

Durante una de mis visitas a Canadá, pasé, como suelo hacer, por la librería Volume, que conserva valiosas obras de pensamiento que ya no circulan en el mercado editorial. Allí encontré un pequeño libro de un autor canadiense, Michel Poulin: Vivre et laisser vivre.
Lo tomé de inmediato porque aborda la manera de vivir juntos, eso que en el Líbano llamamos “convivencia”. La idea central del libro parece sencilla: mi libertad termina donde empieza la de otra persona. Pero la pregunta clave es: ¿quién pone esos límites?
El libro rechaza dos ideas extremas: la libertad absoluta, que conduce al caos, y el control total, que lleva a la represión. En lugar de ambas, propone otra forma de libertad: la “libertad responsable”.
Estas ideas coinciden en parte con el pensamiento de John Stuart Mill y con su “principio del daño”, según el cual la sociedad o el Estado pueden recurrir legítimamente a la coerción contra un individuo, contra su voluntad, con un solo propósito: impedir que cause daño a los demás. También encuentran eco en Jean-Jacques Rousseau y en su planteamiento del contrato social, es decir, en el intento de conciliar la libertad individual absoluta del ser humano en el estado de naturaleza con la sujeción a una autoridad política y jurídica en la sociedad civil, sin perder por ello su libertad ni convertirse en dependiente de otros.
Sin embargo, lo que resulta especialmente atractivo de este libro es que no ofrece un discurso teórico. Parte, por el contrario, de ejemplos vividos y tomados de la vida cotidiana, desde la familia hasta el trabajo y, de ahí, al espacio público.
Recurre a situaciones concretas para mostrar cómo el principio de libertad se transforma en una lucha cotidiana por la influencia y el poder y, por consiguiente, en un desacuerdo sobre la definición misma del “derecho”.
¿Cómo se manifiesta esto en el Líbano?
Partamos de una pregunta: ¿tenemos una sola definición de la libertad? ¿O cada grupo define la libertad a la medida de sus propios intereses?
Un grupo considera que solo sus armas protegen su libertad. Otro estima que esas mismas armas amenazan no solo su libertad, sino también su existencia y la del propio Líbano. Un tercero considera que su influencia es la que protege su libertad. Estas concepciones enfrentadas hacen que las libertades entren en colisión. En lugar de complementarse para permitir una convivencia pacífica, desembocan en una convivencia impuesta o en un equilibrio forzado.
Las comunidades confesionales que se enfrentan en el Líbano no lo hacen porque sus religiones o culturas sean diferentes, sino porque están impulsadas por el mismo “deseo mimético”, siguiendo a René Girard: el deseo de dominación, de monopolizar el poder y de recurrir al exterior para fortalecerse. Todas las comunidades han atravesado, en algún momento de la historia libanesa, una etapa en la que ejercieron una forma de hegemonía política: la hegemonía maronita, luego la sunita y ahora la chiita. En cada una de esas etapas, las demás comunidades sintieron el deseo de imitar la dominación del grupo prevaleciente, al que veían, al mismo tiempo, como “modelo y rival”.
Así, cuando una comunidad posee armas o dispone de influencia regional, las demás no exigen necesariamente su desarme desde una perspectiva estrictamente cívica. También las mueve una forma de “envidia mimética” y el deseo de disponer de un margen de poder propio, tanto para protegerse como para reforzar su posición recurriendo a una potencia externa.
Las comunidades libanesas son “gemelos rivales” que sacrifican los intereses nacionales en favor de impulsos similares: la dominación y el monopolio del poder.
Pero esta rivalidad mimética ha alcanzado hoy su punto culminante. El orden social atraviesa una crisis mientras las instituciones del Estado, único denominador común entre todos los adversarios, se derrumban. Esto es lo que lleva a algunos a reclamar seguridad autónoma y cantones.
La paradoja es que la reivindicación de la seguridad autónoma y de cantones no surge de una visión política coherente. Constituye, por el contrario, una de las expresiones más claras de la “rivalidad mimética”, una reacción en espejo frente a una relación de fuerzas desigual. Desde hace décadas, Hezbolá ha logrado construir su propio “cantón”, con su aparato militar, sus instituciones financieras, sus servicios sociales y su sistema de seguridad independiente. Cuando las demás comunidades ven a este grupo, completamente autónomo dentro de su propio “Estado”, dominar al mismo tiempo la decisión política central, no ven en ello una asociación entre iguales. De ahí que su reacción sociológica natural, alimentada por el miedo por su propia existencia, sea: si el Estado central es incapaz de protegernos, tendremos que construir nuestros propios cantones para sobrevivir.
Esto es precisamente lo que Girard advierte cuando habla de los “gemelos rivales”. Al tratar de resistirse al modelo de Hezbolá o de protegerse frente a él, las demás comunidades terminan reproduciendo su comportamiento y reclamando, también ellas, territorios aislados. Al hacerlo, sirven al objetivo de Hezbolá: hacer imposible la construcción de un Estado soberano, civil, centralizado y regido por el Estado de derecho.
La “crisis mimética” y el colapso: la guerra de todos contra todos
Cuando la rivalidad mimética alcanza su punto culminante, el orden social se derrumba y las fronteras y las diferencias comienzan a desdibujarse. Es lo que Girard llama la “crisis mimética”.
Parece que estamos en el corazón de esa crisis, porque las instituciones del Estado, nuestro único denominador común, se están derrumbando. Cuando el Estado se derrumba, cada comunidad empieza a verse a sí misma como la víctima absoluta y a la otra como el demonio al que hay que eliminar. Eso fue lo que ocurrió durante la guerra civil que vivimos y cuyo regreso sigue obsesionándonos hoy, a medida que se profundizan las fracturas confesionales y cada libanés sufre una conmoción tras otra.
Históricamente, el sistema pluralista libanés ha logrado, después de cada crisis que hemos atravesado, reproducirse a sí mismo. Cada vez, las comunidades, o mejor dicho, sus líderes, fabricaron un “chivo expiatorio” al que atribuyeron toda la responsabilidad, como forma de descargar la violencia colectiva y reanimar la convivencia.
Todo comenzó con la expresión “las guerras de los otros” en nuestro territorio, utilizada para explicar la guerra civil. Después vino la cuestión de los refugiados palestinos, seguida de la de los refugiados sirios, esos “extranjeros” a quienes se culpó del colapso económico. Luego le llegó el turno al juez Bitar, convertido en chivo expiatorio del sistema tras el crimen del puerto de Beirut. Incluso la propia clase política fue señalada en 2019, cuando la calle coreaba: “Todos significa todos”. Y cuando el sistema consiguió una vez más salvarse, sacrificó a algunas figuras. El gobernador del Banco del Líbano, Riad Salamé, se convirtió así en el chivo expiatorio encargado de cargar con los pecados de todo el sistema bancario, el 40% de cuyos propietarios pertenece a la propia clase política, así como con los del sistema político en su conjunto. Los demás sobrevivieron.
¿Puede llamarse realmente a esto “convivencia”? ¿O se trata de un ritual que venera el miedo?
Esta convivencia, reciclada y reproducida una y otra vez mediante rituales políticos que el sistema ha sabido vender con gran habilidad, mesas de diálogo, reparto confesional de cargos y vetos mutuos, no tiene como objetivo construir realmente un Estado. Su finalidad es impedir que la “rivalidad mimética” estalle.
Se trata de una convivencia basada en el temor a un retorno a los enfrentamientos. En otras palabras, lo sagrado en el Líbano es una "paz civil precaria", venerada como un ídolo y en cuyo nombre se sacrifican la justicia, la ley, la rendición de cuentas, los derechos de las víctimas del puerto y de los depositantes, incluso hasta el punto de sacrificar el Estado, el territorio y la patria misma.
Pero hoy vivimos la etapa más peligrosa que ha atravesado el Líbano y la más grave de sus crisis, porque el “mecanismo del chivo expiatorio” empieza a perder eficacia. El sistema ya no puede inventar una víctima capaz de convencer a todos los libaneses. La fractura se ha profundizado y ya no existe “la sangre de una víctima común” capaz de reunir a los adversarios.
La esperanza es que las nuevas generaciones, llamadas a asumir las responsabilidades del mañana, rechacen esta “falsa convivencia” basada en enterrar las verdades. La esperanza es que la nueva generación exija pasar de una sociedad que negocia con sus víctimas a una sociedad que exige rendición de cuentas y a un Estado de derecho y de justicia, tanto para el puerto como para la patria.