

“La memoria está en peligro. Sus libros y los nuestros corren un riesgo inminente”.
Así reaccionó Rasha el-Ameer, escritora y editora libanesa, ante la imagen de la biblioteca de Azza Baydoun, investigadora dedicada a las causas de las mujeres en Bint Jbeil, en el sur del Líbano. No hay certeza sobre el estado de la casa. Tampoco sobre el destino de la biblioteca.
Lo único que circula, de una mirada a otra, es la inquietud y, con ella, preguntas sin respuesta: ¿quién sabe realmente? ¿Qué queda? ¿Qué desapareció?
Es precisamente en esa inquietud donde la pérdida toma forma, en ese intervalo marcado por la falta de certeza. La espera queda suspendida entre imágenes satelitales imprecisas y una memoria que ya anticipa la catástrofe. La desaparición no necesita ser confirmada para imponerse como experiencia interior; la pérdida se siente incluso antes de comprobarse. La pérdida se multiplica en hipótesis y escenarios posibles, uno más insoportable que el otro.
¿Qué significa la desaparición de una biblioteca y, más aún, de una biblioteca personal, construida pacientemente, habitada durante años, moldeada con el paso del tiempo hasta convertirse en una forma de herencia íntima?
Quien posee una biblioteca, y somos muchos, quizá innumerables, en este país, sabe que no se trata simplemente de un conjunto de libros. Es un tiempo estratificado. Las capas de nuestras lecturas, las dispersiones de nuestra atención, nuestros abandonos y nuestros regresos.
Los libros nos sostienen tanto como nosotros los sostenemos. Conservan las huellas de nuestro paso: un trazo de lápiz, una nota al margen, una señal discreta dejada en una página prometida a una relectura y muchas veces abandonada a medio camino. Componen una arquitectura viva de la memoria, que a veces olvidamos hasta que vuelve a llamarnos.
La biblioteca es el lugar donde se construye una relación lenta con el conocimiento, una temporalidad que va en contracorriente de la urgencia. En ese sentido, es profundamente íntima, valiosa e irremplazable. Su pérdida golpea aquello más concreto de la experiencia interior: la única materialidad capaz de acompañar los meandros de nuestra vida psíquica.
En Cristallisation secrète de Yoko Ogawa (2009, Actes Sud), las cosas desaparecen gradualmente, borrándose del mundo antes de borrarse de las mentes. Una autoridad regula el proceso, impone el ritmo y vigila su ejecución. Los habitantes olvidan, se adaptan, hasta que la ausencia deja de percibirse como una anomalía.
Aquí, la desaparición responde a otros mecanismos. Ninguna autoridad única la decreta, ningún tiempo permite asimilarla. Las cosas desaparecen a medida que el mundo que las sostenía se deshace. Los libros desaparecen junto con las casas, con las habitaciones, con los gestos que les daban vida. Todo ocurre en una simultaneidad brutal, a una velocidad que supera el pensamiento e impide cualquier distancia.
A lo largo de la historia, la destrucción de libros nunca ha sido resultado del azar. Atacar una biblioteca es atacar aquello que concentra: conocimiento, memoria, continuidad. Dos términos permiten comprenderlo: biblioclasm, la destrucción de libros; libricidio, la destrucción deliberada de libros y bibliotecas. Se trata de una ejecución de los libros, una violencia dirigida contra la memoria misma, destinada a borrar sus huellas e interrumpir su transmisión.
Atacar los libros no consiste solamente en retirarlos de circulación. También implica reducir el campo de lo pensable, estrechar el horizonte de lo que todavía puede imaginarse.
Así, siglo tras siglo, los libros han sido objetivos de destrucción. Desde las bibliotecas antiguas desaparecidas hasta las hogueras europeas, desde los archivos destruidos en los conflictos contemporáneos hasta los fondos documentales aniquilados, se repite una misma lógica: controlar el conocimiento es moldear el relato, decidir qué será dicho, qué será borrado y qué quedará para siempre fuera de alcance.
Cada biblioteca destruida reduce nuestra capacidad de comprender, releer y desplazar el sentido.
Y, sin embargo, la historia no es solamente la de la destrucción. También es la de una obstinación. En momentos de peligro, hubo quienes intentaron salvar los libros ocultándolos, enterrándolos o trasladándolos a otros lugares. En la antigua China, frente a las hogueras, algunos eruditos eligieron esconderlos. En otros lugares, ciertos textos fueron preservados en cuevas, sellados entre muros, para reaparecer siglos después.
A veces solo sobrevivían como palimpsestos: un texto escrito sobre otro, en capas superpuestas, como si la memoria, amenazada de borrarse, buscara otra forma de persistencia, un desvío para sobrevivir.
Estos relatos no anulan la desaparición. Dan testimonio de aquello que se le enfrentaba: un gesto, un intento, una resistencia.
En otros contextos, la pérdida se concentró en un solo instante. El incendio de la biblioteca de Sarajevo no destruyó únicamente un edificio; arrasó con la memoria de toda una ciudad. Un acontecimiento localizable, fechado, al que todavía es posible volver.
La guerra civil libanesa produjo otra configuración. No existe un momento único que concentre el proceso. Las bibliotecas se deshicieron progresivamente: por el saqueo, la dispersión y el desplazamiento. Con el colapso de las instituciones, los bienes culturales se fragmentaron: libros vendidos, robados, abandonados en casas desiertas. La memoria se disolvió en elementos dispersos, sin un marco que los conectara, sin una trayectoria identificable.
Hoy, este proceso vuelve a repetirse con una intensidad mayor. Bibliotecas personales desaparecen en un silencio casi absoluto. Llorar una biblioteca parece indecente en un mundo donde mueren niños y pueblos enteros se derrumban.
Los libros desaparecen sin archivo, sin huella, a veces incluso sin la certeza de su desaparición, simplemente porque los lugares que los albergaban ya no existen o dejaron de ser accesibles.
Las bibliotecas privadas se asemejan a reservas de memoria, semillas de lo que fuimos y quizá de lo que podríamos llegar a ser. Cada una contiene un orden singular, una sensibilidad, una trayectoria. La disposición de los libros nunca es neutra; da forma a una relación íntima con el conocimiento.
Cuando desaparecen, no son solamente volúmenes los que se pierden, sino también ese orden, esa relación, esa historia silenciosa.
En The Infinity in a Reed, Irene Vallejo cuenta la historia de los libros como una larga cadena de rescates. Los textos atravesaron el tiempo porque alguien, cada vez, decidió cargarlos, copiarlos, rescatarlos del fuego, del olvido y de la negligencia.
Lo que hoy vacila es esa misma cadena. La fragilidad de los libros no es nueva. Lo que se resquebraja es el gesto que los resguardaba.
Cuando una biblioteca desaparece, es todo un movimiento de transmisión el que se rompe. La posibilidad de abrir un libro en otro lugar, más tarde, de otra manera, se desvanece con ella. La pérdida alcanza aquello que todavía podría haber continuado.
Entramos entonces en ese espacio excavado por la ausencia: un vacío del relato, un vacío de la memoria, un vacío del sentido que nunca llegó a existir.
Y en ese vacío, la voz de Rasha el-Ameer regresa, ya no como comentario, sino como elegía: “La memoria está en peligro”.
Hacemos duelo porque sabemos, con una precisión inquietante, aquello que pudo haber desaparecido.