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Economía

Entre Europa y China, el tono está cambiando

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Por Jacques Mechelany
Publicado dic 15, 2025 - 11:00

El 7 de diciembre de 2025, Emmanuel Macron hizo algo que ningún líder europeo se había atrevido a hacer abiertamente en tres décadas de relaciones cuidadosamente gestionadas con Pekín: habló con franqueza.

Horas después de regresar de su cuarta visita oficial a China, el presidente francés declaró en una entrevista con Les Échos que la relación comercial entre Europa y China se había vuelto “insostenible”. China —advirtió— estaba “matando a sus propios clientes”. La industria europea, añadió, se enfrentaba ahora a una cuestión de “vida o muerte”.

No era el lenguaje de la diplomacia. Era el lenguaje de la alarma estratégica.

Durante treinta años, Europa envolvió su relación con China en eufemismos cuidadosamente elegidos: asociación estratégica, comercio mutuamente beneficioso, cooperación ganar-ganar. Las palabras de Macron marcaron una ruptura. Reconocieron abiertamente lo que los datos mostraban desde hacía tiempo, pero que el discurso político se había negado a admitir: Europa se ha convertido en la variable de ajuste de un sistema económico global cada vez más moldeado por la sobrecapacidad china y el proteccionismo estadounidense.

Las cifras explican la urgencia. En 2024, la Unión Europea registró un déficit comercial de 305.000 millones de euros con China, importando bienes por valor de 519.000 millones y exportando apenas 213.000 millones. El déficit supera ya el PIB de varios Estados miembros. Más importante aún, se está acelerando. De 197.000 millones de euros en 2019, se espera que se acerque a los 320.000 millones en 2025. No se trata de un desequilibrio cíclico, sino de un cambio estructural.

Esta aceleración se intensificó en 2025, cuando Estados Unidos restringió de forma drástica el acceso de los productos chinos a su mercado mediante aranceles y sanciones. Las exportaciones chinas no desaparecieron; fueron redirigidas. Europa absorbió el impacto. Cada contenedor que ya no podía ingresar de manera rentable en Estados Unidos buscó entrada en los puertos europeos. Con su mercado abierto y su autoridad política fragmentada, Europa se convirtió en el camino de menor resistencia en el enfrentamiento sino-estadounidense en curso.

Los flujos comerciales solo cuentan una parte de la historia. La inversión extranjera directa revela una asimetría más profunda. Las empresas europeas mantienen más de 230.000 millones de euros en inversiones directas en China. Las empresas chinas, en cambio, mantienen menos de un tercio de esa cifra en Europa. Sin embargo, la naturaleza de estas inversiones difiere de forma fundamental. El capital europeo amplía la capacidad productiva china y alimenta su maquinaria exportadora. El capital chino, por el contrario, se inserta directamente en los sectores estratégicos europeos, adquiriendo tecnología, marcas y acceso duradero a los mercados.

En ningún ámbito resulta más visible la vulnerabilidad europea que en el sector de las baterías para vehículos eléctricos. China controla aproximadamente el 80 % de la producción mundial de celdas de baterías y domina casi todos los cuellos de botella aguas arriba, desde el refinado del grafito hasta el procesamiento del litio y el cobalto. Este dominio no es accidental. Es el resultado de décadas de políticas industriales dirigidas por el Estado. Europa, por el contrario, confió en las fuerzas del mercado y en iniciativas fragmentadas. La quiebra de Northvolt, a pesar de un amplio apoyo público, puso de manifiesto la magnitud de la brecha de competitividad.

Ante las crecientes pruebas de sobrecapacidad subsidiada, la Comisión Europea impuso aranceles a los vehículos eléctricos chinos a finales de 2024. Sin embargo, las exenciones, las lagunas regulatorias y la rápida adaptación de los fabricantes chinos limitaron su eficacia. La producción se desplazó. El ensamblaje se trasladó a Europa. La penetración en el mercado continuó. Europa abordó un problema político sin resolver el problema estratégico.

El problema de fondo es interno. La exposición europea a China está distribuida de manera desigual, lo que genera parálisis. El modelo industrial alemán sigue dependiendo en gran medida de la demanda china. Hungría se ha posicionado como la puerta de entrada industrial de China en la Unión Europea. Francia, menos expuesta, dispone de mayor margen político para defender medidas de protección. Estas divergencias hacen extremadamente difícil articular una respuesta europea unificada.

China comprende perfectamente esta limitación. La división garantiza la inacción.

Lo que reveló la intervención de Macron no fue simplemente un conflicto comercial, sino un desequilibrio estructural de poder y de gobernanza política.

La débil construcción política de Europa —una unión de 27 naciones con una autoridad central limitada— se encuentra atrapada entre la gobernanza industrial altamente centralizada y disciplinada de China en su flanco oriental y el enfoque cada vez más unilateral y basado en la fuerza de Estados Unidos bajo Donald Trump en su flanco occidental.

China ha dedicado décadas a construir poderosas políticas industriales, invirtiendo billones de yuanes en sectores que inicialmente eran deficitarios, pero que finalmente le permitieron alcanzar una posición dominante a nivel mundial: automoción, baterías para vehículos eléctricos, paneles solares, refinado de tierras raras, componentes electrónicos y semiconductores de gama baja.

Europa, en cambio, confió en las empresas privadas para desarrollar su capacidad industrial, mientras delegaba la visión estratégica en instituciones europeas sin poderes efectivos de ejecución.

Estados Unidos se apoyó en el emprendimiento y en mercados de capital profundos para dominar sectores altamente rentables como la energía y la tecnología, quedando peligrosamente expuesto en industrias tradicionales y en sectores estratégicos como las tierras raras. Donald Trump recurre ahora a una interpretación amplia de los poderes presidenciales —aranceles, sanciones y relocalización forzada— para corregir desequilibrios que los mercados no lograron resolver por sí solos.

Europa se encuentra ahora entre la espada y la pared, con herramientas políticas limitadas para articular una respuesta coordinada. Sus opciones se reducen. La confrontación implica riesgos de represalias. La inacción conlleva un declive industrial irreversible. Lo que ya no es viable es la negación.

En última instancia, el desequilibrio comercial entre Europa y China es solo la parte visible de un iceberg mucho más grande. Revela la debilidad estratégica central de la construcción europea: una debilidad que permite a dos superpotencias dar forma a un mundo bipolar en sus propios términos, mientras el peso económico de Europa no logra traducirse en un poder político equivalente.

La pregunta ya no es si Europa comprende el desafío.

La pregunta es si Europa actuará mientras aún tenga margen para hacerlo.

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