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Análisis

Entre el cero y el uno

Lo que queda de lo humano en el universo de Hady Sy

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Por Mona Fayad
Publicado jul 20, 2026 - 16:07

En el texto del catálogo de la exposición de Hady Sy, su proyecto se presenta como la búsqueda de “un camino de convivencia” entre la inteligencia orgánica y la inteligencia tecnológica, entre la memoria y el cálculo, entre la mano y el algoritmo. Estos mundos no aparecen enfrentados, sino abiertos a la posibilidad de un encuentro sustentado en un principio ético, donde la tecnología esté al servicio del ser humano y preserve su dignidad. Sin embargo, las propias obras, tal como se despliegan en la sala de exposición, parecen mucho menos confiadas en la solidez de ese equilibrio. No niegan la posibilidad de la convivencia, pero al mismo tiempo revelan su fragilidad.

Hady Sy parte del lenguaje de los datos digitales, del código binario, del cero y el uno, para construir sus esculturas. Ya no se trata de una metáfora teórica, sino de una experiencia sensible, casi perturbadora: cuerpos que caminan, cargan, se fatigan, pero que están escritos en un lenguaje digital. Es aquí donde la afirmación del catálogo, “el ser humano no puede reducirse a un dato”, se enfrenta a su propia contradicción en la obra misma. Porque esos cuerpos son, en efecto, digitales. Y, sin embargo, conservan todavía algo que se resiste a esa reducción: la memoria, la dignidad o, quizá simplemente, la obstinación de permanecer de pie.

En este sentido, la obra de Hady Sy no propone una tesis cerrada. Más bien abre un espacio de tensión entre lo que debería ser, una tecnología al servicio del ser humano, y lo que ya es, un mundo donde las personas son reducidas cada vez más a datos. Precisamente de esa tensión nace la fuerza de estas obras. No de ofrecer respuestas definitivas, sino de mantener abierta la pregunta.

Si el texto del catálogo dibuja el horizonte de una posible convivencia, las propias obras se despliegan como una serie de estaciones que, a primera vista, parecen distantes entre sí, pero que poco a poco revelan ser los capítulos de un mismo relato: el de la condición humana en la era de la reducción.

Ese relato comienza en el origen, con la semilla, con la “sopa primordial”, evocada como metáfora del surgimiento de la vida, no como un instante de pureza, sino como el punto de partida de un largo proceso de transformaciones. La naturaleza no aparece aquí como un telón de fondo silencioso, sino como una inteligencia anterior al propio ser humano, una inteligencia encarnada en el crecimiento de los árboles, en el fluir del agua y en ese orden invisible que gobierna a los seres vivos. Sin embargo, ese origen también está marcado por la repetición: las mismas piedras se ensamblan de maneras distintas para dar lugar a formas de vida diferentes.

La escultura de la escalera constituye la siguiente estación. Los cuerpos ascienden hacia ninguna parte y permanecen suspendidos, sin un horizonte reconocible. No hay llegada ni regreso, solo la continuidad del tránsito. La migración ya no aparece únicamente como un hecho político, sino como una condición existencial, un destino que acompaña al ser humano contemporáneo, para quien el camino mismo se ha convertido en destino.

En el corazón de ese extravío, la tragedia alcanza su máxima intensidad en obras que remiten al hambre y a la guerra, en particular aquella que representa figuras compuestas de ceros y unos que llevan un plato mientras caminan sobre cadáveres. La primera paradoja, la que la mirada capta antes, incluso de que el pensamiento logre formularla, reside en que esos cuerpos, pese a haber sido reducidos al lenguaje digital, continúan con la cabeza en alto. Sin embargo, la escena pronto se invierte cuando esas mismas formas adoptan la apariencia de soldados, quizá de pie sobre los mismos cadáveres que unos instantes antes parecían lamentar.

La forma no cambia, pero su significado se invierte: de víctima a verdugo. Es como si la violencia no necesitara inventar nuevas formas, sino únicamente reutilizar las mismas asignándoles un código distinto. Ya no se trata simplemente de una inversión de sentido, sino de la revelación de un mecanismo más profundo de dominación, en el que las mismas formas pueden reaparecer en contextos contradictorios sin perder jamás su apariencia original. En este sentido, la obra evoca el universo de George Orwell, donde el poder no se impone mediante la ruptura, sino a través de la inversión del significado desde el interior mismo del lenguaje, y también el de Haruki Murakami, donde la violencia se desliza bajo formas familiares, casi cotidianas, hasta el punto de resultar difícil reconocerla a primera vista. Sin embargo, Hady Sy no recurre ni al lenguaje ni al relato. Convierte la propia forma en el lugar donde se tensan significados opuestos, revelando que lo que vemos no siempre coincide con lo que realmente es.

Esta lógica de la repetición encuentra eco en otras obras, como Cactus, donde la memoria de los pueblos indígenas de América no aparece como un episodio histórico cerrado, sino como un modelo que se reproduce. El mundo, sugieren estas obras, no deja de producir nuevos “otros”, empujados hacia los márgenes o condenados a desaparecer. Así convergen distintos tiempos: el pasado colonial, el presente convulso y un futuro abierto a la repetición de destinos semejantes.

En esa misma trayectoria aparece Sísifo, no como una figura mitológica aislada, sino como la imagen condensada de una condición humana universal. La roca nunca deja de cargarse y el esfuerzo vuelve a comenzar, no como un castigo individual, sino como una condición inherente a la existencia misma. Y, sin embargo, este mundo aún deja pasar pequeñas grietas por las que se filtra otro sentido: una rosa, un beso o la huella del amor. Gestos que, por frágiles que sean, siguen resistiendo la lógica de la brutalidad.

Los temas terminan revelándose no como asuntos independientes, sino como los hilos de una misma trama: el origen, el extravío, la violencia, la repetición y la resistencia. Una trama que sitúa al ser humano suspendido entre lo que pudo haber sido y lo que finalmente se ha convertido.

Si bien conceptualmente estas obras evocan un mundo donde los seres humanos se reducen a meros números, su verdadera fuerza reside en la manera en que se materializan. El hierro, y en particular el acero Corten, no es aquí un simple material, sino un lenguaje en sí mismo. Duro, pesado y habitualmente destinado a la construcción y a la infraestructura, es decir, a todo aquello que responde a la lógica de la funcionalidad y la solidez, es desviado de su vocación original. Hady Sy lo dobla, lo curva y le imprime formas que evocan el cuerpo humano, como si la propia rigidez se viera obligada a reconocer la fragilidad que lleva en su interior.

Esta tensión entre la dureza y la curvatura no opera únicamente en el plano de la forma. También reproduce lo que le ocurre al ser humano en tiempos de guerra: un cuerpo que aprende a doblarse, a adaptarse, a calcular, sin perder del todo la huella de su humanidad. El hierro deja entonces de ser el opuesto del cuerpo para convertirse en su prolongación deformada, en su traducción dentro de un mundo gobernado por los imperativos de la medición y del poder.

Estas esculturas no se limitan a representar nuestro mundo. Lo reconfiguran desde la experiencia sensible, permitiéndonos ver aquello que suele escapar a las palabras y tocar aquello que, por lo general, termina reducido a cifras.

Quizá por eso estas obras dejan una huella tan duradera. No ofrecen un significado destinado a consumirse, sino una experiencia que continúa desplegándose en quien la ha vivido. Una experiencia que nos obliga a replantearnos aquello que dábamos por sentado: qué significa ser humanos, pertenecer a un lugar y habitar un tiempo cuyas fronteras se han vuelto cada vez más inciertas. Y es precisamente en esa vacilación, entre lo que puede medirse y lo que puede vivirse, entre lo que puede calcularse y lo que puede sentirse, donde emerge la pregunta que ya no admite postergación: ¿cómo puede el ser humano seguir siendo humano en un mundo que se está redefiniendo en un lenguaje que ya no es del todo el suyo?

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