
¿Recuperará su Estado o seguirá siendo escenario de guerras?


En un momento regional de extrema complejidad, el Líbano se enfrenta a una cuestión existencial que va mucho más allá de los cálculos políticos cotidianos y de las divisiones tradicionales: ¿qué quiere obtener de unas posibles negociaciones con Israel?, ¿qué puede ofrecer?, ¿y tiene realmente la capacidad interna para cumplir los compromisos que puedan derivarse de ellas?
Estas preguntas han dejado de ser teóricas. Ahora están directamente vinculadas al destino del Estado libanés, a la posibilidad de que cientos de miles de ciudadanos regresen a sus pueblos y a la capacidad del país para salir de su condición de “escenario de confrontación abierta” y convertirse, por fin, en un Estado normal, dueño de sus fronteras y de sus decisiones.
El problema fundamental del Líbano hoy no radica únicamente en la guerra o en la amenaza de una guerra, sino en la ausencia de un Estado capaz de imponer una visión nacional coherente. Desde hace muchos años, el país vive bajo el peso de una dualidad letal: por un lado, un Estado formal con instituciones, Constitución y legitimidad internacional; por el otro, una realidad militar y de seguridad con capacidad autónoma para tomar decisiones soberanas relacionadas con la guerra y la paz. Precisamente esta dualidad es la que vuelve tan compleja cualquier negociación futura, porque la comunidad internacional no solo pregunta qué quiere el Líbano, sino también: ¿quién representa realmente el poder de decisión libanés?
En el marco de negociaciones serias, no se le exigirían al Líbano “concesiones gratuitas”, como algunos intentan presentarlo, sino una visión clara de un Estado que busca recuperar su soberanía y su equilibrio. Esto comienza con la afirmación de un principio fundamental: el monopolio de la decisión sobre la guerra y la paz debe estar exclusivamente en manos del Estado libanés. Un Estado no puede negociar de manera válida cuando sus decisiones de seguridad están divididas entre instituciones oficiales y fuerzas militares paralelas. En ese sentido, cualquier proceso auténtico de negociación estará inevitablemente ligado a la cuestión de las armas fuera del marco estatal, no solo porque Israel o la comunidad internacional planteen el tema, sino porque el surgimiento de un Estado normal en el Líbano se ha vuelto imposible sin resolver esta disfunción estructural.
Ahí aparece el gran dilema. ¿Puede el Ejército libanés resolver por sí solo esta ecuación? La respuesta realista es que la cuestión lo supera ampliamente. El tema de las armas en el Líbano no es un simple asunto de seguridad que pueda resolverse mediante una decisión operativa o una confrontación interna; está profundamente entrelazado con los equilibrios confesionales, los conflictos regionales, la relación entre Hezbolá e Irán y el conflicto abierto con Israel. Cualquier intento de imponer una solución por la fuerza interna podría empujar al país hacia una explosión generalizada que amenazaría incluso la unidad del propio Ejército y reviviría escenas de una guerra civil cuyas cicatrices siguen presentes entre los libaneses.
Eso no significa, en absoluto, que el Ejército libanés no tenga un papel. Al contrario. La institución militar sigue siendo la única entidad nacional capaz de actuar como garante de la estabilidad, siempre que reciba el respaldo político y las capacidades necesarias. Pero no puede transformarse en un instrumento de confrontación interna sin una decisión política integradora y un apoyo interno suficientemente amplio. Por ello, cualquier enfoque serio sobre el tema de las armas requiere una estrategia nacional gradual: una estrategia que comience fortaleciendo al propio Estado, consolidando al Ejército y subordinando cualquier transición en materia de seguridad a un amplio consenso interno y a un acuerdo regional más amplio.
Porque la realidad obliga a reconocer que el poder de Hezbolá no proviene únicamente del interior del Líbano, sino también de su pertenencia a un eje regional liderado por Irán. Por lo tanto, cualquier cambio radical en este tema dependerá del futuro de las relaciones entre Irán e Israel y de la naturaleza de los acuerdos internacionales en la región. Por eso, reducir el debate al eslogan del “desarme por la fuerza” carece de realismo, del mismo modo que mantener el statu quo ya no es viable para el Estado libanés.
Existe además otro asunto de urgencia equivalente, quizá el más apremiante hoy para los libaneses: el sur del Líbano, los desplazados y los pueblos devastados. Miles de familias libanesas viven un desarraigo continuo como consecuencia de la guerra y de las tensiones fronterizas. La pregunta que se impone con fuerza es la siguiente: ¿puede el Líbano obtener, en el marco de eventuales negociaciones, garantías de retiro israelí y del regreso de los desplazados?
En teoría, sí. Es legítimo que el Líbano exija el cese de las operaciones militares, la retirada israelí de cualquier punto ocupado y garantías para el retorno seguro de los habitantes a sus pueblos. Pero la experiencia histórica de la región ha demostrado ampliamente que las “promesas” por sí solas no bastan. Medio Oriente está lleno de acuerdos frágiles y entendimientos que colapsaron ante el primer cambio de escenario político o militar. Las garantías reales exigen mucho más que simples declaraciones políticas o acuerdos verbales.
Si el Líbano entra en un proceso de negociación, necesitará un acuerdo explícito y por escrito, acompañado de calendarios precisos y mecanismos de supervisión y ejecución. También requerirá patrocinio y garantías internacionales efectivas de actores capaces de ejercer presión real, como Estados Unidos, Francia y las Naciones Unidas. Asimismo, será necesario reforzar el papel de la FINUL, o de cualquier otro mecanismo internacional de supervisión, para garantizar el respeto mutuo al alto el fuego y evitar el rápido colapso de cualquier acuerdo.
Pero incluso si las garantías de seguridad llegaran a concretarse, surgiría otra batalla igual de decisiva: la reconstrucción. Regresar no significa únicamente reabrir el camino hacia el pueblo; significa reconstruir viviendas, infraestructura, escuelas y hospitales, y garantizar las condiciones mínimas para una vida normal. Por eso, cualquier negociación deberá vincular obligatoriamente la dimensión de seguridad con un plan de apoyo económico y reconstrucción para el sur del Líbano. De lo contrario, el retorno seguiría siendo frágil y superficial.
La dificultad en el Líbano radica, en gran medida, en que el debate interno se desarrolla bajo una lógica de consignas absolutas. Algunos consideran que cualquier negociación es una capitulación; otros creen que la solución llegará mediante una rápida confrontación interna que resolverá todo de una vez. La realidad es infinitamente más compleja. Hoy el Líbano no está en condiciones de permitirse grandes aventuras, ni militares ni políticas. El país atraviesa un colapso económico, sus instituciones están exhaustas y la propia sociedad libanesa está dividida, atemorizada y agotada tras largos años de crisis acumuladas.
Por ello, cualquier enfoque realista debe partir de un objetivo fundamental: reconstruir el propio Estado libanés. El verdadero problema no es solamente la existencia de una amenaza israelí o de una influencia iraní, sino la debilidad del Estado, que permitió que el Líbano se transformara en un espacio abierto a los conflictos regionales. Cuando el Estado fracasa, todos los acuerdos externos son temporales y todas las treguas están condenadas a desmoronarse.
El desafío más importante que enfrenta el Líbano no es simplemente cómo negociar con Israel, sino primero cómo recuperar su decisión nacional. Porque la verdadera negociación no comienza alrededor de una mesa, sino cuando el Estado ejerce una autoridad real sobre su territorio, sus fronteras y sus instituciones. Solo entonces un acuerdo podrá transformarse de una tregua frágil en una estabilidad duradera.
El Líbano no necesita consignas de victorias ilusorias, ni discursos de rendición. Lo que realmente necesita es un proyecto de Estado: un Estado que proteja sus fronteras mediante su Ejército, que impida que su territorio sea convertido en una plataforma para las guerras ajenas y que garantice a su pueblo el derecho natural a la seguridad, la estabilidad y la vida. Toda negociación futura deberá medirse con un único criterio: ¿acerca al Líbano al Estado o lo devuelve a la lógica de los escenarios de confrontación, los ejes regionales y las guerras interminables?