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Análisis

La desintegración del modelo libanés: entre el estancamiento y la ausencia de una alternativa

Una lectura de la estructura de las revoluciones científicas y de los cambios de paradigma

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Por Mona Fayad
Publicado sep 13, 2026 - 16:58

La historia de la ciencia ha seguido un curso sinuoso de demolición y reconstrucción, y no una acumulación lineal y apacible, como se creyó durante siglos. Hasta mediados del siglo XX, la visión dominante concebía la ciencia como un edificio que se elevaba ladrillo por ladrillo, con cada generación de científicos añadiendo un nuevo ladrillo al edificio de la verdad absoluta.

Sin embargo, la publicación en 1962 de La estructura de las revoluciones científicas, del historiador y filósofo de la ciencia estadounidense Thomas Kuhn, provocó un verdadero terremoto intelectual que transformó nuestra comprensión de la manera en que evoluciona el pensamiento humano. Kuhn no se limitó a proponer una nueva lectura de la historia de la ciencia. Sentó las bases de una nueva epistemología al mostrar que el desarrollo científico avanza mediante saltos repentinos y rupturas profundas, moldeados también por contextos sociológicos y psicológicos que no están exentos de conflicto.

Kuhn no hablaba, desde luego, de política, sino de la forma en que los científicos pasan de una teoría a otra. Pero la paradoja radica en que la herramienta analítica que desarrolló para comprender a las comunidades científicas puede también ayudar a responder otra pregunta: ¿cómo cambian las sociedades y cómo pierden vitalidad los sistemas hasta terminar colapsando?

¿Qué es un paradigma y cómo puede aplicarse a los Estados?

En la filosofía de Thomas Kuhn, un “paradigma” es el conjunto de creencias, reglas y valores compartidos sobre los que una comunidad determinada se pone de acuerdo para organizar sus asuntos y resolver sus problemas.

Kuhn denomina a esta etapa “ciencia normal”: todos trabajan dentro de un mismo marco intelectual, considerado evidente y no sujeto a cuestionamiento fundamental. En política, esta situación se asemeja a la de sistemas estables gobernados por reglas establecidas, incluso cuando esas reglas son injustas o ineficaces.

El enfoque de Kuhn aparece hoy como una herramienta especialmente útil para comprender la crisis existencial que atraviesa Líbano. Los libaneses se encuentran ahora en el corazón de una “crisis de paradigma”: el antiguo modelo se ha derrumbado por completo, mientras que uno nuevo sigue sin poder emerger, dejando al país en un estado de incertidumbre, inestabilidad y temor a lo desconocido.

Para Kuhn, la transformación no comienza con un colapso repentino, sino con la aparición de “anomalías”, es decir, fenómenos que el sistema existente ya no logra explicar.

El “paradigma libanés” que gobernó al país desde la independencia, y que fue consolidado en una forma modificada por el Acuerdo de Taif de 1989, se apoyaba en una fórmula clara: democracia consociativa, sistema de cuotas confesionales, una economía rentista basada en los servicios y la banca, el mantenimiento de delicados equilibrios regionales y la protección de las libertades públicas.

Líbano atravesó una etapa en la que este modelo funcionó con relativa normalidad. Cuando el país enfrentaba problemas, como crisis gubernamentales o tensiones de seguridad limitadas, estos eran tratados como problemas por resolver dentro de las reglas existentes: un acuerdo político aquí, préstamos internacionales allá, sin tocar el núcleo del sistema confesional o financiero.

“Anomalías” cognitivas y políticas

La estabilidad de los modelos en decadencia comienza a tambalearse cuando las anomalías se acumulan y las herramientas tradicionales dejan de ser capaces de explicarlas o resolverlas.

En Líbano, estas anomalías se fueron acumulando gradualmente durante décadas, hasta culminar en el colapso financiero de 2019, la explosión del puerto de Beirut en 2020 y la parálisis de las instituciones constitucionales desde la apertura de los llamados frentes de apoyo.

La clase gobernante intentó hacer frente a estas catástrofes remendando el viejo modelo, de manera muy similar a como algunos científicos se aferran a teorías cuyo poder explicativo se está agotando. Intentaron convencer a la población de que la crisis no era más que una “escasez temporal de liquidez” o un problema técnico que podía resolverse con medidas parciales.

Pero en el caso libanés, la “anomalía” dejó de ser un problema meramente económico o administrativo y se transformó en una “cuestión existencial” que afecta la posibilidad misma de supervivencia del Estado: ¿puede un Estado seguir existiendo sin plena soberanía sobre su territorio, sin un poder judicial independiente, con una moneda nacional profundamente devaluada, sin un mínimo de servicios básicos y sometido además a una ocupación sin un horizonte claro?

Una crisis insoluble y la ausencia de un modelo alternativo

Según Thomas Kuhn, cuando fracasan todos los intentos por contener las anomalías, una comunidad entra en una fase de “crisis”. La confianza en el antiguo modelo se erosiona y aquello que antes se daba por sentado comienza a ponerse en duda. En la ciencia, durante esta fase surgen escuelas de pensamiento rivales que intentan ofrecer nuevas soluciones.

En Líbano, vivimos esta crisis en todas sus dimensiones psicológicas y políticas. Todos saben que el viejo sistema, basado en cuotas confesionales, corrupción, rentismo y parálisis institucional, está clínicamente muerto y ya no es viable.

Sin embargo, el principal dilema libanés radica precisamente en la incapacidad de un nuevo modelo para surgir y reemplazar al anterior, restableciendo algún grado de estabilidad. Fuerzas reformistas y movimientos populares proponen un modelo basado en “un Estado soberano y democrático, regido por el Estado de derecho, y en una ciudadanía que trascienda las pertenencias confesionales”. Pero este modelo todavía carece del poder político necesario para llevarlo a la práctica, del consenso social suficiente y de un arraigo social suficientemente profundo como para volverse dominante.

Los libaneses se encuentran así suspendidos en una situación inquietante: el viejo orden se resiste a desaparecer, mientras que ningún modelo nuevo ha logrado todavía tomar forma.

Las complejidades de las armas y la ocupación: estancamiento e incertidumbre

Lo que vuelve a la crisis libanesa todavía más compleja y ambigua que una crisis ordinaria de paradigma científico o político es la intervención de factores coercitivos que rebasan las fronteras nacionales e imponen la lógica de la fuerza militar por encima de la evolución natural de las ideas.

Estos factores operan en dos frentes entrelazados: la ocupación y los ataques israelíes continuos, por un lado, y las armas de Hezbolá fuera del marco del Estado, por el otro.

La ocupación israelí representa una amenaza existencial permanente para Líbano, imponiendo al país una situación continua de emergencia e impidiéndole dedicar plenamente sus esfuerzos a una reforma interna serena. Al mismo tiempo, las armas de Hezbolá constituyen un dilema estructural dentro del propio modelo libanés. Insertas en una alianza regional centrada en Irán, su peso militar y el hecho de que sus decisiones estratégicas escapen a la autoridad del Estado las colocan fuera del control efectivo de las instituciones constitucionales libanesas.

Ahí radica el dilema libanés. En cualquier modelo político normal, una de las funciones fundamentales del Estado consiste en ejercer el monopolio de la violencia legítima y proteger sus fronteras. En Líbano, ese principio ha quedado vaciado de contenido.

Las armas fuera de la autoridad del Estado impiden el surgimiento de un modelo basado en un “Estado plenamente soberano”. Al mismo tiempo, Hezbolá y su entorno político y social presentan ese arsenal como un “modelo alternativo y permanente” para proteger a Líbano frente a las ambiciones israelíes.

Esta contradicción tan marcada genera entre los libaneses una situación de “inconmensurabilidad”. Ya no discrepan únicamente sobre los detalles de la política, sino que hablan lenguajes completamente distintos cuando definen los conceptos de “patria”, “soberanía” y “seguridad”.

Para quienes apoyan la continuidad de este arsenal, este sigue siendo, pese a sus fracasos, un instrumento de liberación y una necesidad existencial. Para sus adversarios, constituye el principal obstáculo para construir el Estado y reconstruir la economía.

Escenarios de futuro en medio de la incertidumbre

¿Cómo puede terminar este conflicto cognitivo y político?

En la ciencia, la crisis concluye mediante una “revolución científica” que derriba los criterios establecidos, reformula radicalmente los problemas y produce una renovación integral de los métodos. Un nuevo paradigma termina entonces por imponerse y conquistar la adhesión de la comunidad científica, ya sea mediante la convicción individual o con la desaparición de la vieja generación, como señaló célebremente Max Planck.

En la política libanesa, en cambio, el futuro permanece envuelto en la incertidumbre porque no se vislumbra una salida clara.

Desde esta perspectiva, pueden plantearse tres caminos.

El primero es el de una disolución lenta y continua. Líbano permanecería atrapado en un estado de “crisis permanente”, con una población que aprende a convivir con las anomalías y el colapso como una realidad establecida, sin adquirir la capacidad de modificarla. Este camino agotaría gradualmente tanto a la población como a las estructuras del país, hasta terminar destruyendo al propio Estado.

El segundo escenario es el de una confrontación violenta. Uno de los modelos rivales podría intentar imponerse mediante la fuerza militar o la dominación, con el riesgo de provocar la desintegración de Líbano o violencia entre comunidades, especialmente en un contexto de fuerte polarización en torno a las armas, amenazas israelíes y colapso total del Estado.

El tercer escenario es el de una refundación estructural profunda. Un gran acuerdo histórico, moldeado por transformaciones regionales e internacionales, podría dar lugar a una fórmula completamente nueva, un nuevo paradigma capaz de redefinir el contrato social, resolver la cuestión de las armas y mantener a Líbano al margen de los conflictos destructivos.

Finalmente

Una lectura de Thomas Kuhn nos invita a considerar que las crisis profundas, pese a su gravedad y sus peligros, pueden constituir el tránsito mediante el cual un viejo modelo cede el paso a uno nuevo.

El colapso que vive Líbano no es únicamente un fracaso económico. Marca el agotamiento histórico de un modelo de gobierno profundamente disfuncional.

Y aunque el actual estancamiento, con sus complejos entrelazamientos de seguridad, la presencia de armas vinculadas a actores regionales y la amenaza israelí, hace más incierto el panorama y convierte la incertidumbre en su rasgo dominante, confirma al menos una verdad: es imposible volver al Líbano anterior a 2019.

Salvar a Líbano no consiste en remendar un sistema muerto, sino en encontrar colectivamente el valor de formular un nuevo modelo capaz de incluir a todos sus ciudadanos bajo la autoridad de la ley y del Estado, por dolorosos que puedan ser los sacrificios exigidos por esa transición.

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