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Análisis

La era posterior a Nabih Berri

¿Pasará finalmente el liderazgo chiita en el Líbano del poder personal a las instituciones?

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Por Jad Akhawi
Publicado jul 16, 2026 - 01:44

Durante más de tres décadas, la política libanesa ha estado estrechamente ligada al nombre de Nabih Berri. Desde que asumió la presidencia del Parlamento en 1992, Berri ha sobrevivido a presidentes de la República, a primeros ministros, a guerras regionales, a intervenciones internacionales y a profundas transformaciones geopolíticas. Ha llegado a ser mucho más que el presidente del Poder Legislativo. Terminó por consolidarse como uno de los principales arquitectos del Líbano posterior al Acuerdo de Taef y como el líder político indiscutible del Movimiento Amal.

Sin embargo, toda permanencia prolongada en el poder termina planteando la misma pregunta: ¿qué viene después?

La cuestión no es si Berri dejará el cargo mañana o dentro de algunos años. Nada indica hoy que su retiro sea inminente. La verdadera pregunta estratégica es si el Líbano se está preparando realmente para pasar de un sistema político centrado en las personas a otro sustentado en las instituciones.

Este debate va mucho más allá del Movimiento Amal y de la comunidad chiita. En muchos sentidos, constituye una prueba de la capacidad del propio Líbano para evolucionar hacia una política más institucional.

El fin de una era

Pocos dirigentes políticos en Oriente Medio han conservado una influencia tan prolongada como la de Berri. Su permanencia no fue producto del azar. Dominó el arte de equilibrar las distintas fuerzas políticas internas mientras mantenía relaciones de trabajo con Damasco, Teherán, Riad, París, Washington y, cuando las circunstancias lo exigían, con los mediadores internacionales.

Dentro del panorama político chiita del Líbano fue consolidándose gradualmente una división tácita de funciones: Hezbollah se convirtió en la principal fuerza militar e ideológica, mientras Berri se consolidó como el rostro institucional de la participación política chiita dentro del Estado libanés.

Esta distribución de funciones permitió preservar durante décadas un equilibrio interno relativamente estable, aunque también contribuyó al debilitamiento gradual de la lógica del Estado.

Pero la historia rara vez permite que los equilibrios políticos permanezcan intactos para siempre.

El entorno regional que sostuvo ese equilibrio está cambiando profundamente. La influencia iraní enfrenta desafíos cada vez mayores. Los países árabes están retomando su relación con el Líbano bajo nuevas condiciones. Estados Unidos sigue insistiendo en el fortalecimiento de las instituciones del Estado y en la reforma del sector de la seguridad. El debate sobre el futuro del papel de Hezbollah se ha vuelto cada vez más frecuente, mientras aumentan las presiones sobre el Estado libanés para que recupere el monopolio de la autoridad legítima.

En este contexto, la cuestión de la sucesión pasa inevitablemente a formar parte de un debate mucho más amplio.

Más allá de los nombres que circulan

Con frecuencia, el debate mediático reduce la cuestión de la sucesión a la búsqueda de un único heredero. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.

Entre los nombres que más se mencionan dentro del Movimiento Amal figura Ali Hassan Khalil, uno de los colaboradores políticos más cercanos de Nabih Berri y exministro de Finanzas. Su experiencia y su estrecha relación con Berri lo convierten en el heredero natural dentro de la jerarquía tradicional del movimiento. Sin embargo, las sanciones internacionales en su contra, las acusaciones de corrupción y la intensa polarización política dificultan considerablemente su capacidad para consolidarse como figura unificadora a nivel nacional.

Otro nombre que aparece con frecuencia es el de Jamil Hayek, presidente de la Oficina Política del Movimiento Amal. Hayek posee una amplia experiencia organizativa y goza de una sólida credibilidad en la estructura institucional del movimiento. No obstante, el liderazgo interno de un partido no se traduce automáticamente en autoridad política a escala nacional.

Otros dirigentes de Amal, como Qabalan Qabalan y Hani Qobeissi, también cuentan con una amplia trayectoria parlamentaria y organizativa. Sin embargo, ninguno parece estar hoy en condiciones de reproducir la combinación única que distinguió a Nabih Berri: legitimidad política, capacidad de negociación, relaciones regionales y autoridad institucional.

Eso, por sí solo, sugiere que el Líbano difícilmente verá surgir “otro Nabih Berri”.

¿Puede surgir el próximo liderazgo fuera de Amal?

La posibilidad más interesante es que el liderazgo chiita de la era posterior a Berri deje de estar limitado a la jerarquía tradicional del Movimiento Amal.

Uno de los nombres que suele mencionarse es el del general retirado Abbas Ibrahim, exdirector general de la Seguridad General, cuya trayectoria es muy distinta de la de los políticos tradicionales. Durante su carrera construyó una extensa red de relaciones a lo largo de todo el espectro político libanés, al tiempo que mantuvo canales de comunicación con gobiernos árabes, capitales occidentales y actores regionales de gran influencia.

A diferencia de los políticos tradicionales, su reputación se basa en la gestión de crisis, las negociaciones para la liberación de rehenes, la diplomacia de inteligencia y una cultura de diálogo profundamente pragmático

Sin embargo, sigue siendo incierto que esas cualidades puedan transformarse en liderazgo político. La experiencia en los organismos de seguridad no otorga automáticamente legitimidad electoral. Pero, en los períodos de transición, los Estados suelen recurrir a figuras de consenso capaces de tender puentes entre fuerzas políticas rivales.

Otro nombre que aparece ocasionalmente es el del diputado Jamil El Sayyed.

A pesar de su larga trayectoria en los aparatos de seguridad, El Sayyed ha procurado proyectar una imagen de independencia frente a las estructuras partidistas tradicionales. Sus críticas a la clase política establecida le han valido el respaldo de quienes buscan un discurso alternativo en la comunidad chiita.

Al mismo tiempo, sigue siendo una de las figuras públicas más controvertidas del Líbano. Su estilo político marcadamente confrontativo puede entusiasmar a sus seguidores, pero también dificulta considerablemente la construcción de un consenso nacional más amplio.

Ni Abbas Ibrahim ni Jamil El Sayyed representan hoy un proyecto claro de sucesión. Su importancia radica más bien en que ponen de manifiesto que el próximo capítulo de la política chiita quizá no se escriba exclusivamente dentro del marco organizativo del Movimiento Amal.

La verdadera cuestión es institucional

Centrar el debate únicamente en las personas significa pasar por alto la transformación más profunda que ya está en marcha.

Los sistemas políticos modernos no se limitan a preguntar quién sucederá al líder. Cuestionan principalmente la capacidad de las instituciones para generar una nueva generación de líderes.

Ahí reside el mayor desafío para el Líbano.

Durante décadas, los partidos políticos de todas las comunidades han girado, en gran medida, en torno al liderazgo personal más que a mecanismos internos de carácter democrático. Las transiciones de liderazgo han estado determinadas, por lo general, por la influencia individual, las redes familiares o circunstancias políticas excepcionales, antes que por procedimientos institucionales transparentes.

El Movimiento Amal no constituye una excepción.

La verdadera oportunidad que ofrece la era posterior a Berri consiste en transformar Amal, de un movimiento estrechamente vinculado a una sola figura histórica, en un auténtico partido político institucional, regido por elecciones internas, una renovación periódica de sus dirigentes, el debate sobre las orientaciones políticas y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

Una transformación de este tipo fortalecería al movimiento, en lugar de debilitarlo.

Las instituciones fuertes sobreviven a sus líderes.

Los sistemas políticos construidos exclusivamente en torno de las personas rara vez lo hacen.

Una prueba para la comunidad chiita del Líbano

La propia comunidad chiita se encuentra hoy ante una oportunidad histórica.

Durante décadas, su representación política ha estado dominada por dos grandes organizaciones cuya legitimidad se forjó en el contexto de la guerra, la “resistencia” y los conflictos regionales.

Sin embargo, los próximos años podrían exigir un vocabulario político completamente distinto.

La reactivación económica.

La reconstrucción del Estado.

La reforma institucional.

La inversión extranjera.

La independencia del Poder Judicial.

La modernización de la administración pública.

Estas prioridades requieren dirigentes políticos capaces no solo de movilizar, sino también de gobernar.

En última instancia, la próxima generación de líderes chiitas será juzgada menos por su legado en tiempos de guerra que por su capacidad para reconstruir el Estado libanés.

La era posterior a Berri

Al final, el futuro no debería medirse por la capacidad de alguien para suceder a Nabih Berri reproduciendo su control sobre las instituciones del Estado, junto con las redes de clientelismo y las contrataciones indiscriminadas en el sector público que dieron lugar a un amplio fenómeno de desempleo encubierto.

Es poco probable que alguien pueda reproducir ese modelo.

La cuestión verdaderamente fundamental es si el Líbano logrará, por fin, liberarse de su dependencia crónica de líderes considerados irremplazables.

Si el debate sobre la era posterior a Berri se limita a elegir a otro “hombre fuerte”, el país no hará más que reproducir la misma cultura política bajo un nombre diferente.

Pero si la transición favorece el surgimiento de partidos más sólidos, mecanismos transparentes para la selección de sus dirigentes, una gobernanza institucional y un pluralismo político más amplio dentro de la comunidad chiita, entonces la salida de Nabih Berri, cuandoquiera que ocurra, podría marcar no el inicio de un período de inestabilidad, sino el comienzo de una auténtica madurez política.

El Líbano no necesita otro hombre indispensable.

Necesita instituciones indispensables.

Y eso, mucho más que cualquier batalla por la sucesión, será lo que determine el próximo capítulo político del país.

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