

— ¿Qué pasó?
— Va a pasar algo.
— Dicen que va a pasar algo.
— ¿Quiénes “dicen”?
— No sé. Pero algo va a pasar.
Este intercambio, en su brevedad casi anodina, no deja de reproducirse, de fragmentarse, de reformularse hasta el infinito en los pliegues de la vida cotidiana, hasta espesarse y adquirir la consistencia de una verdadera condición de existencia, donde el acontecimiento ya no circula como hecho, sino como posibilidad constantemente relanzada, renovada, reenunciada, en una temporalidad que se alimenta de su propia suspensión.
La palabra ya no viene a decir lo que ocurrió; trabaja para sostener la inminencia, prolongarla, volverla habitable, como si su función ya no fuera referirse a lo real, sino producir un espacio en el que lo real puede aplazarse sin desaparecer, acercarse sin alcanzarse, nombrarse sin fijarse nunca.
Es en este uso del lenguaje, en esta insistencia rítmica, circular, casi obstinada, donde se inscribe el gesto literario de La cola de Vladimir Sorokin (versión árabe, Dar Al-Rafidain, 2023), texto que rechaza toda centralidad narrativa, toda autoridad de enunciación, para dar paso a una proliferación de voces yuxtapuestas, entrelazadas, errantes.
La novela se despliega como una capa de palabras, una superficie sonora donde los diálogos, fragmentados, discontinuos, capturan instantes de espera dentro de una fila interminable, sin revelar nunca ni el objeto de esa espera ni lo que ocurre al frente. El sentido, entonces, no se entrega; se dispersa, se refracta, queda suspendido en la distancia entre frases que se rozan sin converger.
Inscrito en el contexto soviético de la escasez y las filas, el texto de Sorokin excede, sin embargo, toda lectura estrictamente referencial. Radicaliza la situación hasta desprenderla de su anclaje histórico inmediato para convertirla en una experiencia del lenguaje mismo, una puesta a prueba de la lectura como resistencia.
Leer se vuelve entonces una manera de habitar la fila, de exponerse a la repetición, a la acumulación, al agotamiento progresivo de un texto que no promete ninguna resolución, ningún umbral que cruzar, ninguna llegada que alcanzar. Lo que está en juego no es tanto la comprensión de un relato como la experiencia sensible de un tiempo que no se abre.
En el contexto libanés, la figura de la fila no remite a una simple analogía literaria, sino a una memoria densa, estratificada, casi inscrita en los cuerpos, que se remonta a los años de la guerra civil, cuando hacer fila frente a las panaderías constituía una escena ordinaria, una manera de quedar atrapado en un tiempo incierto, suspendido entre la esperanza de conseguir algo y la posibilidad de quedarse sin nada.
El tiempo allí se dilataba, escapaba a toda medida estable, transformando la espera en una prueba donde se mezclaban tensión, cansancio y cálculos constantemente reajustados frente a la imprevisibilidad.
Esa memoria no desapareció; se reactivó, transpuesta, durante el colapso económico, en las largas filas de las gasolineras, donde los cuerpos, ahora encerrados en el habitáculo de los autos, se alinean e inmovilizan, sometidos a la misma incertidumbre sobre la disponibilidad del recurso, a la misma indeterminación sobre la duración de la espera.
Bajo el calor o en la oscuridad, el tiempo vuelve a estirarse y, con él, prolifera la palabra: entre conductores, a través de las pantallas, en la circulación incesante de información, rumores y suposiciones que componen una textura lingüística densa, saturada, destinada a llenar el vacío dejado por la ausencia de certeza.
A partir de este doble anclaje, histórico y vivido, el presente libanés puede leerse como una inmersión colectiva en una temporalidad de la suspensión, donde el presente deja de ser un punto de paso para convertirse en una extensión renovada, reproducida, trabajada por el lenguaje y por la circulación continua de las expectativas.
Los discursos ya no se limitan a acompañar los acontecimientos; se convierten en el lugar privilegiado, casi exclusivo, de acceso a ellos, de modo que el propio acontecimiento solo aparece a través de capas superpuestas de enunciaciones que lo deforman, lo desplazan, lo aplazan.
En ese espacio, las frases que anuncian la inminencia se multiplican sin resolverse nunca, las noticias prometen giros decisivos sin fijarse jamás, y el futuro se agota de tanto ser anticipado, consumido bajo su forma hipotética, sin lograr actualizarse.
De ello resulta un régimen temporal en el que la espera ya no conduce al acontecimiento, sino que se reproduce a sí misma, se regenera a partir de sus propios signos.
Atrapados en ese flujo, los individuos participan en la producción de esa temporalidad a través del comentario, el análisis, la reformulación: gestos que prolongan la circulación del sentido y contribuyen a mantener la estructura que los contiene.
Las redes sociales, en su saturación verbal, muestran esa implicación continua, donde tomar la palabra se convierte en una manera de existir dentro del acontecimiento mismo, al tiempo que lo mantiene a distancia.
¿La guerra va a continuar? ¿Quién negocia y en nombre de qué? ¿A quién pertenece la decisión? ¿El Estado sigue en pie? Y, en el fondo, ¿qué significa seguir viviendo?
Estas preguntas no buscan tanto respuestas como alimentar el movimiento mismo de su repetición, inscribiendo a los sujetos en una dinámica donde la palabra sostiene lo real tanto como revela la imposibilidad de asirlo.
Paralelamente, aquello que se designa como “adelante”, o lo que algunos siguen imaginando como tal, permanece inasible, disuelto en la multiplicidad de mediaciones que pretenden dar acceso a ello.
Discursos políticos, narrativas mediáticas, comentarios incesantes: otras tantas capas donde la enunciación oscila entre información y palabrería, sin estabilizar nunca un punto de vista capaz de fijar lo real.
De esa mediación proliferante nace una distancia entre quienes viven los acontecimientos en su materialidad inmediata y quienes los aprehenden a través de su circulación discursiva, produciendo experiencias paralelas, irreductibles entre sí, aunque se crucen en la lengua.
La espera, entonces, ya no puede pensarse como un simple intervalo entre dos momentos, sino como una forma de organización del presente, una manera de absorber la incertidumbre redistribuyéndola en una serie de anticipaciones sucesivas, volviendo habitable el tiempo pese a su indeterminación.
Se convierte en la condición misma de un equilibrio frágil, fundado en la capacidad de permanecer en la postergación, de persistir en el aplazamiento.
La pregunta ya no se plantea en términos de duración o desenlace, sino en términos de estructura: ¿qué es este tiempo que se reproduce sin cesar, que no se detiene, que tampoco avanza, sino que se repliega sobre sí mismo, renovando la espera mediante la repetición de sus propios signos?
En este espacio saturado de voces, donde la palabrería no es un exceso sino un componente del dispositivo, la pregunta queda suspendida, circulando de frase en frase sin fijarse jamás.
Se refiere a la posibilidad de un tiempo en el que algo pudiera suceder, no como proyección, sino como ruptura efectiva.
Y en un horizonte donde esa posibilidad ya no puede darse por sentada, el simple hecho de pensarla constituye ya un gesto de desplazamiento, un intento, por frágil que sea, de salir de la fila, aunque sea dentro y por medio del lenguaje.