», borrarla es el camino más corto para reducirlo a un número, por quienes combatieron para que las víctimas dejaran de ser números y recuperaran sus nombres.

 

La destrucción de aldeas y ciudades del Líbano del Sur va así mucho más allá de una operación militar, y no puede reducirse al lenguaje de las cifras : el número de edificios arrasados, el coste de las pérdidas. Lo que ocurre es mucho más profundo. Nos encontramos ante un intento organizado de golpear algo que vale más que la piedra : la memoria.

Cuando la gran mezquita, las casas patrimoniales e incluso los cementerios son arrasados, la intención no se limita a la supresión de referencias : es el testigo mismo el que se quiere eliminar. Esta destrucción no tiene nada de aleatoria. Constituye una agresión sistemática contra la vida en cuanto tal : las casas, las escuelas, las mezquitas, los mercados, y todo lo que atestigua que seres humanos vivieron aquí, amaron, aprendieron, construyeron un sentido para su existencia, y también fueron enterrados.

Es un acto de desarraigo declarado : desarraigar a los hombres de sus lugares, y desarraigar los lugares de su memoria.

Es el borrado de una biografía colectiva : la de generaciones que vivieron y aprendieron, de voces de alumnos, de maestros portadores de una vocación, de una historia local que se fue formando en silencio a lo largo de décadas y siglos. Y cuando una mezquita o una casa patrimonial es destruida, la pérdida no se mide en cemento, sino en la historia, el sentido y el sentimiento de pertenencia que esas paredes albergaban.

Contrariamente a lo que suele creerse, la memoria no es una idea abstracta. Está ligada al lugar : a la piedra, al santuario y a la tumba, a la escalera y al barrio, a los nombres que se repiten de generación en generación. Por eso, destruir el lugar es, en su esencia misma, destruir la memoria.

La historia nos enseña que los pueblos que viven una relación inestable con la tierra, como es el caso de los israelíes en la Palestina ocupada, tienden a reformatear el lugar en función de su propio relato. No sólo mediante la construcción, sino sobre todo mediante el borrado. Porque eliminar las huellas del otro no es nunca fortuito : es tomar parte en una lucha por la narrativa. ¿Quién estuvo aquí? ¿Y quién tiene derecho a decir «esta tierra es mía»?

Asistimos a un esquema de violencia que supera la guerra para alcanzar algo más profundo : una agresión contra el ser humano, contra su memoria, contra los valores que hacen posible la vida en común. Un colapso moral que redefine la relación con el otro sobre la sola base de la fuerza y la violencia.

Los ataques contra lugares civiles constituyen una violación manifiesta de los principios del derecho internacional humanitario. La destrucción de bienes culturales y religiosos sólo puede calificarse en términos de violaciones graves, que alcanzan el nivel de crímenes de guerra según las normas internacionalmente reconocidas.

Vienen a continuación los actos de pillaje relatados por los propios medios israelíes : soldados que entran en las casas y salen con efectos personales, joyas, e incluso fotografías de familia. Tales actos no pueden reducirse a un mero detalle.

¿A qué profundidad de degradación moral hay que haber llegado para que la fotografía de una familia, una colcha o un recuerdo íntimo se convierta en botín de guerra? No se trata aquí de deslices individuales, sino de un comportamiento que revela una mentalidad : tratar el lugar como un vacío, y a sus habitantes como si nunca hubieran existido. El derecho denomina este acto «pillaje» (pillage), expresamente prohibido y constitutivo de un crimen de guerra en virtud de las normas del derecho internacional humanitario y los Convenios de Ginebra, porque no sólo atañe a los bienes, sino a la dignidad de los civiles y a sus derechos fundamentales.

La fotografía de familia no es un objeto robado : es un documento de identidad. Su robo va más allá de lo material para convertirse en una violación de la vida privada, confluyendo así con la vulneración del derecho a la dignidad humana.

El mensaje, aquí, es inequívoco : no queremos sólo vuestra tierra, queremos borrar vuestras huellas sobre ella.

El golpe más temible de todos concierne, sin embargo, a la desaparición de los límites catastrales, al borrado de los referentes y a la destrucción de los registros de propiedad y documentos catastrales. El daño se convierte entonces en una amenaza a largo plazo sobre los derechos, de una gravedad que no es inferior a la del bombardeo mismo. La destrucción se transforma en un problema jurídico para el futuro : ¿quién posee qué? ¿Dónde empieza la propiedad y dónde termina? Es un trabajo de zapa y un borrado de los derechos cívicos y de la propiedad privada, como si la guerra que libran los israelíes no se contentara con el daño inmediato, sino que se prolongara para sembrar contenciosos duraderos en el seno de la propia sociedad.

En cuanto el ataque a la memoria se afirma como un esquema recurrente : ataque a las infraestructuras civiles, destrucciones masivas sin necesidad militar demostrable, pillaje sistemático, ya no hablamos de simples excesos, sino de actos que se inscriben en el marco de los crímenes contra la humanidad. Y la cuestión, en este punto, no es sólo técnica o jurídica : es moral. Porque los valores que se supone deben regular la conducta de la guerra, incluso en sus circunstancias más extremas, se derrumban en el momento en que el civil, su memoria y sus bienes se convierten en un objetivo legítimo.

 

Sin embargo, estos intentos chocan con una verdad fundamental : la memoria no se borra fácilmente. Se puede romper la piedra, pero es difícil arrancarle el sentido. La memoria se parece ciertamente al vidrio, sus fisuras resisten a la reparación, pero tampoco desaparece por completo. Permanece en las personas, en el idioma, en la nostalgia, y en el propio acto de reconstruir.

La cuestión no radica únicamente en lo que se destruye, sino en cómo respondemos. Repetir fórmulas hechas como «reconstruiremos mejor que antes» no basta ; puede incluso ser una forma de evasión. La verdadera reconstrucción comienza por el reconocimiento de la pérdida : hay una fractura real, hay lo que no puede ser enteramente reparado, hay algo irreemplazable que se ha perdido.

Por eso, lo que el Sur necesita hoy no es sólo la reconstrucción, sino la protección de su memoria : documentar lo que ha sido destruido y registrar las violaciones, preservar los nombres y las pruebas, retrazar los mapas y consolidar los derechos por vía jurídica, salvaguardar los relatos y perseguir a los responsables en los marcos internacionales.

Porque la batalla, en definitiva, no versa sólo sobre la tierra, sino sobre el sentido de esa tierra.

Y quien logra proteger su memoria, logra perdurar.

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