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Mujeres rebeldes

Marie Curie, más allá de los prejuicios, las investigaciones sobre el uranio y dos Premios Nobel (4)

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Marie Curie en el congreso de Solvay, en 1927, única mujer entre los más grandes científicos de su época, entre ellos Albert Einstein.
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Por Micha Moussallem
Publicado ago 24, 2026 - 19:01

Hay personas que se resignan a su suerte, pero otras toman las riendas de su destino. Esto resulta aún más difícil cuando se trata de una mujer en un mundo de hombres. Y sin embargo… algunas mujeres eligieron la lucha y lograron romper los tabúes de su época. Ya fuera con el pincel, la pluma, la ciencia o la voz, habitaron su siglo con una audacia que rozaba el escándalo.

Desde Artemisia Gentileschi desafiando a la sociedad y a los tribunales italianos hace cinco siglos, hasta George Sand cambiando el corsé por la libertad de escribir, pasando por Camille Claudel, la eterna herida, o el rigor y el genio de Marie Curie, o incluso la voz universal de Oum Kalthoum… estas mujeres lograron superar los prejuicios sociales de su tiempo.

En una serie de artículos, proponemos un viaje a través del tiempo al encuentro de estas mujeres rebeldes.

Marie Curie encarna la esencia misma de la rebeldía intelectual. No solo desafió las leyes políticas de su país y los arraigados prejuicios de su época, sino que también amplió los límites del conocimiento humano.

Marie nació como Maria Salomea Skłodowska en 1867 en Varsovia, que entonces estaba bajo dominio ruso. Desde muy pequeña, la joven Marie mostró aptitudes intelectuales excepcionales. Sus padres les brindaron a ella y a sus hermanas la misma educación que a su hermano. Sin embargo, según las leyes zaristas, el acceso a la universidad le estaba vetado por ser mujer. Se unió entonces a la “Universidad Volante”, una institución clandestina que impartía educación superior a las jóvenes polacas, desafiando abiertamente a las autoridades zaristas.

Este acto de rebeldía sería el prólogo de su destino.

Al comprender que su país natal nunca podría saciar su sed de conocimiento, decidió trasladarse a París junto a su hermana Bronia, quien quería estudiar medicina. Tras años de duro trabajo como institutriz para financiar sus estudios, Marie llegó finalmente a París en 1891. Tenía 24 años, casi sin dinero en el bolsillo, pero con una sed insaciable de aprender.

La Sorbona

Marie se matriculó en la Sorbona y estudió con una intensidad ascética, esforzándose al máximo para recuperar el tiempo perdido. Vivía en una gélida buhardilla, apenas comía, pero su mente finalmente floreció. Se graduó con honores en física y obtuvo el segundo puesto en matemáticas.

En ese hervidero intelectual conoció a Pierre Curie, un científico tan libre y apasionado como ella. Su unión no fue solo romántica, sino también la fusión de dos genios extraordinarios.

Juntos se enfrentaron al misterio de los rayos invisibles emitidos por el uranio.

En un cobertizo mal aislado, helado en invierno y sofocante en verano, Marie removía incansablemente ollas hirviendo de pechblenda, un mineral de uranio. Sin embargo, el establishment científico masculino se resistía a tomarla en serio. Marie perseveró. El esfuerzo fue colosal, pero la recompensa cambió el rumbo de la física moderna: Marie y Pierre descubrieron dos nuevos elementos químicos, el polonio, así llamado en honor a la patria de origen de Marie, y el radio.

La era de la radiactividad había comenzado.

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Marie y Pierre Curie en su laboratorio.

Triunfos y tragedias: ganarse un lugar

En 1903, el Premio Nobel de Física coronó su investigación.

En un principio, la Academia sueca del Premio Nobel tenía previsto reconocer únicamente a Pierre Curie y a Henri Becquerel, omitiendo deliberadamente la contribución de Marie. Pero Pierre amenazó con rechazar el premio si ella no era incluida. Marie se convirtió así en la primera mujer galardonada con un Premio Nobel.

Pero el destino, a menudo cruel, golpeó de forma trágica. En 1906, Pierre murió atropellado por un coche de caballos.

Destrozada, Marie se niega a hundirse en el olvido al que entonces estaban condenadas las viudas. Su dolor se transforma en una nueva fuerza impulsora. Continúa sus investigaciones y ocupa la cátedra de su marido en la Sorbona, convirtiéndose en la primera mujer profesora de la prestigiosa universidad.

Contra la manada: luchar hasta el final

En 1911, tras revelarse su relación con el físico Paul Langevin, hombre casado y padre de familia, Marie hace frente a una campaña de difamación sexista y xenófoba de una violencia inusitada por parte de la prensa francesa. Sin embargo, a pesar de ese linchamiento mediático que amenaza con destruir su carrera, no cede y ese mismo año viaja a Estocolmo para recoger su segundo Premio Nobel, esta vez en química.

Sigue siendo, hasta hoy, la única persona galardonada con dos Premios Nobel en dos disciplinas científicas distintas.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, fiel a sus convicciones, Marie se movilizó con entusiasmo. Impulsó el uso de las "Pequeñas Curies" en el frente. Se trataba de unidades quirúrgicas móviles equipadas con material radiológico, que ella misma conducía durante la guerra. De esta forma, contribuyó a salvar innumerables vidas.

Un legado inmortal

Hasta el final, Marie no abandona sus investigaciones. Aunque agotada por la enfermedad, recorre el mundo, escribe libros, visita los Estados Unidos, donde la reciben con enorme entusiasmo, y participa en congresos junto a los más grandes científicos de su época, como el Congreso Solvay, donde coincide con Albert Einstein, entre otros.

Por fin se reconoce su contribución al avance de la ciencia y la medicina, y en particular su papel en la lucha contra el cáncer. Su hija mayor, Irène, la ayuda en su trabajo. Siguiendo el ejemplo de sus padres, también se casará con un investigador y recibirá un Premio Nobel.

“A los grandes hombres, la patria agradecida”

Marie Curie falleció en 1934, consumida por décadas de exposición a la radiación. Sus cuadernos de laboratorio, al igual que su propio cuerpo, aún conservan las huellas de la ciencia que descubrió.

Aquella que en su momento fue tachada de “extranjera y rompehogares” descansa hoy en el Panteón, en un ataúd de plomo, grande entre los más grandes.

Rebelde silenciosa, su trabajo y sus actos triunfaron sobre los peores prejuicios. No se conformó con aceptar el mundo tal como era. Lo diseccionó, lo comprendió y, finalmente, logró transformarlo.

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