

Hay personas que se resignan a su suerte, pero otras toman las riendas de su destino. Esto resulta aún más difícil cuando se trata de una mujer en un mundo de hombres. Y sin embargo… algunas mujeres eligieron la lucha y lograron romper los tabúes de su época. Ya fuera con el pincel, la pluma, la ciencia o la voz, habitaron su siglo con una audacia que rozaba el escándalo.
Desde Artemisia Gentileschi desafiando a la sociedad y a los tribunales italianos hace cinco siglos, hasta George Sand cambiando el corsé por la libertad de escribir, pasando por Camille Claudel, la eterna herida, o el rigor y el genio de Marie Curie, o incluso la voz universal de Oum Kalthoum… estas mujeres lograron superar los prejuicios sociales de su tiempo.
En una serie de artículos, proponemos un viaje a través del tiempo en busca de estas mujeres rebeldes.
En el panteón de figuras femeninas que dieron forma al siglo XX, Oum Kalthoum ocupa un lugar privilegiado. “El Astro de Oriente” no era solo una cantante de voz inimitable. Era, ante todo, una auténtica pionera. En una sociedad opresiva, a Fátima Ibrahim es-Sayyid el-Beltagi se le reconoce su excepcional talento, su inteligencia estratégica y su inquebrantable determinación.
Cantar disfrazada de chico
Oum Kalthoum nació a principios del siglo XX en un humilde pueblo del delta del Nilo. Al nacer, su padre Ibrahim, un hombre devoto, le dio el nombre de Oum Kalthoum, que es el de una de las hijas del profeta Mahoma y hace referencia a una persona de mejillas redondas. Desde los seis años, desarrolló su excepcional talento para el canto escuchando a su padre recitar versículos del Corán en diversas ceremonias de las aldeas vecinas. Para poder acompañarle, su padre tuvo la idea de disfrazarla de joven beduina, ya que en aquella época era impensable que una chica actuara en público.
Ese período le brindó una formación invaluable. La recitación del Corán (tajwid) es una disciplina espiritual y vocal que le permitió desarrollar una respiración poderosa y una dicción impecable del árabe clásico, que más adelante se convertiría en uno de sus mayores activos.
Esa primera transgresión fue el primer paso de una vida entera dedicada a superar límites.
La conquista de El Cairo
Cuando llegó a El Cairo a principios de los años veinte, Oum Kalthoum era tan solo una joven campesina (fellah) del delta del Nilo. La élite cairota se burlaba un poco de sus modales rústicos, de su acento y de su forma de vestir.
Para hacer frente a ese esnobismo, emprendió un arduo proceso de formación autodidacta. Se rodeó de intelectuales, devoró la poesía clásica, refinó su vocabulario y aprendió buenos modales y francés. En pocos años dio la vuelta a la situación: su impecable dicción del árabe clásico se convirtió en su principal arma, ganándose la admiración de la élite y los intelectuales.
El nacimiento de “Kawkab es-Sharq”
En El Cairo, Oum Kalthoum se sumergió en un bullicioso ambiente artístico gestionado exclusivamente por hombres.
En aquella época, el oficio de cantante (las awalim) estaba asociado a costumbres ligeras e incluso a la prostitución. Para una mujer proveniente de una familia religiosa y conservadora como la suya, cantar en los teatros y cabarets de El Cairo suponía un deshonor.
Lejos de dejarse dictar su conducta, decidió tomar el control absoluto de su arte y de su carrera e imponer sus propias reglas.

La construcción del personaje
Muy pronto, sin asesores de marketing ni de imagen, Oum Kalthoum inventó el concepto de la “estrella inaccesible”. Construyó una fortaleza en torno a su imagen pública, impuso una disciplina de hierro a quienes la rodeaban, se vistió con una elegancia sobria y se negó a seguir los juegos de seducción del mundo del espectáculo.
En el escenario, ella se inventa una presencia única. Transforma sus vulnerabilidades en símbolos. Afectada por problemas oculares (enfermedad de Graves-Basedow), adopta unas gafas oscuras que añaden misterio y autoridad a su figura.
El famoso pañuelo de seda que estruja sin cesar sobre el escenario, utilizado en un principio para secarse las manos sudorosas por los nervios, se convierte en su accesorio distintivo. Incluso su severo moño forma parte de su personaje y contribuye a su autoridad y su aura.
Una visionaria de vanguardia
Ya en 1934, comprendió la importancia de los medios de comunicación modernos y se convirtió en la primera artista en firmar un contrato con la recién creada Radio Nacional Egipcia. Sus conciertos del primer jueves de cada mes se convierten en verdaderas misas laicas que vacían las calles del Mashreq al Magreb.
Ella misma negocia sus contratos con una intransigencia formidable y se convierte rápidamente en la artista mejor pagada y más respetada de Egipto.
La exigencia artística absoluta
Elige personalmente sus textos entre los más grandes poetas de su época, como Ahmed Chawki o Ahmad Rami, quien, según se dice, estaba secretamente enamorado de ella.
Lleva a sus compositores (entre ellos el célebre Riad al-Sunbati) hasta sus límites. En 1964, colabora con su eterno rival, el compositor Mohamed Abdel Wahab, para crear el mítico tema Enta Omri.
Gracias a su increíble capacidad de improvisación, una canción podía durar más de una hora, dependiendo del público.
No se limita a interpretar: ella misma dirige a sus músicos. Los obliga, siendo ya los mejores de Egipto, a superarse hasta alcanzar la armonía perfecta. Hasta el punto de que uno de ellos habría dicho: “Nosotros no tocamos para Oum Kalthoum. Ella improvisa y nosotros la seguimos.”
Canta al amor y se convierte en el icono indiscutible del tarab, un trance emocional y musical que recuerda a las técnicas del blues y el jazz, dominando a su público con un simple gesto de la mano.