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Religión

La centralidad de la lengua siríaca en la tradición maronita (4/7)

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Icono de Efrén el Sirio, procedente de un manuscrito ruso del siglo XVI que contiene la traducción al eslavo eclesiástico de Juan Clímaco y de las Homilías de Efrén. (Dominio público)
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Por Amine Jules Iskandar
Publicado sep 10, 2026 - 23:50

El siríaco se ha mantenido vivo en el Líbano gracias a los himnos maronitas. Estos han preservado la lengua junto con todo el legado, la conciencia y el imaginario que ha transmitido incansablemente a lo largo de los siglos. Estos himnos constituyen la expresión más lograda y mejor conservada entre las distintas manifestaciones del patrimonio siríaco. Sus orígenes se remontan a los siglos IV y V, con san Efrén y san Jacobo de Sarug. Acompañaron el nacimiento del cristianismo oriental, su desarrollo y su arraigo en esta tierra.

También son depositarios de una remota herencia cananeo-fenicia, aramea y mesopotámica. Gracias a su difusión, estos himnos han transmitido sobre todo la lengua siríaca en todas las parroquias y en los corazones de la diáspora.

El tesoro

Los himnos siríacos garantizan la supervivencia de un legado inestimable que sigue resonando bajo las bóvedas de nuestras iglesias y en las procesiones parroquiales. Eugène Roger, Jean de la Roque, Laurent d’Arvieux, Volney, Gérard de Nerval, Alphonse de Lamartine, Henri Lammens, Ernest Renan, así como numerosos orientalistas y misioneros, mencionaron estos himnos siríacos que mantienen viva esta lengua, portadora de una cultura y una espiritualidad propias.

st Jacques de Saroug

San Jacobo de Sarug.

Aunque la escuela haya renunciado a su misión nacional de transmitir la cultura y el legado, y aunque la Iglesia haya podido fallar en la difusión de este valor, el canto siríaco sigue siendo la expresión más estable de la continuidad con un pasado fundacional. Encarna la singularidad, la identidad y, por consiguiente, el sentido mismo de la existencia. Estos himnos constituyen así un patrimonio vibrante y vivo.

El bosque del canto siríaco conforma todo un universo, un vasto tesoro. Así se denomina, de hecho, su repertorio, conocido como Beit Gazo: el tesoro. «La Alta Edad Media apenas es Occidente; es el bosque de un Oriente que conoce los cantos siríacos antes de recibir las capas bizantinas», escribió André Malraux. Se trata de una profusión de creatividad musical surgida de las profundidades del tiempo, que aún hoy anima las parroquias del Líbano y mantiene viva esta montaña a través de sus pruebas y su calvario.

El canto sagrado siríaco maronita

Tanto en la música como en la arquitectura, la literatura, la escritura, la pintura y la escultura, la tradición maronita se basa en el principio de austeridad, condición de la transparencia y la verdad. La arquitectura solo admite la escultura cuando esta posee un valor escriturístico y un mensaje soteriológico. La escritura rehúye el virtuosismo caligráfico y procura permanecer tan pura como el Verbo que encarna. La pintura, en su dimensión iconográfica, está destinada a la lectura espiritual más que al mero deleite estético.

Conforme a estos mismos principios, el canto siríaco y su música transmiten el mensaje cristiano con sobriedad y humildad. Se trata de una búsqueda permanente del sentido y de lo absoluto. El artista se retira ante la obra y el cantor presta su voz a una tradición que lo trasciende. Las proezas técnicas se descartan deliberadamente, pues se considera que su aparatosidad obstaculiza la transparencia y, por consiguiente, la acogida de lo divino.

King_Abgar_V,_son_of_the_Arameans

Un manuscrito siríaco de san Jacobo de Sarug se refiere al rey Abgar V (Abgar u-Komo) como «el hijo de los arameos» en su Homilía sobre Guria y Shamuna: «Dos perlas preciosas que adornaban a la esposa de mi señor Abgar, hijo de los arameos».

Cada tradición posee un espíritu propio al que debe permanecer fiel. Las proezas vocales y el virtuosismo técnico, valorados en ciertas culturas, no tienen cabida en la tradición maronita. El qolo —la voz, la estrofa modelo o Tonus princeps—, dentro de la austeridad del canto maronita, resulta mucho más exigente de sostener que en formas más dinámicas. Para eludir esta dificultad, algunos cantores se refugian en el virtuosismo a fin de ocultar posibles deficiencias.

Las alteraciones

La pureza constituye el fundamento del canto maronita en lengua siríaca. Sin embargo, se pierde en las traducciones al árabe. En efecto, resulta técnicamente difícil sustituir una lengua como el siríaco o el dialecto libanés, dotados de cinco vocales (a, e, i, o, u), por el árabe, que solo conoce tres movimientos vocálicos (harakat).

El compositor se ve entonces obligado a compensar esta limitación mediante ornamentos vocales, introduciendo así un manierismo esencialmente ajeno al espíritu del cristianismo siríaco y, más concretamente, a su vertiente eremítica maronita. La teología maronita busca a Dios en la verdad absoluta, despojada de todo lo superfluo. Permanece fiel a sus orígenes monásticos ascéticos y a su herencia veterotestamentaria.

Así pues, varios factores pueden alterar el canto siríaco cuando se traduce. En primer lugar, el ritmo suele imponer importantes concesiones para conservar el número de sílabas: se sacrifica entonces la idea para insertar palabras compatibles con el ritmo melódico. Además, la elección del árabe puede propiciar la introducción de instrumentos orientales, que traen consigo, de manera inconsciente, sus propias tradiciones musicales. Por último, el desconocimiento de la cultura maronita, de sus valores y de su espíritu acentúa las deformaciones.

Por todas estas razones, resulta crucial comprender el patrimonio cultural y estar arraigado en la tradición de la Iglesia antioquena siríaca maronita. El siríaco no es solo una lengua litúrgica; constituye el legado de los antepasados y la memoria viva de un pasado fundacional para la identidad espiritual y cultural maronita.

El siríaco es portador de los textos bíblicos y patrísticos, conserva las melodías originales y mantiene intactas las fórmulas sagradas en toda su fuerza poética y teológica. Como lengua de oración heredada de los Padres, encierra un tesoro poético y teológico de matices intraducibles. Reflejo de una espiritualidad y una visión del mundo, no puede ser sustituido ni en su contenido ni en su forma.

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