


Los libaneses repiten con frecuencia una fórmula que se ha vuelto casi axiomática para describir su crisis: el Líbano estaría atrapado entre una tríada «extremista» en lo doctrinal y lo religioso, representada por Israel, Irán y los Estados Unidos de América. Esta expresión condensa un profundo sentimiento de cerco y presión, y refleja una conciencia popular según la cual el destino del país ya no se fragua únicamente desde dentro. La fuerza de esta narrativa reside, sin embargo, en su simplicidad, mientras que su debilidad consiste en el riesgo de ocultar la complejidad de la realidad y la multiplicidad de sus niveles.
En los hechos, estas tres potencias no pueden ser colocadas bajo la misma rúbrica del «extremismo religioso» sin incurrir en una simplificación. Es cierto que la religión desempeña un papel variable en las políticas de estos actores, pero no constituye el único factor, ni siquiera el principal en ciertos casos. Lo más adecuado es comprender a cada parte dentro de su propia estructura y leer luego cómo estas estructuras se cruzan sobre el escenario libanés.
En el caso de Israel, la dimensión religiosa se manifiesta con claridad en el ascenso de las corrientes nacionalistas religiosas que imprimen al conflicto un carácter doctrinal, sobre todo en lo relativo a la tierra y a la identidad. A pesar de esta presencia, el establishment israelí permanece en su esencia regido por una doctrina de seguridad rigurosa. El Líbano, en esta visión, no es un terreno religioso sino una fuente de amenaza potencial, especialmente dada la existencia de Hizbulá como fuerza militar al margen de la autoridad estatal. La conducta de Israel hacia el Líbano se entiende por eso más desde el ángulo de la disuasión y la gestión del riesgo que desde el de un proyecto estrictamente religioso.
Irán, por su parte, ofrece un modelo diferente, en el que lo religioso y lo político se entrelazan de forma estructural. El régimen descansa sobre la referencia de la wilayat al-faqih, lo que convierte a la ideología religiosa en un componente inseparable del proceso de toma de decisiones. En este contexto, el apoyo a Hizbulá deviene el prolongamiento de una visión más amplia que considera que el conflicto en la región no es una mera rivalidad entre estados, sino una confrontación de dimensiones doctrinales y políticas. Reducir el papel iraní a este único marco, sin embargo, sería dejar de lado una dimensión esencial: Teherán actúa también según una lógica de intereses, sirviéndose de esa ideología como instrumento para consolidar su influencia regional.
Los Estados Unidos, en cambio, parecen relativamente alejados de esta clasificación religiosa. Se trata de un Estado fundado en un sistema laico que no recurre a la religión como referente oficial de su política exterior. Ello no significa que la influencia religiosa esté del todo ausente; ciertas corrientes, como la de los conservadores evangélicos, orientan determinadas posiciones, sobre todo en lo que respecta a Israel. Pero el determinante fundamental de la política estadounidense sigue siendo el pragmatismo: proteger intereses, garantizar la estabilidad de los aliados y equilibrar la influencia de los adversarios, con Irán a la cabeza.
Queda así de manifiesto que el «extremismo religioso» no es un denominador común equivalente entre estas potencias, sino un elemento presente en grados variables, utilizado en ocasiones como herramienta de movilización o de justificación. La formulación más exacta sería decir que el Líbano se halla en la encrucijada de tres grandes proyectos: un proyecto de seguridad liderado por Israel, un proyecto ideológico liderado por Irán y un proyecto de influencia mundial liderado por los Estados Unidos. Estos proyectos no funcionan de manera aislada, sino que se cruzan y colisionan, dejando el escenario libanés expuesto a tensiones permanentes.
Concentrarse en estos proyectos exteriores, por importante que sea, resultaría incompleto sin detenerse en el factor interno. El Líbano no se convirtió en un escenario abierto únicamente por la fuerza de los actores externos, sino también por la debilidad interior. El Estado libanés sufre desde hace décadas una crisis estructural que se expresa en la ausencia del monopolio sobre las armas, la fragmentación de la decisión política y la persistencia de un sistema confesional que ahonda las divisiones en lugar de abordarlas.
Las comunidades confesionales se han convertido en muchos casos en canales de conexión con el exterior, de modo que cada eje regional cuenta hoy con sus ramificaciones dentro del Líbano. Esta realidad no fue impuesta en su totalidad desde fuera: fuerzas internas contribuyeron a ella, viendo en la alianza con esas potencias un medio para reforzar su posición en el interior. Fue así como lo local y lo regional se confundieron, y el Estado perdió su capacidad de actuar como árbitro entre sus propios componentes.
En este marco, la fórmula «el Líbano está atrapado entre una tríada extremista» pasa a ser la expresión de una consecuencia más que la explicación de una causa. Describe el estado de cerco, pero no explica por qué el Líbano se volvió susceptible a ese cerco en primer lugar. La razón más profunda reside en la ausencia de un proyecto nacional aglutinador, capaz de redefinir la relación entre el Estado y sus ciudadanos, y entre el Líbano y su entorno.
La salida de esta realidad no pasa únicamente por un cambio en el comportamiento de las potencias exteriores (lo que escapa a las capacidades del Líbano), sino que comienza por reconstruir desde dentro. Esto requiere pasos fundamentales: restablecer el concepto de soberanía circunscribiendo las armas en manos del Estado, a fin de reunificar la decisión en materia de seguridad; reformar el sistema político orientándolo hacia la reducción del confesionalismo y el fortalecimiento de la ciudadanía, de modo que disminuya la permeabilidad a las polarizaciones externas; edificar instituciones sólidas y transparentes que restauren la confianza de los ciudadanos y limiten la dependencia respecto de las redes de lealtades tradicionales; adoptar una política exterior equilibrada que busque reducir la implicación en los conflictos de ejes en lugar de alinearse plenamente con alguno de ellos.
En definitiva, el Líbano no puede aislarse de su entorno regional e internacional, pero sí puede limitar el peso de ese entorno sobre sí mismo. La diferencia entre «escenario» y «Estado» no radica en la posición geográfica, sino en la capacidad de gestionar esa posición. Y cuando el Líbano posea esa capacidad, las narrativas simplificadoras, incluida la narrativa de la «tríada extremista», perderán gran parte de su fuerza, porque ya no reflejarán una realidad impuesta, sino una etapa superada.