

La recopilación de Salman Rushdie, La undécima hora (The Eleventh Hour), no es una novela en el sentido tradicional del término, sino un conjunto de cinco relatos publicado después del intento de asesinato que sufrió el escritor en 2022. Se cuenta entre sus obras más meditativas y explora la vejez, la muerte, la identidad y la libertad.
La "undécima hora" no es solo una referencia temporal. Es un signo. Simboliza una civilización que se percibe llegada al momento de su última prueba: el ascenso de los populismos, el retroceso de los valores democráticos, la violencia contra la libertad de expresión y la crisis de identidad que atraviesa el mundo globalizado. Así, la undécima hora se convierte en la metáfora de un momento civilizatorio, mucho más que de una simple etapa individual.
Dos años después de El cuchillo (Knife), donde Rushdie reflexionaba sobre el atentado del que fue víctima, este nuevo libro marca su regreso a la ficción mediante relatos atravesados por el inevitable paso del tiempo en esta nueva era. La undécima hora es la que precede a la puesta del sol. En el lenguaje cotidiano también designa el último instante en el que aún es posible actuar antes de que sea demasiado tarde.
En el primero de los cinco cuentos que integran la recopilación, esta expresión se convierte en la metáfora de la tercera edad alcanzada por "Junior" y "Senior", dos vecinos casi hermanos, inseparables pero incapaces de soportarse. Ambos tienen 81 años. Si una larga vida se parece a un crepúsculo destinado a apagarse a la medianoche, ellos ya han entrado en su undécima hora.
Junior le dice a su vecino: "Tienes un aspecto espantoso, como todas las mañanas. Pareces un hombre que ya no espera más que la muerte." Senior le responde, moviendo la cabeza con gravedad y fiel a sus rituales inmutables: "Al menos tengo mejor aspecto que un hombre que todavía espera la vida."
Antiguo director de una compañía ferroviaria, profesor de matemáticas y cantante de himnos védicos dedicados al paso del tiempo, Senior ha tenido una existencia plena y rica. Junior, en cambio, solo ha cosechado desilusiones. Sin embargo, ambos comparten una misma amargura, nacida del arrepentimiento por haber vivido con demasiada intensidad o, por el contrario, no haber vivido lo suficiente. La vida y la muerte ya no son más que dos balcones contiguos.
El último relato de la recopilación, "El viejo de la plaza", puede leerse como una defensa del desacuerdo en las sociedades, de esa controversia que convierte la libertad de pensar de otra manera en un valor por sí mismo. Parece que ya no queda nada en común entre las personas, salvo la propia disputa, elevada a la categoría de expresión artística en una época del "sí", donde toda discusión se vuelve sospechosa en cuanto no obtiene un consenso unánime, por absurdo que este sea.
A través de esta fábula alegórica, Salman Rushdie denuncia la tentación global de la simplificación. "No somos criaturas melodramáticas", escribe, antes de cerrar el libro con una observación cargada de amargura: "Las palabras nos traicionan." Sin embargo, este libro demuestra precisamente lo contrario. Las palabras no traicionaron a Rushdie, como tampoco el humor que habita a sus narradores, testigos de las vacilaciones de personajes incapaces de reconciliarse con su destino.
Así, en el cuento "Kahani Musical", una pareja se separa después del nacimiento de su hija. El padre decide irse a vivir a la Luna, no al satélite terrestre, sino a una comunidad experimental donde espera encontrar por fin un sentido a su existencia sirviendo sopa a los seguidores de lo que parece una nueva secta, una fraternidad de iluminados inofensivos, mientras el resto de la humanidad continúa su existencia como náufraga en el planeta Tierra.
Ya sean escritas con un lenguaje barroco o con una gran sobriedad, las historias de La undécima hora mezclan constantemente la imaginación y la melancolía, con un tono que recuerda a La ciudad de la victoria (Victory City, 2023), Quijote (Quichotte, 2020) o La casa Golden (The Golden House, 2018). Según varios críticos anglosajones, aparecen como el movimiento final de una vasta composición novelesca y quizá anuncian una última gran novela inspirada tanto en La montaña mágica, de Thomas Mann, como en El castillo, de Franz Kafka, esos dos "grandes libros dedicados a extraños mundos en miniatura", semejantes al universo al que aspira Rushdie, intelectual comprometido y escritor angloestadounidense.
Eso es precisamente lo que convierte a la literatura en la forma de arte más interactiva. Nada comparable con los mecanismos de la inteligencia artificial que, según Rushdie, ya han "creado nuevas religiones" alimentándose únicamente de lo que ya existe, sin ser capaces de engendrar aquello que nadie ha imaginado todavía. En cuanto a su falta de sentido del humor, añade con ironía, constituye otro de sus grandes defectos, suficiente por sí solo para provocar bastantes desórdenes.
En una entrevista concedida a Le Point, Salman Rushdie reconoce su sensación de impotencia frente al rumbo del mundo. Sin embargo, encuentra consuelo en esta aventura de la imaginación. Fiel a sus convicciones, sabe que la humanidad atraviesa un período de gran peligro, que las líneas de fractura que recorren el planeta se profundizan cada día más y que solo el texto literario sigue siendo un posible espacio de reconciliación, en esos "lugares donde no se muere".
"La gente hoy está demasiado segura de sí misma y de lo que cree saber", observa. "La literatura, en cambio, es el reino de la duda y del cuestionamiento."
Esta reflexión encuentra eco en la actual polarización, justo cuando una parte cada vez mayor de la opinión pública rechaza las acciones de la administración Trump en el plano militar. Pero, según Rushdie, eso no es todo lo que Donald Trump pretende lograr. En declaraciones al semanario francés afirma: "Ni siquiera estoy seguro de que él mismo sepa lo que intenta hacer. Si realmente quisiera favorecer un cambio de régimen en Irán y el regreso de la democracia, sería algo positivo. Pero, ¿de verdad cree que eso le interesa? Tenemos a un presidente estadounidense un poco loco librando una guerra contra un régimen teocrático fascista. Yo no estoy del lado de nadie, salvo del pueblo iraní, al que nunca nadie le pregunta qué piensa."
A su juicio, hoy todo el mundo está obligado a elegir un bando entre relatos enfrentados que buscan más aplastar que convencer.
"Me niego a aceptar la catástrofe. El mundo puede cambiar de otra manera. Miren lo que acaba de ocurrir en Hungría con Viktor Orbán. En Estados Unidos también el viento empieza a cambiar. Solo sabremos realmente qué está pasando después de las elecciones legislativas de mitad de mandato de noviembre, pero ya se percibe un profundo rechazo a la administración Trump. El fin del fenómeno Trump podría provocar la caída de otros dominós. Pero seamos prudentes: soy un muy mal profeta."
Estas palabras adquieren un profundo valor simbólico cuando describen el mundo en el que vivimos, un mundo donde las fracturas se han vuelto tan profundas que parecen estructurar toda nuestra época. Es aquí donde puede apreciarse una verdadera cercanía intelectual entre Salman Rushdie y el fallecido pensador Edgar Morin, pese a la diferencia de sus ámbitos de expresión: la literatura en un caso, la filosofía y la sociología en el otro.
Esa cercanía radica en una misma filosofía de la identidad compleja y en un mismo rechazo a las categorías reduccionistas. Morin planteaba esta pregunta fundamental: "¿Podemos ser todo eso al mismo tiempo?" Y sostenía que la identidad es, por naturaleza, múltiple y compuesta. Rushdie encarna esa idea en obras como Hijos de la medianoche, Los versos satánicos y también en su autobiografía, donde se niega a quedar encerrado en una única identidad religiosa o nacional. Su imaginación da vida a esa complejidad a través de personajes que viven plenamente la pluralidad de sus pertenencias, una visión compartida también por Régis Debray.
La undécima hora no es la hora del final. Es la de la última prueba. Lo que se pone a prueba no es tanto el poder de los Estados como su capacidad para producir un nuevo sentido del orden internacional.
Las grandes guerras no solo redibujan los mapas. También transforman el lenguaje con el que, desde entonces, se piensa el poder, la legitimidad y la identidad. Cada gran conflicto produce más símbolos que victorias. Lo que en el campo de batalla aparece como un acontecimiento militar se convierte, en el discurso, en un símbolo que reconfigura el imaginario colectivo: el nombre de un momento en el que un antiguo significado se derrumba antes de que otro se imponga.
Entre el resentimiento hacia la geografía, el peso de la historia y las líneas de fractura que atraviesan el mundo, persiste, sin embargo, un deseo constante de evasión, casi utópico: el de irse a vivir a la Luna.