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Economía

El superciclo de las materias primas: la nueva fiebre del oro

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Por Jacques Mechelany
Publicado dic 18, 2025 - 02:27

Desde hace casi dos años, los inversores observan el avance espectacular del oro y la plata, a veces con incredulidad.

Desde diciembre de 2023, el oro ha más que duplicado su precio, pasando de alrededor de 2.000 dólares la onza a cerca de 4.300 dólares, mientras que la plata se disparó de 26 a 63 dólares, con una aceleración marcada durante el segundo semestre de 2025. Si los niveles actuales se mantienen hasta fin de año, ambos metales podrían registrar su mejor desempeño anual desde 1979, en el inicio del anterior gran ciclo de metales preciosos.

El oro y la plata no son los únicos protagonistas. El platino y el paladio también han subido con fuerza, el cobre acumula un alza cercana al 50%, y un amplio conjunto de minerales estratégicos vive un año excepcional.

Mientras los inversores minoristas se lanzan a estos mercados por temor a “quedarse afuera”, y flujos masivos se dirigen hacia fondos indexados vinculados al oro y la plata, surgen dos preguntas inevitables:

¿Qué explica estas alzas espectaculares?

¿Y este ciclo es realmente diferente de los anteriores?

Cualquier observador de materias primas que haya atravesado varios ciclos dirá que ya vio este guion. Desde los shocks estanflacionarios de los años setenta hasta el superciclo impulsado por China en los 2000, que culminó en 2011, las materias primas han obedecido durante décadas a una dinámica conocida: la demanda se acelera, la oferta responde con rezago, los precios se recalientan y el ciclo termina girando. En esa lectura, las materias primas quedan cautivas del contexto macroeconómico y de las leyes clásicas de oferta y demanda.

El ciclo 2024–2025 se sale de ese libreto.

Lo que distingue la fase actual es la convergencia simultánea de fuerzas estructurales que nunca habían operado juntas a esta escala. No son fuerzas coyunturales: son políticas, financieras y sistémicas, y están reconfigurando los cimientos mismos de los mercados de materias primas.

 

Desdolarización y deterioro de las finanzas públicas de Estados Unidos

El primer pilar de esta nueva arquitectura es al mismo tiempo monetario y geopolítico.

El giro estratégico de Estados Unidos — cuestionando la globalización para privilegiar una lógica más proteccionista — ha modificado profundamente la percepción global del liderazgo económico estadounidense. Un enfoque cada vez más transaccional — y en ocasiones abiertamente confrontativo — de las relaciones internacionales ha debilitado alianzas de larga data e incentivado a numerosos Estados a reconsiderar su dependencia de Estados Unidos, tanto como pilar geopolítico como contraparte financiera.

En paralelo, la persistencia de déficits fiscales elevados y el fuerte aumento de la deuda pública reavivaron las dudas sobre la sostenibilidad de las finanzas estadounidenses a largo plazo. Para muchas bancas centrales, la combinación de mayor incertidumbre geopolítica y deterioro fiscal plantea interrogantes inéditos sobre la solidez de los bonos del Tesoro y el rol del dólar como activo de reserva incuestionable.

La reacción ha sido clara: una diversificación acelerada fuera del dólar, a favor del oro.

Según el World Gold Council, los bancos centrales compraron más de 1.000 toneladas de oro en 2023, 1.044 toneladas en 2024 y podrían alcanzar entre 750 y 900 toneladas en 2025, niveles muy superiores al promedio anual de 400 a 500 toneladas observado antes de 2022.

No se trata de compras tácticas. Se trata de una recomposición estructural de los balances soberanos.

Esta dinámica constituye la primera base de un ciclo de materias primas impulsado ya no solo por el crecimiento, sino por una erosión de la confianza en la arquitectura financiera que estructuró la economía global durante las últimas cuatro décadas.

 

La militarización de las cadenas de suministro

Durante décadas, la globalización se apoyó en una hipótesis simple: la interdependencia económica reducía el riesgo de conflicto y mejoraba la eficiencia. Las cadenas de suministro se optimizaban por costo y escala, no por resiliencia o soberanía. Esa hipótesis ya no se sostiene.

Tras las guerras comerciales, las sanciones, las prohibiciones de exportación y el congelamiento de activos soberanos, los Estados llegaron a una conclusión sobria: el control de los recursos físicos es un instrumento de poder. Las materias primas — en particular los metales esenciales para energía, tecnología y defensa — han pasado del terreno de la economía de mercado al de la seguridad nacional.

China ha sido la más explícita en esta estrategia, utilizando controles a la exportación sobre minerales críticos y tecnologías de procesamiento para convertir su dominio industrial en palanca geopolítica. Estas medidas no buscan maximizar ingresos de corto plazo, sino preservar un margen de maniobra estratégico.

La consecuencia es mayor: el precio dejó de ser el único mecanismo de equilibrio. Incluso cuando la oferta existe, el acceso ya no está garantizado.

Los mercados globales, antes integrados, se fragmentan en bloques regionales y políticos. En este contexto, la escasez no siempre se refleja en inventarios visibles, sino en la capacidad — o no — de comprar en el momento y bajo las condiciones deseadas.

Los mecanismos de arbitraje que antes unificaban los mercados globales comienzan a trabarse.

 

Los límites físicos de la sustitución

En ciclos anteriores, el aumento de precios favorecía sustituciones, ganancias de eficiencia y optimización de materiales, lo que terminaba conteniendo las tensiones. Hoy, en numerosos metales críticos, esos márgenes se están agotando.

En el sector solar fotovoltaico, las cargas de plata ya rozan límites físicos, y las nuevas tecnologías de alto rendimiento incluso aumentan la intensidad de plata por panel. En los catalizadores automotrices, la sustitución entre platino y paladio está en gran medida madura y choca con restricciones químicas y regulatorias. En baterías, las intensidades de materiales se acercan a mínimos teóricos, dejando poco espacio para nuevas reducciones sin comprometer desempeño.

A la vez, la oferta minera pierde elasticidad. Las leyes de los yacimientos disminuyen, los plazos de permisos se estiran por décadas y las restricciones ambientales frenan la expansión rápida de capacidades.

El resultado es un sistema en el cual la demanda puede crecer más rápido de lo que la oferta puede ajustarse, cualquiera sea el precio.

No se trata de un cuello de botella temporal.

Es un techo estructural.

La combinación de estas tres fuerzas — realineamiento monetario, fragmentación geopolítica y restricciones físicas — configura una nueva arquitectura de los mercados de materias primas.

En un mundo donde las cadenas de suministro se instrumentalizan, donde las monedas se cuestionan y donde la sustitución llega a su límite, las materias primas dejan de comportarse como activos puramente cíclicos.

Se convierten en activos estratégicos. Las reglas del juego cambiaron.

Este superciclo — selectivo, desigual y profundamente político — es de una naturaleza radicalmente distinta.

¿Qué viene ahora?

El oro, metal de inversión por excelencia

El oro ocupa un lugar singular entre las materias primas. Su demanda es ante todo financiera, ya sea por parte de bancos centrales o de carteras de inversión. A diferencia de los metales industriales, el oro no depende del crecimiento económico para justificar su rol: depende de la confianza — o, más precisamente, de su desaparición.

La demanda de inversión es potencialmente ilimitada, mientras que la oferta está estructuralmente acotada. En este contexto, fijar objetivos de precio precisos suele ser más un ejercicio de ilusión que de análisis, especialmente cuando el apetito del inversor minorista chino agrega una capa adicional de demanda global.

La historia, sin embargo, ofrece referencias.

Entre 2001 y 2011, el oro pasó de aproximadamente 250 dólares la onza a 1.921 dólares, un alza de 768%. En los años setenta, subió de 100 a 873 dólares en menos de cuatro años, es decir +873%.

En el ciclo actual, el oro pasó de un mínimo cercano a 1.046 dólares en 2015 a alrededor de 4.300 dólares, una suba del orden de 411%. Un movimiento considerable, aunque no necesariamente excepcional frente a precedentes históricos.

La pregunta central, por tanto, no es si el oro “se pasó”, sino si las fuerzas estructurales que sostienen la demanda están agotadas. Los desequilibrios fiscales persisten, la fragmentación geopolítica se acentúa y la credibilidad de las monedas fiduciarias se pone a prueba como pocas veces.

Incluso si los mercados financieros siguen siendo notoriamente impredecibles, el conjunto de estos elementos sugiere que el ciclo alcista del oro está lejos de haber terminado.

 

La plata, un “oro” industrial

Si el oro es el ancla del sistema, la plata es su acelerador.

Al combinar demanda monetaria con usos industriales, la plata es estructuralmente más volátil — e históricamente más explosiva — en fases avanzadas del ciclo. Su oferta está especialmente limitada: cerca del 70% de la producción mundial proviene como subproducto de otros metales, lo que restringe su capacidad de respuesta a señales de precio.

Además, la plata es clave para la electrificación, el solar y la electrónica avanzada, sectores activamente respaldados por políticas públicas. El mercado físico, por ello, registra déficit desde hace cuatro años consecutivos.

Cuando la demanda financiera y la demanda industrial crecen al mismo tiempo, la plata no se ajusta gradualmente. Se mueve de forma abrupta.

En los años setenta, su precio pasó de 1,50 dólares la onza a casi 50 dólares, un aumento superior al 3.000%. Entre 2001 y 2011, saltó de 4 a casi 50 dólares, con un desempeño mayor al 1.100%, muy por encima del oro.

En el ciclo actual, la plata pasó de 13,60 dólares en 2016 a cerca de 63 dólares, una suba cercana al 460%. A la luz de la historia, la fase actual parece temprana más que tardía.

 

Conclusión

Un cambio de régimen estructural, no un ciclo económico

El mercado de metales a fines de 2025 ya no es simplemente cíclico. Se ha vuelto estructural.

Durante cuarenta años, los inversores razonaron bajo la premisa de comercio abierto, oferta elástica, arbitrajes eficientes y sustituciones tecnológicas. Hoy, esas cuatro hipótesis se desmoronan — simultáneamente.

La geografía comienza a imponerse sobre la geología.

La política prevalece sobre los niveles de precio.

La disponibilidad física pesa más que los contratos “de papel”.

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