

Hezbolá, que durante años hizo temblar a todo el país con sus armas, sus hombres y sus amenazas, ha quedado hoy reducido a ensuciar al Patriarca maronita Bechara Raï a través de ejércitos de cuentas anónimas, valentía impostada e insultos escritos desde detrás de una pantalla.
Hasta su manera de caer se ha vuelto pequeña.
¿Por qué esta rabia? Porque el Patriarca simplemente les recordó algo que se ha vuelto insoportable para ellos: el Líbano pertenece a los libaneses. Una frase simple. Una frase normal. Y sin embargo ya no logran acallarla. Entonces golpean el vacío, como quien siente que el suelo se desvanece bajo sus pies.
No es una señal de fortaleza. Es exactamente lo contrario. Los movimientos seguros de sí mismos no necesitan enviar anónimos a atacar a un hombre de Iglesia. Cuando se reemplazan los argumentos por el barro, es porque en el fondo ya se sabe que una parte de la batalla está perdida.
Existe un momento en la vida de las organizaciones en que comprenden que el miedo que inspiraban empieza a desvanecerse. Y cuando el miedo se va, poco queda.
Entonces llegan las reacciones nerviosas, los insultos, los excesos, los golpes inútiles. Como un escorpión acorralado que pica una última vez, no porque aún domine, sino porque ya no sabe morir de otra manera.
En la historia del Líbano, cuando un movimiento comienza a atacar con histeria a una autoridad religiosa, suele ser el indicio de que ha agotado sus otros recursos. El argumento político ya no convence. El argumento militar ya no basta. Solo queda el barro. Pero el barro lanzado contra un patriarca no mancha a quien se dirige. Revela, sobre todo, a quien lo lanza.
Lo que ocurre hoy va mucho más allá de una polémica contra el Patriarca Raï. Es el espectáculo de un sistema que siente que el tiempo cambia a su alrededor. Y un sistema que presiente su fin se vuelve a menudo agresivo, desordenado y ruidoso.
Lo más difícil para ellos es ese momento muy preciso en que el miedo cambia de bando.
Un muerto no sabe que está muerto. Pero un moribundo sí lo sabe.