

De los escombros del 14 de marzo de 2005 no emergieron sino otros escombros, encarnados simbólicamente en los del puerto de Beirut atomizado el 4 de agosto de 2020.
Vaciado de sustancia por las guerras, las ocupaciones y las oleadas incesantes de corrupción, el Estado libanés ha sido transformado en plataforma, y su poder soberano usurpado por turnos por las distintas fuerzas de facto.
Con la estructura estatal — incluso en los tiempos ya idos de su gloria y esplendor — las comunidades libanesas han mantenido todas ellas una relación fantasmática, casi libidinal, pero también de desprecio, de violencia, de algo que roza lo BDSM.
Los chiitas, o el viaje hasta el fin de la desestatización
La comunidad chií mantiene, a título de ejemplo, desde siempre una relación de hainamoration con el Estado libanés. Marginada desde la fundación del Gran Líbano, insurgente en el seno de la izquierda comunista y de los partidos laicos, luego detrás de Moussa Sadr, su proyecto tradicional — el de Sadr, Chamseddine, Fadlallah, en la tradición de Jabal Amel — era no obstante el de la wilayat el-umma, de orientación estatista, para quien el Líbano es una patria definitiva para todos sus hijos (prueba de ello es que quien esgrimió esta fórmula como profesión de fe fue un chiita, el expresidente del Parlamento Hussein Husseini), y el Estado libanés un fin en sí mismo, frente a la innovación jomeinista de la wilayat el-faqih y las aspiraciones paniraníes de Hezbolá. Pero la cultura del territorio chiita amilita fue progresivamente reemplazada por una cultura del espacio destilada por los Pasdaran e infeudada a Teherán.
Hezbolá adquirió después, bajo la coacción de las armas, a partir de 2005, el control progresivo de los resortes del Estado — además de la inversión institucional sistemática de Amal desde los años noventa, bajo el paraguas del régimen Assad. El derrumbe del imperio iraní, de Damasco a Teherán, ha marginado sin embargo al partido y lo ha devuelto a su estatus original paraestatale, de vuelta a este lado de la línea weberiana, en guerra abierta contra un Estado libanés que intenta ahora, como puede, recuperar su autoridad en un contexto particularmente complejo.
Nabih Berry, absorbido políticamente por el Hezb desde el 8 de marzo de 2005, se encuentra plenamente responsable del destino del duopolio chií dentro de las instituciones, en una posición a la vez incómoda… y jubilosa. Si Berry sigue innovando en el equilibrismo, Hezbolá declara abiertamente la guerra al Estado. Pero ninguno de los dos pierde el norte en lo que respecta al mulk — al poder — arremetiendo contra las instituciones… mientras participan en ellas. El jefe de Amal solicita al embajador iraní que ignore una decisión del ejecutivo que apunta a expulsarlo, mientras Hezbolá consigue la proeza de soltar a sus perros de presa contra el gabinete Salam… mantiendo al mismo tiempo a sus ministros en él. Boicotea, pero no devuelve sus carteras. La política de la silla vacía, desde 2005, ha sido siempre su instrumento predilecto para hacer daño sin marcharse.
La comunidad chií ha alcanzado así el punto culminante de su viaje hasta el fin de la desestatización a la que Hezbolá la arrastra desde los años ochenta. El mito de la exportación de la revolución ha colapsado. El estatus de guardia pretoriana resistente se ha evaporado. Ya no existe estatus especial alguno. Psíquicamente, el chiismo político se encuentra en crisis existencial.
El ihbât sunita y el riesgo de la frontera
La comunidad sunita, originariamente hostil a la creación del Gran Líbano a causa del sueño panarabista, evolucionó sin duda hacia el libanismo a partir de la derrota de 1967 y del fin del sueño nasserista. Mirando hacia el interior de las fronteras nacionales y reconociendo la injusticia de la ausencia de paridad islamo-cristiana, se fijó en la resistencia palestina y el Movimiento Nacional para obtener reformas y una participación equitativa en las instituciones. Esta reinscripción en la cultura territorial se produjo, sin embargo, en el dolor. Primero el del sitio israelí de 1982, cuando, abandonada por el mundo árabe, asistió — tras la caída del sueño panárabe — a la partida de Arafat de Beirut: un doble mito que se derrumba de golpe. Luego el asesinato de Rafiq Hariri en 2005. La liquidación de Hariri completó este proceso de territorialización y desembocó en la Primavera de Beirut y la retirada siria del Líbano, fruto de una coalición transcomunal y protocívica reunida bajo el eslogan Líbano primero.
Desde entonces, y sobre todo con el control de Hezbolá sobre las instituciones tras el 7 de mayo de 2008, la comunidad sunita atraviesa un profundo ihbât. Sus líderes tradicionales están en desgracia o marginados, su representación fragmentada, su relación con el Estado difusa. El primer ministro Nawaf Salam representa una aspiración al renacimiento, pero embrionaria y frágil, sin base parlamentaria ni popular sólida. En este vacío, una mecánica familiar amenaza con reactivarse: la atracción que ejerce el presidente sirio Ahmad el-Chareh como símbolo de una reconquista político-comunitaria, o la tentación de la sombra protectora de Erdogan — signos de confusión y de una búsqueda existencial de anclaje interno. Si el Estado libanés no recupera su autoridad y no devuelve consistencia a su proyecto nacional, este deslizamiento podría consolidarse, reproduciendo en un contexto distinto la mecánica de 1967: cuando la frontera del Estado ya no basta para contener las pasiones, éstas acaban escapando hacia el exterior. Cabe apostar que Tom Barrack, la voz del gran decisor, no dejó escapar su pequeña frase negacionista respecto al Líbano únicamente por inclinación ideológica.
La tentación del pequeño Líbano: la comunidad cristiana
La comunidad cristiana, sobre todo la maronita, fue el niño mimado del Gran Líbano hasta la guerra civil. Tras la guerra — y sobre todo las guerras fratricidas intercristianas que aceleraron el dominio sirio — los cristianos entraron en un profundo ihbât: todas sus figuras populares fueron marginadas y exiliadas hasta 2005. Pero desde entonces, el discurso del hinterland cristiano profundo ha derivado. Ya no es el del Estado libanés y del Gran Líbano — la función que la comunidad se había asignado siempre, de los patriarcas Howayek a Sfeir. Hay un resurgimiento de la tentación del federalismo identitario — los viejos discursos separatistas de la guerra civil disfrazados de pragmatismo de gestión. Una parte — particularmente ruidosa, por cierto — de los cristianos ya no quiere tanto defender el perímetro de la soberanía del Gran Líbano como vivir en un pequeño Líbano bien administrado, homogéneo, europeizado y sin tensiones, ignorando que incluso una identidad federada que desee vivir en un remanso de paz no puede coexistir en tranquilidad con vecinos que se hacen la guerra permanentemente. Siempre y cuando no sean ellos mismos presa del impulso mefistofélico de la autoaniquilación en nombre de la unidad pseudosagrada de la comunidad, como ocurre de manera cíclica.
La ironía es cruel: disponiendo de la presidencia de la República, del mando del ejército, de una paridad islamo-cristiana respetada por sus socios musulmanes pese a las realidades demográficas, los cristianos han perdido la confianza en el Estado y desean sancionar este hartazgo mediante otra fórmula. Un espejismo.
El Estado huérfano
En el momento en que el Estado libanés intenta, por primera vez desde el final de la guerra civil, restaurar plenamente su soberanía y su autoridad, nunca ha estado tan huérfano de padre y madre. Las fuerzas del hecho consumado dentro de la comunidad chií, comprometidas con la resistencia a toda recentralización y con la lealtad incondicional a un proyecto de guerra imperialista permanente, no lo quieren. La comunidad sunita, en estado de extravío, lo mira con los ojos desencantados e impotentes de los olvidados. La comunidad cristiana, tentada por la secesión silenciosa en un refugio imaginario, se deja mecer por el llamado envenenado de las sirenas. Incluso los Estados Unidos y Europa parecen tratarlo como a un apestado. Y eso es precisamente, sin duda, porque por una vez no pertenece verdaderamente a ninguna comunidad o componente prevalente.
El exvicepresidente sirio Abdel Halim Khaddam tenía esta frase de un cinismo estremecedor: «Gobernamos a los libaneses porque son tribus que se odian». Horrible, la fórmula no dejaba de tener algo de verdad. Pero era verdadera en la época en que cada tribu buscaba en la tutela extranjera la garantía de su superioridad sobre las demás — no hoy, cuando cada comunidad es simultáneamente huérfana y exhausta.
Existe una verdad que generaciones de personalidades políticas y pensadores libaneses de todas las comunidades han descubierto cada uno a su manera, al término de recorridos distintos, a menudo dolorosos, a veces rotos: el Gran Líbano es la única garantía, la única salvación para todos. La han pronunciado hombres que venían del nacionalismo árabe y habían llegado al libanismo, hombres que venían del proyecto islámico y habían elegido la ciudadanía, hombres que venían de un particularismo cristiano y habían comprendido que el aislamiento era una muerte lenta. Y estas palabras han sido casi siempre, para quienes las pronunciaron públicamente y sin cálculo, las últimas. Este sacrificio merece ser preservado.
Si los libaneses — individuos y grupos — quieren por fin vivir en paz, este es el momento o nunca de adherirse al Estado, de rodearlo y recrear un centro de gravedad libanista — no de hundirse en el nihilismo por cansancio o desesperación.
Pero para ello será necesario también que el Estado — comenzando por su Príncipe, guardián en principio de la Constitución y de la República — deje de decepcionar a todos sus hijos por omisión, y crea por fin en sí mismo.
¿Huérfano de padre y madre? Bien. Ya es hora de que se convierta él mismo en el padre.