
Una lectura del discurso político actual
Lo que ocurre hoy en el Líbano ya no puede comprenderse en el marco de una guerra o un conflicto convencional, sino en lo que René Girard describió como la “espiral de la violencia”: la violencia deja de ser un medio para convertirse en un sistema autónomo que se reproduce a sí mismo a través del discurso antes que en el terreno.
En este contexto, el discurso de Hezbolá, al igual que las declaraciones de figuras como Mahmoud Komati, no puede leerse como expresión coyuntural o emocional. Nos encontramos ante una estructura discursiva coherente, que trasciende lo político para reconfigurar la sociedad mediante la fuerza simbólica y material a la vez — el discurso mismo convirtiéndose en instrumento de remodelación de lo real, y no en mero reflejo de él.
Es ahí donde se revela la peligrosidad de un discurso político fundado en la acusación de traición y la amenaza: no como desviación coyuntural, sino como componente de una estructura más profunda que busca redefinir las nociones de Estado, sociedad y legitimidad.
René Girard ofrece un marco analítico de capital importancia para comprender lo que sucede, a través de sus conceptos de “violencia fundadora” y “mecanismo del chivo expiatorio.” La violencia, según Girard, solo se perpetua si es relegitimada por un discurso moral que le confiere un carácter de necesidad o sacralidad. En el caso libanés, se observa con nitidez: la conversión de la guerra en deber moral, la redefinición de la derrota como “sacrificio,” y la reducción de la oposición al concepto de “traición.”
En este sentido, la acusación de traición no se utiliza como herramienta descriptiva, sino como mecanismo de exclusión, que prepara el aislamiento del diferente y lo despoja de su legitimidad.
En su teoría del chivo expiatorio, Girard muestra que las sociedades en crisis tienden a desplazar su tensión interna hacia una víctima sustituta a quien se imputa la responsabilidad del caos. Lo que presenciamos hoy es un desplazamiento progresivo: de un enemigo exterior claramente identificado a un enemigo interior de múltiples rostros, que abarca los medios de comunicación, los opositores e incluso los ciudadanos inquietos.
Este desplazamiento no es un detalle: es el índice de una crisis profunda en la estructura de la legitimidad, donde el mantenimiento de la cohesión interna queda condicionado a la producción de un “enemigo interior.”
Jeanne-Henriette Louis, en su obra L’engrenage de la violence, propone un marco complementario que esclarece cómo la violencia se transforma en un sistema cerrado que se reproduce a sí mismo: la violencia engendra el miedo, el miedo engendra el silencio, y el silencio permite más violencia.
En el caso libanés, este bucle se manifiesta con claridad: una guerra que agota sin tregua a la sociedad, un discurso que la justifica e impide todo cuestionamiento, una presión social y mediática para acallar las voces discordantes. El resultado no es solo la perpetuación de la violencia, sino su consolidación como norma.
Algunos leen positivamente la adaptación de la sociedad a esta violencia — lo que contradicen los escritos de Boris Cyrulnik a través de su análisis del fenómeno de la “adaptación al trauma.” Las sociedades sometidas a traumas repetidos pueden desarrollar mecanismos de defensa que las lleven a aceptar lo que anteriormente era considerado inaceptable. En el Líbano, esta adaptación se manifiesta en: la normalización del desplazamiento masivo de cientos de miles de personas, la aceptación de la destrucción como un hecho consumado, el silencio ante el discurso de amenaza interior.
Esta adaptación no significa recuperación; indica, por el contrario, una disfunción profunda en la percepción de la realidad, donde el trauma es absorbido en lugar de tratado.
La mutación más destacada del discurso actual de Hezbolá sigue siendo su paso de la expresión a la imposición. El discurso ya no busca persuadir; apunta a imponer una definición particular del patriotismo, a monopolizar la designación del enemigo, a intimidar a quienes discrepan.
Lo que significa concretamente el surgimiento de un poder paralelo ilegítimo: capaz de tomar decisiones existenciales (como la guerra), sin rendir cuentas a institución alguna.
Pero la paradoja reside en el abismo entre el relato y la realidad: frente al discurso de poder y victoria, el Líbano confronta una realidad radicalmente distinta — el desplazamiento de cientos de miles de ciudadanos, la destrucción masiva de infraestructuras, la profundización del colapso económico, la erosión de las instituciones del Estado.
Esta brecha entre el relato y la realidad no es una mera contradicción: es un elemento constitutivo de la perpetuación de la crisis, en cuanto impide cualquier revisión seria o verdadera rendición de cuentas.
Esto nos conduce a la desintegración del propio contrato social: en cualquier Estado, la decisión de guerra es una de las expresiones más significativas de la soberanía, y está sujeta al principio de responsabilidad. Pero en el caso libanés: la decisión se toma fuera de los marcos oficiales, sus consecuencias se imponen a la sociedad, y todo debate al respecto es silenciado.
Esta realidad conduce a la desintegración del contrato social, donde el ciudadano pierde su papel de partícipe en la decisión y se convierte en mero receptor de sus efectos.
El Líbano se encuentra hoy en una encrucijada decisiva. La cuestión ya no es solo la de una confrontación exterior, sino la de la naturaleza del sistema interior que se forma bajo la presión de la guerra y del discurso que la acompaña.
Si la espiral de la violencia, tal como Girard la describe, continúa sin romperse, no conducirá a la estabilidad, sino a una escalada y una explosión mayores. Y si la adaptación al trauma se prolonga, como nos advierte Cyrulnik, la sociedad perderá progresivamente su capacidad de distinguir lo normal de lo anormal.
El verdadero peligro no reside solo en la guerra, sino en su transformación en un estado permanente, que reconfigura la sociedad sobre la base del miedo y no de la ciudadanía.
Romper este bucle comienza por retomar las preguntas fundamentales:
¿Quién detenta el poder de decidir la guerra?
¿Quién asume la responsabilidad?
¿Y cuál es el lugar del ciudadano en todo esto?
Sin eso, el Líbano no será un Estado, sino una arena abierta a conflictos que superan su capacidad de resistencia.