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Un Ojo sobre el evento

Sobre el fundamentalismo religioso: la danza de la muerte (1)

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Unos 30.000 seguidores de Hamás participan en un mitin multitudinario en el campo de refugiados de Jabalia, en el norte de la Franja de Gaza, el 14 de febrero de 2003, para celebrar el 52.º aniversario de la fundación del Movimiento de los Hermanos Musulmanes. (Foto de FAYEZ NURELDINE / AFP)
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Por Hisham Dibsi
Publicado ago 11, 2026 - 13:46

La victoria israelí en la Guerra de junio y la nueva ocupación de la Franja de Gaza liberaron a los Hermanos Musulmanes de la pesadilla que representaba para ellos el régimen egipcio, tras un enfrentamiento desencadenado por el intento de asesinato del líder Gamal Abdel Nasser en Manshiyya, Alejandría, en 1954. Las autoridades egipcias acusaron entonces a la “Hermandad” de haber urdido el complot y emprendieron una amplia campaña de detenciones que alcanzó a sus principales dirigentes, entre ellos Sayyid Qutb, principal teórico de la concepción del poder propia del islam político.

Una década más tarde, tras la llegada de Abdul Salam Arif a la presidencia de Irak, su mediación permitió la liberación de Sayyid Qutb. Sin embargo, aquello no condujo a una reconciliación. Qutb fue detenido nuevamente, acusado de haber creado una organización clandestina destinada a derrocar por la fuerza al régimen egipcio, y condenado a muerte. Se negó a solicitar clemencia para obtener la conmutación de pena. Fue ahorcado el 29 de agosto de 1966.

Unos meses más tarde, Israel ocupaba por segunda vez la Franja de Gaza.

La derrota del régimen egipcio marcó el inicio de un nuevo auge de los Hermanos Musulmanes en las ciudades palestinas, en particular en los territorios recién ocupados de Cisjordania y la Franja de Gaza. Allí, la “Hermandad” desarrolló sus actividades como un movimiento de difusión religiosa cuyo objetivo era reformar al individuo y a la sociedad. Estableció una red de mezquitas, escuelas y asociaciones de beneficencia, sin ofrecer a la población un verdadero programa político más allá del llamado a la reforma y al retorno a la religión según su propia concepción e interpretación.

Al mismo tiempo, el movimiento nacional palestino adoptaba la lucha armada como vía para la liberación de Palestina, tanto desde el interior de los territorios palestinos como a través de las fronteras de los países árabes limítrofes: Egipto, Jordania, Siria y Líbano.

Aunque el movimiento nacional palestino, representado por la Organización para la Liberación de Palestina, dominaba entonces el escenario y gozaba de un amplio respaldo popular en Medio Oriente, el movimiento islamista prosiguió pacientemente su labor de fondo. Se benefició de la política israelí de hacer la vista gorda ante sus actividades, hasta el punto de que algunas de sus instituciones obtuvieron del ejército de ocupación los permisos necesarios para operar.

En su labor de difusión religiosa, la “Hermandad” daba prioridad a la formación del individuo y de la sociedad conforme a una concepción particular del islam. Su manera de plantear la relación con el ejército de ocupación no implicaba ningún tipo de confrontación comparable con la que propugnaban las fuerzas laicas, de izquierda y nacionalistas del movimiento nacional palestino. De este modo, creó un entorno social propio, relativamente aislado de la mayoría de la sociedad palestina, y se convirtió también en un refugio seguro para quienes no deseaban asumir las consecuencias de la confrontación armada y violenta llevada a cabo por las facciones de la Organización para la Liberación de Palestina.

Por consiguiente, nada en su discurso público ni en la conducta de sus dirigentes y miembros la situaba en una lógica de confrontación con la ocupación. Fue así como acumuló influencia de manera lenta y gradual.

Transcurrieron veinte años durante los cuales la Hermandad desarrolló, discretamente y sin contratiempos, sus mecanismos internos de funcionamiento. Acumuló una considerable experiencia en un trabajo organizado, estructurado en torno a sus cuadros y llevado a cabo con constancia, beneficiándose de un importante apoyo de las distintas ramas internacionales de los Hermanos Musulmanes.

También permitió cierta forma de participación individual de aquellos miembros que deseaban combatir en las grandes batallas libradas por la Organización para la Liberación de Palestina, pero siempre dentro de estructuras militares sin vínculos con la Hermandad, como el Ejército de Liberación de Palestina, las Fuerzas al-Asifa, o bajo otras denominaciones que no implicaban ninguna responsabilidad directa de los Hermanos Musulmanes por la participación de algunos de sus miembros en una batalla, independientemente de su magnitud.

Esta situación se mantuvo hasta el estallido de la “Intifada de las Piedras”, en 1987, cuando la Hermandad comenzó a participar directamente y abiertamente en el levantamiento, aunque permaneciendo al margen de la Dirección Nacional Unificada de la Intifada.

Fue durante este gran acontecimiento cuando los Hermanos Musulmanes lanzaron su nueva organización bajo el nombre de “Movimiento de Resistencia Islámica”, Hamás. Posteriormente, este creó un brazo armado conocido como las Brigadas Ezzedin al-Qassam.

Se trató de la primera transformación de un movimiento de orientación religiosa y acción social en un movimiento político independiente, que trazaba su propio camino, distinto del movimiento nacional laico. Surgió así un nuevo dilema fundamental para los palestinos, con la aparición de un polo cuya concepción del interés nacional palestino difería radicalmente de la que había prevalecido hasta entonces y se oponía por completo a la orientación central encarnada por la Organización para la Liberación de Palestina durante cuatro décadas.

Las divergencias no se limitaban a algunas cuestiones específicas. Abarcaban prácticamente todos los temas, grandes y pequeños. Comenzó así a abrirse una profunda fractura en la propia definición de las políticas destinadas a expresar el interés nacional palestino, más profunda que cualquiera de las divisiones que el movimiento nacional palestino había conocido hasta entonces.

La división atravesó verticalmente a la propia sociedad palestina y alcanzó con gran rapidez a sus sindicatos, federaciones y organizaciones populares, dondequiera que se encontraran. Incluso en las universidades, las organizaciones estudiantiles fueron incapaces de elaborar una fórmula común de acción sindical estudiantil.

Esta situación no se debía a una incapacidad intrínseca para alcanzar un acuerdo, sino a la ausencia de una orientación política que permitiera consensuar un programa sindical, por elemental que fuera. Se emprendieron decenas de intentos de diálogo para encontrar un terreno común, pero sus resultados se disipaban rápidamente cada vez que resurgía la divergencia fundamental: determinar qué instancia estaba facultada para definir el interés nacional palestino.

El giro decisivo

En los años transcurridos entre la creación de Hamás y el anuncio de los Acuerdos de Oslo, el nuevo movimiento adoptó, en algunos aspectos, ciertos principios del movimiento Fatah original en sus lemas. Luego se produjo un acontecimiento que tuvo el efecto de un terremoto político sin precedentes en la realidad palestina, afectando a la población y las facciones, así como a las élites políticas e intelectuales.

La dirigencia palestina oficial se mostró incapaz de ofrecer un análisis político convincente que explicara las razones que habían llevado a la conclusión del acuerdo, tanto en el plano internacional como regional. Tampoco logró explicar el papel que podía desempeñar el “Acuerdo de Oslo” para responder a las necesidades y prioridades más urgentes de los palestinos, tanto en los territorios como en la diáspora.

La opinión pública palestina quedó así dividida entre partidarios y adversarios del acuerdo. Puede afirmarse que una parte importante del respaldo que recibió dentro de Fatah se sustentaba más en la gran confianza de la que gozaba el presidente Yasser Arafat que en una verdadera explicación de la naturaleza y la importancia de este giro, así como del papel que supuestamente debía desempeñar en la reorientación de la lucha nacional.

Tal como lo presentaba la dirigencia palestina, la esencia de este giro consistía en el regreso a la geografía de la patria y en la construcción de una entidad palestina reconocida internacionalmente, concebida como un paso en el camino hacia la independencia. Esto suponía que el movimiento nacional pasara de la etapa de un movimiento de liberación armada a la de un movimiento de lucha por la independencia, basado principalmente en la lucha política y pacífica y que renunciara a la violencia armada como instrumento de acción nacional. Esto fue lo que declaró el presidente Arafat y a lo que se comprometió formalmente al firmar los documentos vinculados al acuerdo.

Por ello, no resultaba extraño que las fuerzas de oposición nacionalistas y de izquierda dentro de la Organización para la Liberación de Palestina consideraran el Acuerdo de Oslo una ruptura con los principios de la revolución y un retroceso respecto de sus objetivos. Fue en este contexto donde Hamás encontró el terreno político que le convenía. Incluso fue más lejos en su caracterización del acuerdo, al considerarlo una traición tanto nacional como religiosa, a partir de la concepción de los Hermanos Musulmanes según la cual Palestina es un waqf islámico, del que nadie tiene derecho a ceder parte alguna.

Hacer fracasar el Acuerdo de Oslo se convirtió así en un eje central del programa político de Hamás, mientras todo lo demás parecía quedar relegado a un segundo plano. Sin embargo, desde muy temprano, la práctica política del movimiento reveló dos líneas de acción paralelas.

La primera consistía en aprovechar al máximo las realidades creadas sobre el terreno por el acuerdo. Entre ellas figuraban, en primer lugar, el regreso de miles de palestinos a los territorios, la aparición de un espacio relativamente amplio de libertades políticas y de acción pública, así como la posibilidad de construir instituciones partidistas y organizativas al margen de la autoridad directa de la ocupación. A ello se sumaba la posibilidad de beneficiarse de los servicios proporcionados por las instituciones de la Autoridad Nacional Palestina en los ámbitos de la salud, la educación y, en términos más generales, por los distintos organismos e instituciones públicas.

El movimiento consideró estos logros como derechos adquiridos por los palestinos y no como resultados directos del Acuerdo de Oslo.

En el mismo sentido, Hamás pasó gradualmente de una posición religiosa que prohibía la participación en las elecciones municipales, legislativas y presidenciales a otra que la permitía cuando los resultados políticos y organizativos de dicha participación comenzaron a servir a los intereses del movimiento y a otorgarle una presencia institucional y popular más amplia.

La segunda línea de acción consistía en seguir acusando de traición a la dirigencia política que había dado lugar al Acuerdo de Oslo, manteniendo al mismo tiempo abiertos los canales de diálogo con ella cuando fuera necesario, con el objetivo de obtener nuevos logros políticos y organizativos. El movimiento se benefició, en este sentido, de la política adoptada por el fallecido presidente Yasser Arafat, que buscaba contener a Hamás integrándolo al juego político y mantenía abiertas las puertas de la Autoridad a su participación sin imponerle condiciones políticas particularmente restrictivas.

En distintas etapas, la Autoridad renunció a exigir de manera categórica el cese de la violencia, pese a que el compromiso de renunciar a ella constituía uno de los principales compromisos palestinos sobre los que se sustentaba el proceso de reconocimiento internacional de la Autoridad Nacional Palestina.

Paralelamente, continuaron las operaciones armadas, en particular los atentados suicidas, en momentos de extrema sensibilidad política. En ocasiones se producían en vísperas de elecciones israelíes o coincidían con las visitas de enviados internacionales, lo que las convertía en un factor susceptible de influir en la política israelí y favorecer el ascenso de las fuerzas más intransigentes.

Fue en este contexto cuando comenzó a aparecer, en el discurso político y mediático israelí, la idea de que las operaciones llevadas a cabo por Hamás ofrecían a los dirigentes israelíes más duros, como Ariel Sharon y Benjamin Netanyahu, nuevas oportunidades políticas y contribuían a reorientar las prioridades de la sociedad israelí hacia las cuestiones de seguridad y violencia, en detrimento de una solución política.

De este modo, el radicalismo religioso palestino comenzó, indirectamente, a alimentar el radicalismo israelí, y viceversa. A través de Hamás, el fundamentalismo religioso dejó de ser únicamente un discurso de difusión religiosa y una ideología para convertirse en una organización política y militar capaz de influir directamente en el curso del conflicto y empujar nuevamente la situación palestina hacia el terreno de la violencia armada.

Los efectos de esta evolución no se limitaron al movimiento islamista. El clima de violencia creciente también contribuyó a reactivar las tendencias favorables a la lucha armada en algunas corrientes nacionalistas y de izquierda. Su influencia alcanzó asimismo a ciertos cuadros dirigentes de Fatah y a amplios sectores de sus partidarios y estructuras en Cisjordania y la Franja de Gaza.

Así fue configurándose gradualmente el entorno político y social que precedió a la Segunda Intifada. Esta abandonó rápidamente el modelo de la primera, basado en la desobediencia popular y la resistencia civil, para desembocar en una confrontación armada abierta en la que participaron diversas fuerzas palestinas.

La Segunda Intifada no fue, por tanto, una mera prolongación de la primera. Se transformó gradualmente en un modelo diferente, tanto por sus métodos como por sus consecuencias. La violencia armada palestina se entrelazó con la violencia militar israelí y la violencia de los asentamientos, arrastrando a ambas partes a una espiral de escalada mutua en la que el pueblo palestino fue el principal perdedor.

El pueblo palestino pagó un precio considerable en vidas humanas y bienes materiales. Al mismo tiempo, las perspectivas de una solución política retrocedieron, mientras que, del lado israelí, se fortalecían las fuerzas que consideraban el poder militar y la colonización como alternativas a cualquier solución negociada.

Ahí reside la gran paradoja: el periodo de Oslo había comenzado como un intento de pasar de la lógica de la revolución a la lógica del Estado. Sin embargo, en apenas unos años, terminó reproduciendo la lógica del conflicto armado, aunque bajo nuevas formas y con nuevos instrumentos.

Quedaba así abierto el camino hacia una etapa aún más dura de la historia palestino-israelí.

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