


En un momento en que las redes sociales redescubren la modestia y la integridad de Fouad Chéhab, un recuerdo personal revivifica la memoria de un presidente que quiso sustituir el Estado por las feudalidades y a quien el Líbano no reconoció plenamente sino después de su desaparición.
Desde hace algunos días, las fotografías del presidente Fouad Chéhab se multiplican en las redes sociales. Numerosos internautas celebran hoy su modestia, su honestidad y su sentido del Estado.
Una de estas imágenes lo muestra asistiendo a una misa a principios de la década de 1960, celebrada en honor a la Virgen María, en la explanada del Santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa, con vistas a la bahía de Jounieh. Esta fotografía evoca un recuerdo personal particularmente conmovedor para mí.
En aquella época, yo era adolescente y alumno interno en el Colegio de los Apóstoles, en Jounieh. Formaba parte del coro del establecimiento, dirigido por nuestro profesor de francés, el señor Labaki, quien acompañaba la celebración religiosa. El presidente Fouad Chéhab se encontraba a tan solo unos metros de nosotros.
Aún recuerdo el orgullo que sentía al estar tan cerca del presidente de la República libanesa. Sobre todo conservo la imagen de un hombre cuya presencia transmitía de manera natural dignidad, sencillez y una profunda humildad.
Aún recuerdo el orgullo que sentí al estar tan cerca del presidente de la República Libanesa. Pero, sobre todo, recuerdo a un hombre cuya presencia irradiaba dignidad, sencillez y profunda humildad.
Sin embargo, en vida, no fue ni suficientemente comprendido ni valorado como merecía. Como tantos grandes hombres en nuestro país, fue necesario esperar a su desaparición para que muchos reconocieran por fin la importancia de su obra.
Elegido para la presidencia de la República tras la crisis de 1958, emprendió la tarea de transformar un Líbano dominado por los intereses particulares, el clientelismo y las feudalidades políticas en un verdadero Estado sustentado en instituciones modernas.
Bajo su liderazgo, la administración pública se desarrolló, la autoridad del Estado se fortaleció y la población vivió en un clima de seguridad y estabilidad cuyo valor apreciamos mejor hoy. Las fuerzas armadas y los servicios de seguridad, dirigidos con rigor, inspiraban respeto y autoridad.
Ciertas prácticas de aquella época, en particular las atribuidas al Segundo Bureau, suscitaron críticas y controversias. Pero estas no pueden borrar la magnitud del trabajo institucional realizado. Fouad Chéhab pretendía hacer prevalecer la autoridad del Estado sobre la de los clanes y las clientelas. Su ambición no era ejercer el poder por sí mismo, sino construir una administración capaz de servir al conjunto de los ciudadanos.
Jounieh, donde se encontraba mi internado, se parecía entonces a un tranquilo pueblo grande. Era una pequeña ciudad costera donde antiguas familias vivían en casas dispersas a lo largo del litoral. La inauguración del cine Phoenicia en 1963, seguida de la del cine Présidence en Kaslik, fue significativa para la región. Estos nuevos espacios de encuentro y cultura acompañaron el auge iniciado unos años antes por el Casino du Liban.
El paisaje era muy diferente al que conocemos hoy. Las montañas que rodean Jounieh, hasta las alturas de Harissa, eran verdes y aún en gran medida preservadas de la urbanización.
Durante su mandato, Fouad Chéhab insufló una nueva vitalidad a Jounieh y contribuyó profundamente a la modernización del Kesrouan. La red de carreteras se desarrolló, las infraestructuras se reforzaron y la región se integró al amplio movimiento de modernización del país. Su labor sigue siendo, a mi parecer, inestimable.
Al acercarse el final de su mandato, numerosos diputados buscaron la manera de permitir que continuara en la presidencia. Fouad Chehab rechazó esa posibilidad y abandonó el poder al término de su mandato.
Sin embargo, gran parte de la población de Kesrouan le mostró una ingratitud casi inconcebible: en las elecciones parlamentarias, ninguno de los candidatos de la lista que apoyó en la región resultó elegido.
¡Qué triste paradoja! El hombre que tanto había contribuido a Kesrouan no recibió en vida el reconocimiento que merecía.
Esta ingratitud revela, lamentablemente, una constante de nuestra vida nacional: combatimos a los verdaderos estadistas mientras aún están entre nosotros, y luego los celebramos cuando ya no pueden escucharnos ni servir a su país.
Los adversarios de ayer a veces se convierten en sus admiradores póstumos. Quienes habían obstaculizado su labor reclaman después su legado. Convertimos en símbolos a los hombres a quienes nos habíamos negado a escuchar cuando todavía podían actuar.
En el Líbano, el reconocimiento de los grandes hombres parece llegar solo tras su desaparición, cuando sus adversarios ya no los temen y su obra puede celebrarse sin incomodar a los intereses establecidos.
Fouad Chehab no necesitaba ni un culto a la personalidad ni palabras grandilocuentes. Su honestidad, su humildad, su sentido del deber y las instituciones que contribuyó a edificar hablan por él. Sigue siendo el símbolo de una República digna, organizada y verdaderamente al servicio de sus ciudadanos.
Una nación que olvida su historia, ignora a sus constructores y se niega a aprender del pasado se condena a repetir los mismos errores. Es, por tanto, hora de cumplir con un verdadero deber de memoria: no para idealizar una época ni negar sus controversias, sino para hacer justicia a quienes intentaron sinceramente construir un Estado y anteponer el interés nacional a las ambiciones personales.
La memoria de Fouad Chehab no debe limitarse a homenajes tardíos ni a unas pocas publicaciones fugaces en las redes sociales. Debe llevarnos a reflexionar sobre el Líbano que hemos perdido y, sobre todo, sobre el que queremos reconstruir.
Honrar verdaderamente a Fouad Chehab no consiste simplemente en celebrar su recuerdo tras su desaparición. Requiere redescubrir su integridad, su humildad, su sentido del deber hacia el Estado y su exigente visión del servicio público. Solo bajo esa condición podrá la memoria convertirse en una fuerza al servicio de la reconstrucción de la República y de la salvaguarda de la nación libanesa.