

Si la inteligencia artificial proporcionó el combustible narrativo del extraordinario desempeño de los mercados en 2025, la liquidez proporcionó el oxígeno. Y si bien la atención se centró en gran medida en las políticas de los bancos centrales occidentales, la fuente más persistente —y, en última instancia, la más desestabilizadora— de liquidez global provino de otro lugar: de Japón.
Durante décadas, Japón fue percibido como una anomalía: una economía atrapada en la deflación, que operaba según su propia lógica monetaria y en gran medida desconectada de los ciclos globales. En 2025, esta percepción resultó peligrosamente obsoleta. Japón no se mantuvo simplemente acomodaticio; se convirtió en uno de los principales facilitadores de la toma de riesgos global. Durante años, el Banco de Japón acumuló billones de dólares en bonos y acciones en su balance, mientras mantenía las tasas de interés cerca de cero.
Las tasas ultrabajas japonesas y un yen en constante depreciación reavivaron y amplificaron el carry trade global. Capitales prestados a bajo costo en yenes fluyeron hacia activos de mayor rendimiento en todo el mundo —acciones, crédito, mercados privados e inversiones especulativas—, reforzando el apetito por el riesgo mucho más allá de las fronteras japonesas. De hecho, Japón exportó liquidez al sistema financiero global en un momento en que otros bancos centrales intentaban, cautelosa e inconsistentemente, retirarla.
El carry trade en yenes se convirtió en uno de los vectores más poderosos del aumento de los precios de los activos en 2025, impulsando simultáneamente valoraciones bursátiles más altas y un mayor apalancamiento en todo el sistema financiero.
Pero Japón entró en 2025 limitado por sus propias realidades estructurales. Con una deuda pública que superaba el 235% del PIB, un sistema financiero dependiente de tasas ultrabajas y un mercado de bonos doméstico frágil, el regreso de la inflación y la perspectiva de un crecimiento económico sostenible impusieron un cambio estratégico.
En septiembre de 2025, el Banco de Japón formalizó su decisión de cesar sus compras de activos y se convirtió en vendedor neto de bonos y acciones. En diciembre, volvió a subir sus tasas de interés, impulsando los rendimientos de los bonos de muy largo plazo a niveles récord. Las implicaciones fueron inmediatas y globales: el carry trade en yenes se encontró en grave peligro —y, por extensión, los activos de riesgo en todo el mundo.
Mientras la liquidez continuaba inflando los mercados financieros, la economía real enviaba una señal muy diferente. Las materias primas —la expresión más tangible de la oferta, la escasez y las tensiones geopolíticas— se dispararon en todo el espectro. Energía, metales industriales y recursos estratégicos registraron fuertes avances, reflejando años de subinversión, la fragmentación de las cadenas de suministro y los crecientes costos de la desglobalización.
Este aumento de las materias primas no es una exuberancia cíclica; es una tensión estructural.
A diferencia de los activos financieros, las materias primas responden a limitaciones físicas. Integran la geología, la geopolítica, la intensidad energética y el tiempo. El mundo entró en 2025 con inventarios agotados, cadenas de suministro fragmentadas y una mayor competencia estratégica por los recursos —desde los metales críticos hasta la alimentación y la energía. En este entorno, la liquidez persistente chocó con una oferta limitada.
La implicación es crucial: el riesgo inflacionario no ha desaparecido —está aumentando.
Sin embargo, a lo largo de 2025, los mercados descontaron en gran medida un retorno a la desinflación y al alivio de las políticas, incluso mientras aumentaban los costos de los insumos, los precios de las materias primas y las presiones sobre los recursos estratégicos. Esta contradicción —un alivio de las condiciones financieras frente a crecientes limitaciones en la economía real— es intrínsecamente inestable. Coloca a los bancos centrales en una posición imposible: tolerar la inflación o arriesgarse a desestabilizar mercados que se han vuelto dependientes de la liquidez. Los mercados de bonos bien podrían imponer esta elección en 2026.
El papel de Japón amplifica este riesgo. Un mayor debilitamiento del yen reforzaría la inflación a través del aumento de los precios de las importaciones y las materias primas. Por el contrario, cualquier apreciación significativa podría provocar un desenlace abrupto de los carry trades, desestabilizando los precios de los activos globales. Ambos escenarios conllevan consecuencias que los mercados aún no han integrado plenamente.
La inteligencia artificial y la liquidez sustentaron el rally de 2025. Las materias primas ahora cuestionan su sostenibilidad. La esfera cripto —la expresión más pura del exceso especulativo— ya ha iniciado un giro, con Bitcoin cayendo más del 35% desde su pico de octubre.
La historia ofrece pocos ejemplos en los que una distorsión monetaria prolongada, un apalancamiento creciente y un endurecimiento de las limitaciones físicas se resuelvan sin volatilidad.
La trayectoria extraordinaria de los mercados financieros en 2025 podría finalmente revelar menos el nacimiento de una nueva era disruptiva que el optimismo excesivo que caracteriza las burbujas de inversión.