


Este lunes 13 de julio, la atención regional está centrada en Yemen, donde la frágil tregua de abril de 2022 atraviesa una grave crisis debido a una maniobra iraní que reactivó el frente yemení. Esta demostración de fuerza militar debe entenderse en el contexto de la continua escalada del conflicto entre Teherán y Washington, después de que Estados Unidos restableció el bloqueo que había impuesto a los puertos iraníes.

En los hechos, el gobierno yemení lanzó ataques contra las pistas del aeropuerto internacional de Saná, controlado por los hutíes, para impedir el aterrizaje de un avión iraní que transportaba a una delegación de este grupo chiita respaldado por Irán. La delegación regresaba de Teherán, donde había participado en los funerales del líder supremo Alí Jamenei. A pesar de las reiteradas advertencias de las autoridades yemeníes, que les habían pedido regresar a bordo de un avión de la aerolínea nacional Yemenia, la delegación insistió en volver a Yemen en el aparato iraní, pese a que el espacio aéreo del país permanece cerrado para la aviación iraní. El avión continuó su vuelo ignorando las protestas del gobierno, aunque finalmente habría aterrizado en Hodeida, ciudad costera del mar Rojo controlada por los hutíes en el oeste de Yemen.
La tensión aumentó rápidamente. El Ministerio de Defensa de Yemen justificó los ataques por la insistencia de los hutíes en regresar en un avión iraní. Según Saná, ese vuelo no solo constituye una violación del espacio aéreo yemení, sino que además representa “una nueva injerencia de la República Islámica”.
Los hutíes amenazaron de inmediato con responder, tras denunciar explícitamente “ataques sauditas”, lo que reavivó el temor a una reanudación de las hostilidades con Riad por primera vez desde la tregua de 2022, alcanzada bajo los auspicios de la ONU.
Los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb
En el contexto de una tensión regional que no ha dejado de aumentar en las últimas semanas, el incidente de Saná solo puede interpretarse como un nuevo episodio del pulso que mantienen Teherán y Washington, principalmente en torno al estrecho de Ormuz.
El hecho ocurrió después de una nueva noche marcada por intensos bombardeos estadounidenses contra objetivos militares y logísticos iraníes y por contraataques iraníes dirigidos contra instalaciones estadounidenses en Kuwait, Jordania, Baréin, Catar e incluso Omán, hasta ahora evitado por Teherán, que buscaba alcanzar un acuerdo de cooperación con el sultanato para la gestión del estrecho de Ormuz.
Como director de una red de grupos aliados, cada uno más desestabilizador que el anterior, Teherán parece haber decidido esta vez poner en escena a los hutíes. De ese modo, permite a su principal aliado regional, Hezbolá, decapitado y debilitado por Israel durante las dos desastrosas guerras de apoyo primero a Hamás y luego al régimen de los mulás, tomar un respiro. Al mismo tiempo, evita la entrada en escena de otro actor regional, Israel, cuyo territorio sigue al margen de los ataques iraníes a pesar de albergar bases estadounidenses. Una reactivación del frente libanés podría haber dado a Tel Aviv el pretexto que busca para reanudar sus ataques contra Irán.
Sea como fuere, la gran incógnita es saber si el episodio de Saná constituye simplemente una advertencia dirigida a Washington, con quien Teherán mantiene una confrontación abierta, o si anuncia una nueva fase de ese enfrentamiento. Su verdadera gravedad dependerá de lo que ocurra a continuación.
Las implicaciones geoestratégicas de una participación de los hutíes en el conflicto son numerosas. La principal está relacionada con el estrecho de Bab el Mandeb. Al controlar el puerto de Hodeida, ubicado en ese corredor estratégico, los hutíes tienen la capacidad de bloquear el acceso al mar Rojo y al canal de Suez, perturbando significativamente el comercio internacional.
Al anunciar nuevamente el lunes el cierre del estrecho de Ormuz, Teherán desplazó el conflicto hacia otra zona geográfica igualmente estratégica, con el riesgo de comprometer seriamente el comercio mundial. Mediante esta maniobra, busca demostrar a Estados Unidos que todavía conserva varias cartas que no dudará en utilizar para obtener concesiones en el marco de las negociaciones con Washington.
Esas negociaciones siguen sin romperse. Permanecen únicamente suspendidas. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Esmail Baghaei, confirmó el lunes que continúan las gestiones diplomáticas con Catar, Pakistán y Omán para “evitar una escalada de las tensiones”. Según explicó, Teherán mantuvo contactos “durante los últimos días” con Catar y Omán, pese a que ambos fueron blancos de ataques iraníes, así como con Pakistán. Sin embargo, los acontecimientos registrados entre la noche del domingo y el lunes, y durante toda la jornada del lunes, demuestran que esos esfuerzos estuvieron lejos de dar resultados. ¿Hasta el punto de provocar una ruptura? Solo la evolución de los acontecimientos permitirá saberlo.
Baghaei también advirtió que Teherán dejará de considerarse vinculado al memorando de entendimiento firmado en junio con Estados Unidos si Washington no cumple sus compromisos. Era una manera de responder a Donald Trump, quien la semana pasada dio por terminado el alto el fuego.
Ataques hutíes contra el sur de Arabia Saudita
Aunque el intercambio de amenazas es habitual en negociaciones tan delicadas, que comprometen el destino de toda la región, los acontecimientos sobre el terreno adquieren una dimensión mucho más importante, e incluso peligrosa.
Los hutíes no tardaron en cumplir sus amenazas directas contra Arabia Saudita, a la que acusan de haber atacado el aeropuerto de Saná. Al comienzo de la noche lanzaron misiles balísticos contra el aeropuerto de Abha, en el suroeste del reino, cerca de la frontera con Yemen. Según los medios del grupo proiraní, al menos seis misiles fueron dirigidos contra las instalaciones. El Ministerio de Defensa saudita confirmó el ataque y aseguró que los proyectiles fueron interceptados.
Estos bombardeos responden a la misma lógica que los ataques iraníes contra los países del Golfo, ejecutados como represalia por las operaciones estadounidenses. A través de su aliado yemení, Teherán intentaría involucrar a Riad en un conflicto del que se había mantenido al margen desde el principio. El objetivo es el mismo que perseguían los ataques contra los países del Golfo: empujar a las monarquías árabes a replantearse su alianza con Estados Unidos. Un propósito que la República Islámica nunca ocultó, pero que tampoco ha conseguido materializar.
Washington, por su parte, sigue una estrategia ampliamente inspirada en el juego iraní. A las provocaciones de Teherán responde con contraprovocaciones. El presidente estadounidense Donald Trump anunció sin rodeos en Truth Social el restablecimiento del bloqueo naval que había contribuido a asfixiar la economía del régimen de los mulás, así como un control estadounidense del estrecho de Ormuz. Del mismo modo que Teherán pretende imponer tarifas por el uso del paso marítimo, Trump afirmó que desea cobrar “una remuneración equivalente al 20 % del valor de las cargas” que transiten por esa vía marítima, pese a que esta está regulada por el derecho internacional, que garantiza la libertad de navegación.
Irán respondió asegurando que “bajo ninguna circunstancia” permitirá que Washington interfiera en la administración del estrecho, al que pretende someter bajo su control exclusivo.
El presidente Trump también anunció que el jueves por la noche dirigirá un mensaje a la nación.
Según The New York Times, ya habría notificado al Congreso la reanudación de las hostilidades con Irán. En la comunicación enviada al Legislativo explicó que las fuerzas estadounidenses llevaron a cabo operaciones militares defensivas el 7 de julio, siempre según el diario neoyorquino.
Con bloqueo o sin él, Teherán sigue aferrándose a su influencia regional a través de sus aliados. Según diversos analistas, los hutíes disponen de numerosos recursos para alterar el equilibrio regional, lo que explicaría la contundente respuesta de Saná. Al atacar ellas mismas el aeropuerto de la ciudad para impedir el aterrizaje del avión iraní, las autoridades yemeníes enviaron un mensaje político directo a Teherán: no se le permitirá utilizar instalaciones yemeníes en el contexto actual.
El episodio del avión iraní transmite además otro mensaje, rápidamente percibido por Washington y que podría estar detrás de la decisión de Donald Trump de restablecer el bloqueo marítimo. Teherán quiso demostrar que conserva capacidad de movimiento e iniciativa pese a los continuos bombardeos y que sus aliados siguen teniendo la posibilidad de frustrar los planes de sus adversarios.
El vuelo iraní demuestra que la República Islámica mantiene la posibilidad de disponer, en caso de bloqueo, de un corredor aéreo hacia sus aliados hutíes en Yemen. Ese corredor le permitiría transportar material y personal, incluidos miembros de la Guardia Revolucionaria, si decidiera bloquear Bab el Mandeb y reactivar el frente yemení. Sin embargo, todavía es prematuro hablar de una verdadera reactivación de ese frente.
Presiones occidentales
En el frente diplomático, la presión occidental sobre Irán continúa intensificándose. Londres anunció la prohibición de los Guardianes de la Revolución en su territorio, mientras que el ministro francés de Relaciones Exteriores, Jean-Noël Barrot, descartó cualquier levantamiento de las sanciones europeas mientras Teherán continúe con su programa nuclear, el desarrollo de su capacidad balística y sus acciones de desestabilización en la región.