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Opinión

El Líbano después de las fiestas: ¿guerra aplazada o paz suspendida?

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Por Jad Akhawi
Publicado dic 27, 2025 - 19:23

Con las vacaciones terminadas, la ansiedad vuelve a atormentar a los libaneses, con una pregunta que se ha vuelto existencial: ¿Se dirige Líbano hacia una nueva guerra, o el país permanecerá en una tregua frágil que podría colapsar en cualquier momento? Sin embargo, esta pregunta, por importante que sea, ya no es suficiente por sí sola. Detrás de ella se cierne una pregunta más profunda y peligrosa: si la iniciativa militar proviene del lado israelí y Hezbolá no ha respondido desde el alto el fuego, ¿es esto debilidad o una decisión? ¿Y quién, de hecho, tiene derecho a decidir sobre la guerra y la paz en Líbano?

Líbano hoy no está experimentando una guerra a gran escala, pero tampoco disfruta de una paz verdadera. Está atrapado en una peligrosa zona gris, donde la calma no es estabilidad y la escalada no llega al punto de una gran explosión. Esta zona gris, a la que los libaneses se han acostumbrado, está agotando silenciosamente el país y manteniéndolo en un estado de perpetua anticipación de lo que pueda venir del extranjero.

Sobre el terreno, no se puede negar que el sur de Líbano sigue siendo un campo de batalla abierto. Las violaciones israelíes continúan de diversas formas, desde ataques localizados hasta mensajes militares y de seguridad calculados. En este contexto, Israel no está librando una guerra a gran escala, sino que está practicando una política de prueba de límites: probando la capacidad de respuesta del adversario, los límites de su paciencia y la posibilidad de imponer nuevas reglas de enfrentamiento por fuerza de las circunstancias.

Por el contrario, la contención de Hezbolá de una respuesta a gran escala desde el alto el fuego ha surgido como un factor clave en el debate público. Algunos interpretan este comportamiento como debilidad o impotencia, pero esta interpretación sigue siendo simplista hasta el punto de ser engañosa. En términos de sus capacidades militares y organizativas, ¿ha perdido el partido repentinamente su capacidad para responder o iniciar acciones? ¿Se ha desintegrado su estructura? ¿Han desaparecido sus armas? ¿Y su despliegue sigue existiendo? Por lo tanto, la situación no puede reducirse a una mera impotencia militar a la luz de estas preguntas.

La diferencia fundamental aquí radica entre la capacidad y la decisión. La guerra no es una cuestión técnica, sino una elección política por excelencia. La decisión de Hezbolá, en esta etapa, se presenta como una de contención, no de confrontación. Esta contención está regida por claros factores regionales. Hezbolá es parte de un eje más amplio liderado por Irán, y este eje no ve ningún beneficio en encender el frente libanés en este momento. La prioridad, hasta nuevo aviso, es gestionar el conflicto, no escalarlo; contener los enfrentamientos, no romperlos; y utilizar los campos de batalla como una herramienta de presión política, no como arenas para la resolución militar.

Además del factor regional, existe el factor interno libanés, que no es menos importante. Cualquier guerra a gran escala cobrará un alto precio en un país que ya se está derrumbando: una economía paralizada, un estado ausente, instituciones fragmentadas y una sociedad agotada hasta la parálisis. Hezbolá, cualesquiera que sean sus cálculos regionales, entiende que una nueva guerra lo enfrentaría no solo a Israel, sino también a una realidad libanesa incapaz de soportar más destrucción, y quizás incluso a su propia base de apoyo.

Por el contrario, esta contención no puede ignorarse, ya que conlleva un precio político y moral. La continuación de los ataques israelíes sin una respuesta clara plantea serias preguntas sobre el concepto de disuasión y debilita la narrativa del “equilibrio del terror”. También profundiza la sensación del pueblo libanés de que su país es vulnerable, de que las decisiones militares están separadas del estado y de que no están sujetas a ninguna rendición de cuentas nacional.

En cuanto a hablar de paz, eso también requiere un examen cuidadoso. Lo que Líbano está experimentando no es una paz resultante de un acuerdo o pacto, sino una paz por necesidad. Es una tregua impuesta por equilibrios de poder regionales e internacionales, no por la voluntad soberana del pueblo libanés. Este tipo de paz es inherentemente frágil porque está ligada a los cálculos de otros, no a los intereses o la estabilidad del estado libanés.

Aquí radica el dilema fundamental: Líbano no es una parte decisiva en la guerra o la paz. Es una arena donde se libran los conflictos, no un estado que se sienta en la mesa de toma de decisiones. Carece de la capacidad de imponer sus condiciones, o de protegerse políticamente, y mucho menos militarmente. Esta ausencia es el verdadero peligro, y es lo que hace que la cuestión de la guerra o la paz sea incompleta a menos que esté vinculada a la reconstrucción del estado y su papel.

Después de las vacaciones, lo más probable es que no seamos testigos de una guerra a gran escala, ni experimentemos una paz estable. Permaneceremos en la misma zona gris: no se gana ninguna guerra y no se establece ninguna paz. Israel prueba y ejerce presión, Hezbolá "se contiene y espera", y Líbano paga el precio de la espera.

La cuestión no es si Hezbolá puede tomar represalias o no, ni si Israel escalará hoy o mañana. La pregunta más profunda es: ¿cuánto tiempo seguirá la decisión de la guerra y la paz estando fuera del ámbito del estado libanés?

Sin un estado capaz, Líbano seguirá suspendido entre una guerra pospuesta y una paz frágil, rehén de equilibrios que no puede controlar, y una sociedad que simplemente espera "que no ocurra lo peor", en lugar de aspirar a un futuro seguro y estable.

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