

Toda la región se encuentra hoy ante grandes transformaciones que redibujan los equilibrios y las ecuaciones políticas y militares. La guerra que estalló entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán y Hezbolá, por el otro, no puede reducirse a una confrontación pasajera ni a una escaramuza limitada, sino que constituye un acontecimiento decisivo cuyas profundas repercusiones se harán sentir en todos los Estados y, en particular, en Líbano, que vuelve a encontrarse en el centro de la tormenta.
La experiencia ha demostrado repetidamente que las grandes guerras no se detienen en las fronteras de los Estados beligerantes y que sus consecuencias se extienden a entidades frágiles y desgarradas, a Estados incapaces de consolidar su soberanía y de concentrar el poder de decisión en sus instituciones legítimas. Por esta razón, mantener al Líbano atado a los ejes regionales y dejarlo como un escenario abierto para conflictos ajenos expone a los libaneses a peligros existenciales que sería imprudente subestimar.
Hoy el mundo sigue de cerca las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, así como las reconfiguraciones políticas, de seguridad y militares que podrían surgir de ellas. Pero el verdadero peligro radica en que Líbano figura entre los países más expuestos a pagar el precio, debido a la persistencia de armas que escapan a la autoridad del Estado y a la insistencia de ciertas fuerzas en mantener al país dentro de la órbita de un proyecto regional que trasciende los intereses de los libaneses, de su patria y de su Estado.
La región ha entrado realmente en una nueva etapa, en la que se están redefiniendo las nociones de guerra y paz. Se están trazando nuevas fronteras de influencia y se están redistribuyendo los roles de los Estados y los grupos armados. En este contexto, queda claro que cualquier cese al fuego entre Estados Unidos e Irán no sería un simple detalle coyuntural pasajero, sino el preludio de una nueva fase política cuyos efectos repercutirían inevitablemente en todos los escenarios de la región, con Líbano a la cabeza. Porque corresponde a Estados Unidos imponer a Irán el desmantelamiento de sus milicias aliadas y el cese de cualquier transferencia de armas y fondos a cualquier facción de la región, y en particular a Hezbolá.
Apostar por la perpetuación del statu quo, o por la posibilidad de que Líbano permanezca al margen de las transformaciones venideras, sería una apuesta tan equivocada como peligrosa. La comunidad internacional y los Estados árabes están cada vez más convencidos de que la estabilidad regional no puede alcanzarse mientras existan Estados incapaces de controlar sus decisiones soberanas, ni mientras persista el fenómeno de ejércitos paralelos y organizaciones armadas que operan fuera de toda legalidad.
El reciente discurso del presidente libanés constituyó un momento notable en su tratamiento de la cuestión de la negociación directa y de las decisiones de guerra y paz, cuando afirmó claramente que cualquier decisión de cese al fuego es una decisión soberana que pertenece únicamente al Estado libanés y a ninguna otra parte. Asimismo, reafirmó, en términos que no dejan lugar a ambigüedades, que nadie tiene derecho a hablar en nombre de Líbano salvo el Estado libanés y sus instituciones constitucionales.
Esta posición expresa la esencia misma de la idea de Estado y los principios más elementales de la soberanía nacional. Porque el Líbano no puede sobrevivir como Estado si la decisión sobre la guerra y la paz permanece fuera de sus instituciones legítimas, ni si ciertas fuerzas persisten en presentarse como la autoridad efectiva por encima del Estado, de la Constitución y de la voluntad del pueblo libanés.
Es lamentable que algunos sigan tratando al Líbano como un escenario abierto al servicio de proyectos regionales, cuando lo que el país necesita hoy es restaurar el principio de un solo Estado, una sola autoridad y una sola decisión. Porque el Líbano no se protege con consignas, ni con sobreactuaciones políticas, ni con discursos de acusación e incitación, sino mediante la construcción de un verdadero Estado, capaz de proteger sus fronteras, a su pueblo y sus intereses nacionales.
Ya es evidente que cualquier nueva aventura militar será pagada únicamente por los libaneses y que cualquier vinculación del destino de Líbano a la confrontación entre Irán e Israel, a través de Hezbolá, conducirá inexorablemente al país hacia un aislamiento, un colapso y una destrucción aún mayores.
Del mismo modo, cualquier acuerdo o arreglo regional e internacional que surja en el futuro impondrá nuevas realidades sobre la región, y Líbano será incapaz de protegerse ni de defender sus intereses mientras siga sin poder construir un verdadero Estado, único poseedor del derecho al uso de la fuerza, del monopolio de las armas y de la decisión sobre la guerra y la paz.
El Estado libanés se encuentra hoy ante una prueba histórica: o recupera plenamente su papel como referencia única para todos los libaneses, o el Líbano seguirá siendo un escenario profanado cuyo pueblo paga el precio de los conflictos ajenos.
La próxima etapa exige el más alto grado de responsabilidad nacional, porque la región se está transformando rápidamente y los acuerdos venideros impondrán nuevas ecuaciones. Por esta razón, la salvación de Líbano comienza con un retorno a la Constitución, a la lógica del Estado, al respeto de la legalidad libanesa e internacional y a la construcción de un Estado verdaderamente capaz de proteger a su pueblo, su territorio y su soberanía.
Los libaneses merecen un Estado que los proteja y no un Estado cuyo territorio sea instrumentalizado para ajustar cuentas. Merecen un futuro basado en la estabilidad, la soberanía y la prosperidad, y no en guerras perpetuas, divisiones y dependencia del exterior. En este momento decisivo, el apego al Estado deja de ser una simple opción política y se convierte en la condición misma para la supervivencia de Líbano.
La protección de Líbano comienza, ante todo, con su desvinculación de los ejes de conflicto, con la reafirmación de su identidad árabe, con la consagración de su neutralidad frente a las guerras ajenas y con el establecimiento de la autoridad exclusiva del Estado sobre la totalidad del territorio libanés.