


Los Hermanos Musulmanes pasaron de la prédica a la actividad política y yihadista en Palestina mediante la reestructuración de su organización, que adoptó la forma del Movimiento de Resistencia Islámica, Hamás. Esta transformación estuvo acompañada por una considerable ampliación de su base popular. El movimiento buscó entonces imponer su propia concepción del interés palestino, como se expuso en la primera parte de este análisis.
En su política declarada, Hamás se apoyó en dos pilares principales: echar abajo los Acuerdos de Oslo y denunciar la mala gestión y la corrupción de la Autoridad Palestina. Al mismo tiempo, promovió las consignas de reforma y cambio, dirigiendo sus críticas contra la Autoridad, sus ministerios y organismos, así como contra la Organización para la Liberación de Palestina, marco político palestino depositario de la representación oficial y la legitimidad internacional.
En cuanto a sus actividades yihadistas, militares y de seguridad, estas constituyeron para el movimiento naciente la puerta de entrada hacia su transformación, de un grupo partidista elitista y cerrado en un amplio movimiento popular. Esta transformación se produjo mediante el recurso a la violencia durante lo que llamó la Intifada de Al-Aqsa. Hamás llevó entonces el uso de la violencia tan lejos como se lo permitían sus capacidades, convencido de que la yihad suicida conduciría a la liberación de Jerusalén y de la totalidad del territorio palestino de la ocupación sionista.
Esta orientación seguía el modelo revolucionario de la República Islámica de Irán y la alianza con el régimen de Hafez al-Assad en Siria, como si ambas experiencias encarnaran por sí solas a las naciones árabe e islámica.
Al final de la Intifada de Al-Aqsa y tras la muerte del presidente Yasser Arafat, el equilibrio interno de fuerzas palestino se inclinaba a favor de Hamás. A medida que se acercaban las elecciones legislativas de enero de 2006, se emitió una fetua que autorizaba la participación en los comicios, sin detenerse en las leyes que los regían, en su relación con los Acuerdos de Oslo ni en los compromisos de la Autoridad Palestina con Israel y la comunidad internacional.
El movimiento se apoyó en su amplia base popular, favorable a la lucha armada en todas sus formas, al tiempo que mantenía su consigna de hacer caer el “acuerdo de la traición”. Fortalecido por esta nueva base popular, concurrió a las elecciones bajo la bandera de “Cambio y Reforma”.
La prueba del poder
Hamás obtuvo 74 de los 132 escaños del Consejo Legislativo y alcanzó así la mayoría. Su dirigente Ismail Haniyeh se convirtió en primer ministro, mientras Mahmoud Abbas seguía siendo el presidente electo de la Autoridad Palestina.
Abbas no exigió a Hamás que modificara su programa partidista, como tampoco se lo exigió a las demás facciones que participaban en el gobierno. Sin embargo, subrayó la necesidad de que el gobierno y todas las instituciones de la Autoridad respetaran los acuerdos firmados con Israel y los compromisos asumidos ante la comunidad internacional.
Esta posición se basaba en una distinción esencial entre, por un lado, los partidos y las facciones con sus respectivos programas y, por otro, la institución que ejerce el poder, supuestamente encargada de representar a la entidad política palestina. En principio, se trata de una distinción propia de los sistemas parlamentarios y de los Estados modernos.
Si se vuelve al programa electoral con el que Hamás se presentó bajo la bandera de “Cambio y Reforma”, se encuentra un documento político que incluía disposiciones sobre los principios nacionales y la resistencia, la protección de las libertades políticas y el pluralismo, la alternancia pacífica en el poder, el rechazo a los enfrentamientos internos, el respeto a los derechos de las minorías, la prohibición de las detenciones políticas, la lucha contra la corrupción y la reforma de la justicia.
El programa también proponía hacer de la sharía islámica la única fuente de legislación, junto con una serie de disposiciones sociales y económicas que, en su mayoría, apenas diferían de las defendidas por otras fuerzas políticas palestinas.
El programa constaba de dieciocho apartados, cada uno de ellos dividido en varios puntos detallados. Sin embargo, este documento, que representaba para Hamás su primera gran prueba democrática en el ejercicio del poder, no resistió por mucho tiempo la realidad de la dualidad institucional surgida entre la presidencia de la Autoridad y la jefatura del gobierno.
Menos de un año y medio después, esa dualidad desembocó en un enfrentamiento armado, seguido por la toma por la fuerza de la Franja de Gaza por parte de Hamás en junio de 2007.
Los acontecimientos de aquel conflicto interno pusieron de manifiesto una contradicción flagrante entre los compromisos del programa electoral en favor del pluralismo, el rechazo a los enfrentamientos internos y la alternancia pacífica en el poder, y una práctica política que terminó recurriendo a la fuerza para zanjar la lucha por el poder.
Cientos de miembros de las fuerzas de seguridad, militantes de distintas facciones y civiles murieron o resultaron heridos en aquellos enfrentamientos. Desde entonces, la escena palestina entró en una fase de división política y geográfica entre dos autoridades rivales.
El problema no radicaba en sí mismo en el paso de Hamás de la oposición al gobierno. Después de todo, esa es la esencia de la democracia. Pero el acceso al poder enfrentó su discurso ideológico a una prueba de naturaleza muy distinta: ¿cómo convertir una doctrina política en un proyecto de gobierno?
Existe una diferencia fundamental entre poseer un discurso movilizador capaz de captar apoyo popular desde la oposición y gobernar una sociedad golpeada por la pobreza, el desempleo, el bloqueo, la ocupación y el deterioro de los servicios públicos, una sociedad que necesita, ante todo, educación, salud, empleo, desarrollo, justicia y una administración eficaz.
Aquí aparece uno de los dilemas estructurales del fundamentalismo religioso: su capacidad para producir un discurso político que extrae buena parte de su fuerza de un marco de referencia religioso, frente a la dificultad de convertir ese marco en un programa coherente en materia de economía, desarrollo, cultura y administración pública.
Esta dificultad no es exclusiva de la experiencia palestina. Se ha manifestado, en distintos grados, en otras experiencias islamistas, desde Irán hasta Sudán, Somalia y Túnez, cuando la ideología chocó con las realidades y complejidades de la sociedad y cuando la política se convirtió en una prolongación de la doctrina, en lugar de ser un espacio para gestionar intereses contrapuestos dentro de la sociedad.
En el caso palestino, el dilema era todavía más complejo. Hamás no había llegado al poder en un Estado plenamente soberano, sino dentro de una Autoridad con atribuciones limitadas, bajo ocupación y en una sociedad sometida al bloqueo, mientras Israel seguía controlando las fronteras, el espacio aéreo, las aguas y los cruces, y conservaba la capacidad de separar los territorios palestinos y controlar la circulación de personas, bienes y recursos.
En un entorno de este tipo, cualquier proyecto político que aspirara a gobernar debería haber colocado el desarrollo, la mejora de las condiciones de vida y la gestión de las instituciones en el primer lugar de sus prioridades, definiendo al mismo tiempo con claridad la relación entre la resistencia y las exigencias del ejercicio del poder.
Sin embargo, Hamás fue colocando gradualmente el conflicto armado con Israel en el centro de su actividad política y de seguridad.
Así, el paso al poder no condujo a separar la función partidista e ideológica del movimiento de la función de las instituciones gubernamentales. Por el contrario, reprodujo el conflicto dentro de las propias instituciones del poder.
A partir de ese momento se hizo cada vez más evidente la paradoja que acompañaría la experiencia de Hamás: un movimiento que llegó al poder mediante elecciones, pero que no logró establecer una separación estable entre su proyecto ideológico como movimiento y las exigencias de gobernar como autoridad.
Esta paradoja conduciría finalmente del “Cambio y Reforma” como consigna electoral al establecimiento de una autoridad de facto surgida de la división y del recurso a la fuerza militar.
El poder y la guerra
Desde que tomó el control de la Franja de Gaza, Hamás ha librado cuatro grandes guerras y decenas de enfrentamientos intermitentes, además de dos guerras durante las cuales se mantuvo al margen mientras la Yihad Islámica se enfrentaba en solitario al ejército israelí.
Al igual que las grandes operaciones israelíes llevaban nombres simbólicos extraídos del imaginario religioso sionista, Hamás también dio a sus batallas nombres cargados de referencias religiosas islámicas: Al-Furqan en 2009, Hijarat al-Sijjil en 2012, Al-Asf al-Ma’kul en 2014, Espada de Jerusalén en 2021 y, finalmente, “Diluvio de Al-Aqsa”.
A lo largo de estos enfrentamientos, las Brigadas al-Qassam desarrollaron sus capacidades de lanzamiento de cohetes y su red de túneles, destinando a ambas cosas sumas considerables de dinero y recursos humanos importantes.
En las primeras cuatro guerras, cuya duración acumulada se acercó a los cien días, el número de muertos superó los 4,000, mientras que decenas de miles de personas más, entre civiles y combatientes, resultaron heridas. Las guerras provocaron además una destrucción generalizada de edificios, infraestructura y viviendas.
Si estas guerras fueran sometidas a un análisis serio de sus causas, sus consecuencias inmediatas y sus efectos a largo plazo, se concluiría que constituyeron el principal factor de cohesión del aparato militar y de seguridad de Hamás.
La confrontación permanente con el ejército israelí permite a Hamás preservar esa cohesión y prolongar su permanencia en el poder, al tiempo que le permite eludir la responsabilidad por sus fracasos en la gestión de los asuntos públicos de un territorio sometido al bloqueo, cuya economía dependía en gran medida de los túneles y del contrabando.
La tasa de pobreza en la Franja de Gaza alcanzó el 60 %, mientras que el desempleo subió al 45 %, tres veces el nivel registrado en Cisjordania. Mientras que el producto interno bruto de Gaza representaba el 31 % del PIB palestino total en 2006, en 2022 representaba apenas el 17 % de la economía palestina bajo el dominio de Hamás.
Estas cifras revelan la realidad del fracaso en la gestión de los asuntos públicos cuando las decisiones políticas son elevadas al rango de obligaciones religiosas y vinculadas a consignas relacionadas con el más allá.
La muerte se convierte entonces en una forma de elevación espiritual que debe celebrarse, y se felicita a la organización y a la familia cuando se trata de un combatiente. En cambio, la muerte de un civil simplemente se lamenta, aunque ese civil nunca haya recibido misión alguna y, sobre todo, nunca haya sido consultado, ya sea soltero o responsable de una familia, perdiendo su vida, e incluso la de su familia, sin haber elegido jamás semejante destino.
De este modo, los problemas irresueltos del ejercicio del poder se proyectan sobre el conflicto permanente con la ocupación. Toda crítica, objeción o demanda puede entonces ser presentada como un ataque a lo sagrado o, como mínimo, como un abandono de la lucha contra la ocupación y, con frecuencia, como alta traición.
Por duras y amargas que sean las consecuencias, los dirigentes del movimiento siguen recurriendo, en su discurso político y en sus intervenciones públicas, a la terminología religiosa, los versículos coránicos y los hadices del Profeta para convencer a la población de que avanza hacia la derrota de Israel y la liberación de Jerusalén.
Incluso proclaman como “inevitable la desaparición de la entidad sionista”, del mismo modo que algunos nacionalistas y militantes de izquierda proclamaban en otros tiempos “la futura derrota del imperialismo mundial y de su protegida, Israel.”
Este mismo esquema se reprodujo año tras año bajo el dominio de Hamás en la Franja de Gaza, hasta el “Diluvio de Al-Aqsa” de octubre de 2023.