


Desde el final de la guerra de julio de 2006, los libaneses y los observadores se habían acostumbrado a medir el poder de Hezbolá por la cantidad de misiles que poseía, la magnitud de su arsenal o su capacidad para amenazar a Israel. Pero la evolución actual impone un criterio completamente distinto. La pregunta ya no es qué armas le quedan, sino si todavía es capaz de reconstruir el poder que edificó durante más de cuatro décadas.
Ese es, precisamente, el gran desafío del momento actual.
Tras el encuentro entre el presidente de la República, el general Joseph Aoun, y el presidente estadounidense Donald Trump, la intensa actividad diplomática de Estados Unidos que lo precedió y siguió, el proceso de negociación iniciado en Roma, así como las crecientes discusiones sobre la ampliación del despliegue del Ejército libanés y el vínculo establecido entre la reconstrucción y el restablecimiento de la autoridad del Estado en materia de seguridad, parece claro que el enfoque de la comunidad internacional ya no busca únicamente el desarme de Hezbolá, ya sea mediante una decisión política o una operación militar. Ahora pretende hacer que la reconstrucción de su poder militar sea cada vez más difícil, e incluso imposible.
En otras palabras, la estrategia ha pasado de destruir capacidades a impedir que estas puedan reconstruirse.
Es a la luz de esta evolución que debe entenderse lo que podría denominarse una “erosión estructural”, un proceso que afecta simultáneamente cinco dimensiones interdependientes: el territorio, el arsenal, el entorno social, las instituciones y la profundidad regional.
Primero: la pérdida del territorio como espacio militar
Las aldeas del sur del Líbano no eran solo lugares de despliegue para los combatientes de Hezbolá. Formaban parte de una compleja arquitectura militar que incluía túneles, depósitos de armas, centros de mando y posiciones fortificadas de lanzamiento.
La última guerra golpeó esa infraestructura con una intensidad sin precedentes. Al mismo tiempo, el despliegue del Ejército libanés y los mecanismos internacionales de supervisión hacen que cualquier intento de reconstrucción resulte más difícil y mucho más vulnerable a la detección y a los ataques.
El control del territorio ya no se limita a una presencia geográfica. Implica la capacidad de utilizarlo con fines militares. Y esa capacidad se está erosionando rápidamente.
Segundo: un debilitamiento de las capacidades militares
Hezbolá todavía dispone de armas y conserva la capacidad de llevar a cabo operaciones limitadas si así lo decide. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre poseer medios para causar daños tácticos y estar en condiciones de sostener una guerra estratégica de larga duración.
Su arsenal de misiles de precisión ha sufrido pérdidas importantes. Las estructuras de mando y control se han vuelto más vulnerables, mientras que las líneas de abastecimiento ya no funcionan como antes.
Al mismo tiempo, el traslado de armas a través de Siria e Irak se ha vuelto considerablemente más complejo debido a los cambios políticos y de seguridad en ambos países, a lo que se suma un control regional e internacional cada vez más estricto.
Así, Hezbolá parece estar más en condiciones de utilizar lo que aún conserva que de reemplazar lo que ha perdido.
Tercero: la transformación del entorno social
Quizás este sea el factor más sensible.
El sur del Líbano salió de la guerra devastado por la destrucción, el desplazamiento de la población y las pérdidas económicas. Ante la urgencia de la reconstrucción, ahora una parte cada vez mayor de la población depende del Estado, así como de la ayuda árabe e internacional.
Al mismo tiempo, las instituciones sociales y financieras de Hezbolá ya no parecen capaces de desempeñar el papel que tuvieron tras la guerra de 2006, debido a las restricciones económicas, las dificultades logísticas y los cambios en el contexto regional.
Esto no significa que se esté produciendo un giro político dentro de la comunidad chiita. Sin embargo, las prioridades parecen estar cambiando: el deseo de estabilidad y de reconstrucción de la vida cotidiana comienza a imponerse gradualmente sobre la lógica del enfrentamiento permanente.
En este contexto, ofrecer una base social para reconstruir la infraestructura militar resulta más difícil que nunca.
Cuarto: el Estado recupera su lugar
Por primera vez en muchos años, el Estado libanés actúa, con un respaldo internacional explícito, para reafirmar su papel en materia de seguridad en el sur del Líbano.
El Ejército libanés ya no es simplemente una fuerza desplegada junto a otros actores. Ahora es considerada la única institución legítima llamada a ejercer el monopolio del uso de la fuerza.
Desde esta perspectiva, las negociaciones en curso ya no se asemejan a simples acuerdos temporales de seguridad. Buscan consolidar una nueva realidad en la que las zonas donde se despliega el Ejército queden exclusivamente bajo la autoridad del Estado, mientras que la ayuda internacional y la reconstrucción continúen condicionadas al mantenimiento de esa situación.
De este modo, el margen de maniobra militar de Hezbolá se reduce progresivamente, no solo sobre el terreno, sino también en los planos jurídico y político.
Quinto: una profundidad regional profundamente transformada
Desde su creación, Hezbolá se benefició de una red regional de apoyo establecida por Irán a través de Siria y, posteriormente, de Irak.
Hoy, esa red enfrenta desafíos crecientes.
Las fronteras están sometidas a una vigilancia reforzada. Los equilibrios políticos en Damasco y Bagdad han cambiado. Por su parte, Estados Unidos busca integrar estas restricciones en una arquitectura regional de seguridad de largo plazo que impida la reconstrucción de capacidades militares a cambio de reconstrucción y estabilidad.
El objetivo ya no es confiscar cada arma, sino hacer que cualquier proyecto de rearme resulte políticamente, económicamente y militarmente prohibitivo.
Más allá de las armas: la batalla por la capacidad de regeneración
La importancia de estos cambios radica en que no apuntan a un solo elemento. Golpean todo el mecanismo que permitía a Hezbolá reconstruir continuamente su poder.
El territorio ya no ofrece la misma seguridad. Las líneas de abastecimiento son más frágiles. El entorno social está más afectado. El Estado fortalece su presencia. Y el respaldo internacional se manifiesta con una claridad inédita.
Por ello, la verdadera pregunta ya no es: ¿Hezbolá todavía tiene misiles?
La pregunta ahora es otra: ¿será capaz, dentro de cinco años, de recuperar el nivel de poder que tenía antes de la guerra?
La respuesta a esa interrogante definirá el futuro del Líbano mucho más que el número de misiles que aún pueda tener hoy.
Hacia un nuevo modelo
Si Washington logra, junto con sus socios regionales e internacionales, consolidar en los próximos meses los avances del proceso de Roma, el Líbano podría entrar en una transición histórica, pasando de la lógica del “equilibrio mediante las armas” a la del monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado.
Esta transición no será rápida ni estará exenta de obstáculos o intentos de sabotaje. Sin embargo, los indicios actuales sugieren que la estrategia internacional ya no consiste en derrotar militarmente a Hezbolá, sino en integrarlo gradualmente al sistema político libanés, mientras se le priva, paso a paso, de los mecanismos que lo convirtieron, durante las últimas décadas, en una potencia militar regional.
Es aquí donde la noción de erosión estructural cobra todo su sentido.
La historia enseña que las organizaciones armadas no desaparecen cuando pierden una batalla, sino cuando pierden la capacidad de compensar sus pérdidas y reconstruir su poder.
Quizás ese sea hoy el principal desafío que enfrenta Hezbolá. Y probablemente también el verdadero hilo conductor de la nueva etapa en la que están entrando el Líbano y toda la región.