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Análisis

Japón-Líbano: entre la paradoja de la reconstrucción tras la derrota y la trampa del colapso permanente

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Por Mona Fayad
Publicado ago 29, 2026 - 13:38

Me conmovió profundamente ver la serie Antarctica en Netflix y no pude evitar preguntarme si en Líbano podríamos lograr algo parecido a lo ocurrido en Japón en 1950, o si nuestra situación es sencillamente desesperada.

La serie gira en torno al modelo que representó la expedición japonesa a la Antártida en la década de 1950 y muestra cómo un proyecto científico y técnico puede convertirse en una palanca para reconstruir el sentimiento nacional en un contexto posterior a la ocupación, marcado por la derrota.

Al salir de la Segunda Guerra Mundial, Japón no se limitó a reconstruir su infraestructura material. También buscó reconstruir su relato colectivo y su imagen en el mundo, trasladando el fundamento de su legitimidad del ámbito militar al científico y civil. La expedición desempeñó un papel simbólico en esa transformación, al ser presentada como prueba de la capacidad de la nación japonesa para levantarse de nuevo y reincorporarse a la comunidad internacional por medios pacíficos.

Lo llamativo de esta experiencia es que el lanzamiento de la expedición no fue simplemente una decisión administrativa o científica. Fue, ante todo, un acto profundamente político y simbólico, enmarcado en un discurso público que vinculaba el progreso científico con la recuperación de la dignidad nacional. Las instituciones educativas y los medios de comunicación desempeñaron un papel central en ese proceso mediante campañas de movilización emocional y pedagógica que simplificaban el proyecto y lo presentaban como una aventura humana colectiva, capaz de involucrar a distintos sectores de la sociedad y de reunir los fondos necesarios para la expedición en un momento en que los recursos del Estado eran limitados.

Es precisamente aquí donde se hace evidente el notable papel que desempeñó la movilización de los niños. Elementos del entorno polar, como los pingüinos y los perros de trineo, los huskies, se convirtieron en vehículos emocionales y pedagógicos que integraban el proyecto al imaginario cotidiano y creaban un vínculo afectivo entre las personas y la expedición. Este uso simbólico de los animales estuvo lejos de ser un detalle anecdótico. Fue, por el contrario, una manera eficaz de transformar un proyecto complejo en una historia comprensible y con la que las personas podían identificarse, sobre todo las generaciones más jóvenes.

En ese sentido, las donaciones populares no fueron solamente una fuente de financiamiento. También se convirtieron en un medio para fomentar el sentido de pertenencia, pues el acto de donar reforzaba la sensación de participar en un logro nacional compartido.

Esto nos remite a lo que Benedict Anderson llama “comunidades imaginadas”, en las que la nación se configura a través de relatos compartidos que dan a los individuos la sensación de pertenecer a una entidad que trasciende sus experiencias personales. También se inscribe en lo que Eric Hobsbawm describió como “la invención de la tradición”, mediante la construcción de rituales y prácticas que contribuyen a legitimar una nueva forma de patriotismo.

Según Axel Honneth, el Estado-nación no se construye únicamente mediante leyes y constituciones que, en Líbano, pierden su función y eficacia a causa de la corrupción. También se construye a través de lo que él llama una “vida ética compartida”. Esta solo puede materializarse cuando los ciudadanos comparten “prácticas, tradiciones vivas y proyectos comunes” que fomentan un sentimiento de solidaridad y reconocimiento mutuo, haciéndoles comprender que su libertad individual está ligada a la de los demás y al éxito de toda la comunidad. Esto es precisamente lo que falta hoy en Líbano, ante la ausencia de un proyecto compartido capaz de reformular la identidad nacional más allá de las divisiones sectarias y la corrupción.

El éxito del experimento japonés, sin embargo, no fue únicamente producto de la retórica. Se fundamentó en condiciones estructurales muy específicas.

La primera fue la existencia de un Estado cohesionado y capaz, pese a la derrota, de planificar, ejecutar sus políticas y administrar sus recursos. La segunda fue la presencia de élites políticas y administrativas conscientes de la necesidad de pasar de un nacionalismo de carácter militar a una forma de legitimidad civil y científica, y dispuestas a consolidar esa transformación mediante proyectos concretos. La tercera condición, y quizá la más importante, fue el nivel de confianza pública en las instituciones, que permitía a los ciudadanos creer que sus contribuciones, materiales o simbólicas, serían realmente utilizadas en beneficio del interés general.

Sin esa confianza, cualquier intento de movilización popular pierde sentido y se reduce a una mera formalidad.

Cuando pensé en lanzar una campaña comparable en el Líbano para recaudar donaciones con el fin de ayudar a los habitantes del sur, contribuir a la reconstrucción e impedir que el tándem chiita aproveche esta oportunidad, se me impuso una realidad radicalmente distinta de la de Japón.

La realidad libanesa actual se presenta, en términos estructurales, como lo opuesto a la experiencia japonesa. En lugar de constituir un marco unificador, el Estado se transforma en un escenario donde chocan fuerzas confesionales y redes clientelistas, lo que compromete cualquier capacidad de lanzar un proyecto nacional común. El colapso de la confianza entre ciudadanos e instituciones también condena de antemano cualquier posibilidad de movilización financiera popular, y se percibe que los recursos públicos están expuestos al saqueo o a su uso en beneficio de intereses particulares.

A esto se suma la coexistencia de narrativas contradictorias sobre el significado mismo de la entidad libanesa, entre la lógica de la “resistencia” y la de la “soberanía”, así como entre alianzas regionales e internacionales divergentes. Esta situación impide el surgimiento de una “narrativa común” como base para la movilización colectiva.

En este contexto, los mecanismos de reconstrucción y ayuda se convierten en instrumentos para reproducir redes de lealtad política. Así lo demuestra el dominio que ejercen sobre la distribución de recursos las instituciones clientelistas, que refuerzan la dependencia en lugar de contribuir a la construcción de una ciudadanía igualitaria.

El objetivo de esta comparación, por lo tanto, no es reproducir el modelo japonés. Más bien, permite mostrar lo que falta en el caso libanés: un marco simbólico e institucional capaz de transformar un acto económico en un acto de pertenencia.

El problema no reside únicamente en la escasez de recursos, sino también en la incapacidad de crear un propósito colectivo suficientemente fuerte como para llevar a los individuos a contribuir voluntariamente a un proyecto que trascienda sus divisiones.

Por consiguiente, cualquier iniciativa destinada a financiar la reconstrucción en Líbano tendrá un alcance limitado mientras no vaya acompañada de la reconstrucción de la confianza, de la formulación de un relato nacional común y del establecimiento de mecanismos transparentes capaces de romper el vínculo entre la asignación de recursos y las prácticas clientelares.

En pocas palabras: liberar al Estado de sus ocupantes.

Sin ello, el contraste entre ambas experiencias seguirá siendo la expresión de profundas diferencias en la estructura del Estado, la naturaleza de sus élites y las condiciones en las que puede surgir un propósito nacional compartido.

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