

“La caridad empieza por casa” es un dicho apropiado para describir las deficiencias del Gran Líbano, tal como lo expresa Georges Naccache con su incisiva y perspicaz afirmación: “Dos negaciones no hacen una nación”. Esta afirmación revela las trágicas carencias de la primera generación de libaneses frente a un Gran Líbano que lucha por afirmarse.
De origen agustiniano, “la caridad empieza por casa” simplemente significa que uno debe asegurarse de que sus propias necesidades y obligaciones estén cubiertas antes de buscar ayudar a los demás.
Este concepto a veces se utiliza indebidamente para justificar el comportamiento individualista, la falta de generosidad o la priorización de los intereses personales sobre la causa colectiva. De hecho, proviene de la teología de San Agustín (siglo IV) y deriva de la noción de ordo caritatis (el orden de la caridad). Según San Agustín, la caridad (el amor divino) debe seguir una jerarquía lógica: primero hay que amar a Dios, luego amarse a uno mismo de forma sana u “ordenada” (para la salvación del alma), antes de poder amar al prójimo. Inspirada por Agustín, la fórmula latina caritas bene ordinata incipit a se ipso (la caridad empieza por uno mismo) fue adoptada posteriormente de forma muy pragmática por los juristas medievales. Los comentaristas utilizaron esta máxima para resolver, en particular, disputas vecinales relacionadas con el agua.
El ejemplo clásico era el siguiente: un terrateniente con una fuente de agua en su propiedad no estaba obligado a regar los campos de sus vecinos si al hacerlo corría el riesgo de secar sus propias tierras. La ley justificaba así la prioridad del propio interés vital.
A lo largo de los siglos, la máxima trascendió los tribunales y los tratados teológicos para incorporarse al lenguaje común. A partir del siglo XVI, se convirtió en un proverbio popular que recordaba a la gente que es natural anteponer la propia seguridad material y moral a la de los demás.
La tragedia libanesa
Este principio se aplica perfectamente a la historia del Líbano. A primera vista, podría pensarse que este proverbio resume la tragedia de un sistema donde cada comunidad en Líbano ha priorizado históricamente su propia supervivencia y seguridad por encima de la del Estado central.
Pero es posible otra perspectiva, y es a través de ella que emerge la verdadera “tragedia” libanesa. Muestra cómo, al anteponer otras causas a la del Gran Líbano, tal como lo concibieron sus fundadores —como Palestina, la unidad árabe, la Gran Siria o el panislamismo—, el país se ha desviado de la “caridad bien ordenada”, que habría consistido en amar “primero” el crecimiento ordenado de su propio Estado-nación.
Este análisis capta, en efecto, el punto de inflexión en la historia moderna de Líbano. Destaca la segunda faceta del proverbio: el hecho de que el extremo opuesto —abrazar causas universales o regionales antes de consolidar sus propios cimientos— condujo al país a la ruina.
Al convertir a Líbano en el escenario de los conflictos de Oriente Medio mencionados anteriormente, gran parte de la clase política y de la población se vio privada de un sano desarrollo interno.
Esta transgresión del principio de que la caridad empieza por casa se resume acertadamente en el concepto del síndrome del "altruismo sacrificial". Tanto en teología como en lógica, no se puede dar lo que no se posee. Líbano, un Estado joven y frágil, nacido de la guerra franco-prusiana de 1920 y 1943, aún no había consolidado sus instituciones ni forjado una identidad nacional unificada. Por lo tanto, al invertir fuertemente en causas transnacionales desde las décadas de 1950 y 1960 (el nasserismo y, posteriormente, el apoyo armado a la causa palestina mediante los Acuerdos de El Cairo de 1969), Líbano actuó como una entidad débil que intentaba lo imposible: cargar con el peso de los demás. Esta decisión hizo añicos el frágil compromiso del Pacto Nacional y desencadenó la guerra civil en 1975.
La dilución de la identidad nacional
Para que existiera una “caridad bien organizada”, primero debía existir una identidad claramente definida y aceptada, algo que las élites libanesas no lograron ni siquiera desearon. Al preferir el ideal de la Gran Siria (defendida por el Partido Social Nacionalista Sirio) o la unidad árabe, un sector de la población libanesa continuó viendo al Líbano como una entidad artificial o una simple provincia que debía ser absorbida por un todo mayor. Por el contrario, al favorecer agendas teocráticas o ejes regionales (como el eje proiraní), otras facciones trasladaron el centro de la toma de decisiones más allá de las fronteras y alienaron a sus propios compatriotas.
Como resultado, el Líbano nunca ha podido asumir su condición de Estado-nación soberano. El patriotismo libanés ha sido percibido durante mucho tiempo por sus detractores como una forma de traición a las "grandes causas", e incluso sus partidarios han sido tildados de "aislacionistas".
Un crecimiento ordenado habría requerido dar prioridad absoluta al desarrollo de la infraestructura libanesa, a una educación cívica unificada, a la seguridad fronteriza y al fortalecimiento de la economía local. Al importar guerras de otros países a su territorio, Líbano ha dilapidado su riqueza, provocado el éxodo de sus élites y destruido su tejido social. El país se ha convertido en un campo de batalla para potencias regionales que llevan décadas librando guerras indirectas, confirmando que si uno no se ocupa primero de su propio territorio, los vecinos vienen a saquearlo o a dominarlo.
Esta es la paradoja libanesa: la historia del país oscila constantemente entre el egoísmo sectario interno (el repliegue en la propia comunidad religiosa a expensas del Estado) y el altruismo ideológico externo (la preferencia por causas regionales a expensas de la nación). En ambos casos, el proyecto de un Estado libanés moderno, fuerte y próspero se ha sacrificado.