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Opinión

Las negociaciones de Washington: ¿Logrará el Líbano romper sus cadenas?

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Por Najib Zwein
Publicado may 9, 2026 - 17:40

Desde el surgimiento del conflicto árabe-israelí, el Líbano ha procurado tenazmente preservarse de una caída total en el brasero de las guerras abiertas, adoptando una política articulada en torno a dos pilares: ser el último Estado árabe en firmar un acuerdo de paz con Israel, y permanecer como «Estado de apoyo» a la causa palestina en lugar de convertirse en un «Estado de confrontación» que cargara solo con el peso de la guerra. Este enfoque emanaba de la naturaleza singular del Líbano, de sus frágiles equilibrios y de su composición política y social, que no podía absorver conflictos prolongados que superaran sus capacidades y sus recursos.

Sin embargo, este equilibrio comenzó a erosionarse gradualmente con el auge de la acción armada de los fedayin palestinos, cuando vastas regiones del Sur se transformaron en lo que se conocería como «Fatahland», bajo el amparo de fuerzas islámica y de izquierda. El Líbano entró entonces en una nueva fase de división, especialmente cuando el régimen de Asad supo explotar esta realidad y ponerla al servicio de sus proyectos regionales, convirtiendo al país en un escenario abierto para las guerras y los arreglos exteriores.

Con el paso de los años, los nombres y los rostros fueron cambiando sin que el cuadro de fondo se transformara; las organizaciones palestinas cedieron su lugar a la influencia iraní ejercida a través de Hezbolá, y el papel sirio fue eclipseándose en beneficio de Teherán, que tomó las riendas de la decisión política y militar. La diferencia fundamental, no obstante, reside en la naturaleza del vínculo entre Irán y el Partido: ya no se trataba de una mera alianza de intereses, sino que había devenido una unión doctrinal y orgánica profunda, lo que hizo de la desvinculación entre la decisión libanesa y el proyecto iraní un empeño de una complejidad extraordinaria.

La región vive hoy transformaciones de gran envergadura que están redibujando sus equilibrios; con el regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca, las ecuaciones internacionales han cambiado. En el plano interno, la elección del general Joseph Aoun como presidente de la República y la designación del doctor Nawaf Salam para formar gobierno han suscitado la esperanza de recuperar la soberanía estatal tras años de colapso y de hegemonía armada.

En este contexto fue donde el proyecto de diálogo con Israel fue puesto sobre la mesa, después de que Teherán cerrara las puertas a toda solución y llevara al país al borde de la implosión total. Se ha vuelto evidente que la perpetuación del statu quo supondía el aislamiento definitivo y devastador del Líbano; por ello, la nueva autoridad considera que la salvación pasa por consolidar el poder del Estado, concentrar la decisión sobre la guerra y la paz en manos de las instituciones legítimas y sustraer al país del juego de los ejes regionales.

Esta orientación tropieza, sin embargo, con obstáculos internos; las relaciones entre el presidente del Parlamento, Nabih Berri, y la presidencia de la República atraviesan una tensión creciente, con Ain al-Tineh percibiendo que el proceso negociador sobrepasa los entendimientos tradicionales. La posición de Hezbolá se muestra por su parte aún más compleja desde que su poder de decisión soberana emigró a los Guardianes de la Revolución iraníes, lo que supedita todo diálogo interno a los cálculos de Teherán y a sus negociaciones con Washington.

La nueva autoridad libanesa afirma hoy su rechazo a atar el futuro del país al tren de la negociación irano-americana, convencida de que el Líbano no puede seguir sirviendo de «carta de presión» exterior. En lo que podría sentar las bases de una nueva trayectoria política, se espera en Washington un encuentro entre delegaciones libanesa e israelí, en un intento serio de recuperar el estatuto de «Estado normal».

El Líbano se encuentra hoy ante una encrucijada histórica: o el regreso a la lógica del Estado, la soberanía y las instituciones, o el mantenimiento como rehén de las armas y de los ejes exteriores que no han legado a los libaneses sino destrucción y colapso.

¿Logrará el Líbano romper las cadenas del «escenario» para entrar en la era del «Estado»?

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