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Opinión

Los exiliados hacia Israel: entre herida identitaria y ausencia de justicia transicional

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Por Najib Zwein
Publicado may 16, 2026 - 06:51

El caso de los libaneses exiliados en Israel figura entre los más complejos y sensibles de toda la problemática libanesa, precisamente porque se sitúa en la intersección de tres dimensiones estrechamente entrelazadas: las secuelas de las ocupaciones siria e israelí, los legados de la guerra civil y la profunda fractura que atraviesa las propias concepciones del Estado, la soberanía y la justicia.

El Estado estuvo ausente del sur del Líbano durante décadas, dejando a la población atrapada entre la ocupación y las armas de las milicias. Cuando regresó tras la liberación, lo hizo bajo una lógica estrictamente securitaria y judicial, ajena a cualquier verdadero espíritu de reconciliación nacional. Por eso este expediente sigue siendo una herida abierta: Líbano nunca vivió una auténtica experiencia de justicia transicional a la altura del periodo de posguerra y de las múltiples ocupaciones que lo marcaron.

En el plano humano, sería impensable negar la tragedia que atravesaron miles de personas y sus familias, una tragedia que se manifiesta en:

· El desarraigo forzado de su entorno natural.

· La dolorosa separación de sus seres queridos y de sus pueblos.

· Una crisis de identidad y pertenencia que los condenó a vivir suspendidos entre dos países.

En cuanto a los niños nacidos o criados allí, atraviesan una crisis aún más profunda: nunca llegaron a integrarse plenamente en la sociedad de acogida, mientras que algunos, en su propio país, Líbano, los miran con desconfianza y hostilidad. Aquí surge la cuestión moral fundamental: ¿es legítimo extender la responsabilidad jurídica y política a las esposas, los hijos y los nietos? Familias enteras pagan hoy el precio de decisiones impuestas por circunstancias aplastantes a algunos de sus miembros, aunque la gran mayoría jamás tomó las armas ni participó en ninguna actividad de seguridad.

Para comprender mejor el panorama, es importante establecer algunas verdades incuestionables.

  1. La autenticidad de la identidad: estas personas son libanesas de origen, no extranjeras ni recién llegadas a esta tierra.

  2. La elección de sobrevivir: no partieron hacia Israel por voluntad propia, sino bajo la presión de un exilio forzado. Frente a dos opciones igualmente amargas, enfrentar amenazas de eliminación física lanzadas por sus adversarios de entonces (el sayyed Hassan Nasrallah declaró: “Los degollaremos en sus camas”) o vivir un duro exilio lejos de la patria y de sus seres queridos, eligieron seguir con vida.

  3. La ausencia del Estado: no conspiraron contra el Estado; fue el Estado el que los abandonó, dejándolos a merced de las ocupaciones y las tutelas extranjeras.

  4. El historial pacífico: no estuvieron implicados en el asesinato de ningún primer ministro, en la eliminación de diputados soberanistas, ni hicieron explotar mezquitas o infraestructuras públicas.

Entre justicia y venganza

La diferencia esencial radica en distinguir entre una justicia basada en la responsabilidad individual y una venganza colectiva acompañada de un ostracismo permanente. La justicia implica establecer responsabilidades precisas caso por caso, garantizar juicios en condiciones equitativas y rechazar el principio según el cual la culpabilidad se transmite de generación en generación.

Conclusión política y humanitaria

Este expediente no se resolverá a través de consignas acusatorias; exige el enfoque de un “Estado verdadero”, basado en el reconocimiento de la especificidad del periodo de ocupación y de las circunstancias opresivas que lo acompañaron, en la clara distinción entre quienes cometieron crímenes comprobados y quienes fueron víctimas de los acontecimientos, en el respeto a un poder judicial libanés independiente y a la primacía del derecho, y finalmente en atender la dimensión humana de las familias y los niños, lejos de toda lógica de represalia y odio.

El caso de los expulsados hacia Israel no puede, ni debe, mezclarse con ningún otro expediente, porque el verdadero adversario en este caso es el propio Estado libanés y no otra parte. Por ello, la responsabilidad nacional y moral recae ante todo en el Presidente de la República, en su calidad de jefe de Estado y principal garante de la seguridad y la integridad del país, así como del destino de todos sus ciudadanos sin excepción. Quien en otro tiempo eligió enfrentar a Israel en nombre de la dignidad y la soberanía no puede mostrarse hoy incapaz de encontrar el camino para traer de regreso a sus hijos de los exilios forzados y devolverlos a su patria bajo el amparo de la ley, la justicia y la reconciliación nacional.

En definitiva, el desafío fundamental que enfrenta Líbano sigue siendo el mismo: realizar la transición desde la memoria de la guerra y la división hacia un Estado capaz de articular justicia y reconciliación, sin sacrificar jamás ni la soberanía ni la dignidad humana de sus ciudadanos.

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