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Un Ojo sobre el evento

En el punto de quiebre

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Por Hisham Dibsi
Publicado jun 16, 2026 - 12:10

El título es un eslogan colocado por la dirección iraní en un enorme espectacular en el corazón de la plaza Enqelab en Teherán, que muestra el estrecho de Ormuz sobre la boca de Donald Trump, presidente del Estado del "Gran Satán" que debe ser derrotado, así como debe destruirse el Estado del "Pequeño Satán" que es Israel. Sin embargo, los hechos nos revelan esta semana que un acuerdo se perfila, precisamente "en el punto de quiebre," con los dos Satanes, el Grande y el Pequeño, un acuerdo que podría firmarse el próximo viernes.

No se le ha ocurrido a la maquinaria mediática iraní que los puntos de quiebre también pueden alcanzar a sus propios dirigentes, y no solo a sus enemigos, aunque la dirección iraní crea haber logrado una victoria divina sin precedente en este punto de quiebre, ya sea en el estrecho o en el sur del Líbano.

Si las intenciones estadounidenses e iraníes resultan sinceras y el "memorándum de entendimiento" o el "acuerdo marco" estadounidense-iraní destinado a cesar las hostilidades y levantar el bloqueo sobre el estrecho cerrado llega a firmarse, nos encontraremos ante una situación en la que Teherán habrá logrado aferrar por la garganta para arrancar la victoria deseada mediante la asfixia total de las economías mundiales, mientras que Washington habrá logrado sujetar la nariz y la boca para obligar a la cabeza iraní a hundirse bajo el agua a través del bloqueo naval y la parálisis integral del tráfico portuario. Así el factor tiempo se volvió en contra de quien solo sostiene la garganta, como lo dice y lo muestra el espectacular. Mientras se aguarda la firma en el transcurso de esta semana, hay observaciones que vale la pena formular, estrechamente vinculadas a este acuerdo.

Primera observación: el memorándum de entendimiento anunciado no puede aceptarse únicamente por su valor aparente, en la medida en que los mediadores han logrado construir un forro sólido propicio al éxito del acuerdo, proporcionando soluciones no declaradas de considerable peso político, de seguridad y económico, soluciones que se alinean con la visión de los mediadores fundada en una lectura estratégica distinta a la de las dos partes en conflicto. Esto merece reconocerse como un mérito de los actores de la mediación, aunque contrarie a los partidarios de la línea dura y de la perpetuación de la guerra, pues el peso de los países mediadores y de los Estados que los respaldan en esta batalla ya no puede medirse únicamente por su papel actual ni por los resultados inmediatos que de ello se obtengan: ese peso se ha convertido en uno de los pilares de la ecuación geopolítica, que ya no puede soslayarse ni en el plano estratégico internacional ni en el juego de las potencias regionales del nuevo Medio Oriente. Lo que abre un espacio de competencia civilizatoria y prospectiva, en lugar de la guerra de milicias con toda la mugre, destrucción y masacre de pueblos que ha arrastrado consigo.

Segunda observación: este "memorándum de entendimiento" o "acuerdo marco" ha dejado al descubierto el agotamiento del poder iraní, que se niega a reconocer su derrota y convoca el arsenal de la ideología, su última arma para preservar la cohesión de la cabeza del régimen y del núcleo duro que lo integra, compuesto de Guardianes de la Revolución y milicias doctrinales capaces de arrestar y eliminar a quienes emitan una opinión disidente. Pues negarse a reconocer la derrota es fundamental en el plan de permanencia en el poder, plan construido a su vez sobre cierta comprensión de las políticas estadounidenses y sus contradicciones internas dentro del Estado profundo, una comprensión en la que la dirección iraní ha sabido explotar al máximo las políticas estadounidenses de contención, allí donde la administración Trump ha fallado en su lectura y asimilación de la mentalidad persa, verdadera joya de la corona del sistema del Velayat-e Faqih.

El ejemplo más crudo de este fracaso reside en la manera en que Netanyahu convenció a Trump de lanzar el ataque inicial a la hora cero, el que debía derribar al régimen, lo que le permitió a Netanyahu vanagloriarse durante mucho tiempo con el título de padrino de esta guerra cuyas peticiones Trump jamás rechazaba. Pero a medida que la guerra se desplegó en el tiempo y creció el alcance de sus repercusiones sobre las naciones del mundo, se formó una nueva ecuación que devolvió a Netanyahu a su verdadera estatura: la de un tahúr político irresponsable, indiferente incluso a la eventual caída de la propia Casa Blanca.

El espectáculo del amo y el sirviente se representa cotidianamente ante nuestros ojos: cuando Trump se molesta por los daños que le ocasiona Netanyahu, lo reprende como a un hijo ingrato, y cuando lo necesita, colma de elogios sus logros, al punto que la relación del dúo Trump-Netanyahu evoca irresistiblemente la obra satírica del gran dramaturgo Bertolt Brecht, El señor Puntila y su criado Matti, donde el amo, en sus horas de embriaguez, despliega una magnanimidad desbordante, y donde, al despertar lúcido dictado por sus intereses, recupera brutalidad y dominio.

Hubiera sido más prudente para Netanyahu, antes de proclamarse amo, releer el comentario del ministro de Defensa israelí Moshe Dayan al leer los términos del primer acuerdo con Estados Unidos tras la guerra de junio, titulado "Asociación de seguridad creciente": "Israel es un Estado pequeño que firma un acuerdo con una gran potencia; esto significa que nos hemos convertido en un Estado cliente." Y en ocasión de la firma de la primera asociación estratégica en 1981 con el primer ministro Menajem Begín, el secretario de Estado estadounidense Alexander Haig declaró que "Israel es un portaaviones estadounidense que no puede hundirse." Ironía de la realidad: el propio Netanyahu exige hoy a su gobierno que trabaje para producir sus propias municiones, a fin de que sus decisiones vuelvan a ser autónomas.

Tercera observación: el "acuerdo marco" provisional descansa en la incapacidad del régimen iraní de alcanzar una victoria clara y convincente, tras las considerables destrucciones infligidas a su aparato militar, de seguridad y económico. Solo le quedan su arsenal de misiles y sus instrumentos paramilitares, dañinos ciertamente, pero sin poder real para alterar la ecuación. Estados Unidos, por su parte, concentró la mayor parte de su poder militar con la esperanza de que el mero despliegue de las armas y la amenaza de su uso bastaran antes de recurrir a ellas, apuesta relativamente fallida que los devolvió cada vez a la participación directa en los combates; pues el excedente de poder y sus costos no son menos perjudiciales que las propias batallas.

Cuando la incapacidad profunda de producir una solución comenzó a manifestar sus efectos en el Congreso, entre los seguidores del MAGA y en las gasolineras, los juegos de manos bursátiles y accionarios ya no fueron suficientes para enmascarar un déficit cuyo precio la gente paga de su propio bolsillo.

Tras estas observaciones, mientras nos encaminamos hacia un "acuerdo preliminar," un "acuerdo de principios" cuyos entresijos permanecen opacos y cuya superficie no resuelve ninguna cuestión fundamental más allá del alto al fuego y la consagración de la negociación como único medio de resolver los conflictos, neutralizando al mismo tiempo las prácticas de extorsión paramilitar iraní y los mecanismos de dominación y hegemonía estadounidenses absolutas, ¿no estamos acaso ante una correlación de fuerzas entre la República Islámica y Estados Unidos comparable a la correlación de fuerzas que prevaleció antaño entre el Estado de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, la cual no disponía más que de la "Intifada de las Piedras" como único medio de neutralizar al ejército de ocupación y obligar al gobierno de Rabin a abandonar su política de romper huesos para negociar una retirada de Cisjordania y de la Franja de Gaza?

¿Acaso el acuerdo preliminar de principios conocido como el "Acuerdo de Oslo" no fue producido según la misma filosofía política que preside hoy la elaboración de este "acuerdo marco" provisional?

Cuando la OLP firmó su acuerdo con Israel, el "Pequeño Satán," estaba prohibido, y sus dirigentes fueron acusados de traición. Cuando la dirección iraní firma su acuerdo con Estados Unidos, el "Gran Satán," se vuelve lícito, y algunos celebrarán su victoria.

Pero puede decirse, sin mayor vacilación, que este acuerdo es el Oslo iraní.


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