

Treinta y nueve días después del inicio de la guerra, la pregunta que ahora sobrevuela Medio Oriente ya no es si este conflicto transformará a Irán.
Ya lo ha hecho.
La verdadera cuestión es si nos estamos acercando al momento en que la guerra pasará de su fase destructiva a su fase política, ese punto en el que los conflictos alcanzan históricamente su clímax y comienzan a emerger las bases del orden de posguerra.
Toda guerra sigue una trayectoria brutal pero reconocible.
Primero viene el impacto.
Luego la escalada.
Después de la devastación.
Y finalmente, cuando los costos humanos, económicos y políticos se vuelven insostenibles, comienza la búsqueda de un nuevo equilibrio.
Tras casi seis semanas de operaciones militares continuas, la guerra entre Irán, Estados Unidos, Israel y sus respectivos aliados parece entrar precisamente en esa fase.
Las señales son cada vez más difíciles de ignorar.
El costo de la guerra
El balance del conflicto es enorme.
En todo Irán, amplias partes de la infraestructura militar han sido dañadas o destruidas.
Instalaciones estratégicas, bases de misiles, centros de mando y elementos del sistema energético han sido atacados en múltiples ocasiones.
La infraestructura civil también ha sido duramente golpeada.
Redes eléctricas, nodos de transporte y complejos industriales han sufrido interrupciones en varias provincias.
El costo económico ya asciende a decenas de miles de millones de dólares, en un país cuya economía ya estaba debilitada por años de sanciones e ineficiencias estructurales.
El costo humano es aún más devastador.
Miles de personas han muerto.
Muchas más han resultado heridas.
Un gran número de civiles ha sido desplazado dentro del país a medida que las operaciones militares se intensificaban en torno a zonas estratégicas clave.
En el plano financiero, la presión es igual de severa.
La moneda iraní se ha desplomado aún más, la inflación se ha acelerado y la ya frágil estructura presupuestaria del país enfrenta tensiones extraordinarias.
Guerras de esta intensidad no pueden prolongarse indefinidamente.
Tarde o temprano, el cálculo político comienza a cambiar.
Negociaciones en la sombra
Detrás de la retórica pública de confrontación total, parecen haberse abierto canales diplomáticos más discretos.
Según Donald Trump y varias fuentes regionales, habrían tenido lugar conversaciones entre Estados Unidos e Irán.
Pero hay un elemento notable: estas discusiones no parecerían involucrar al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica.
Más bien, se estarían llevando a cabo con oficiales de alto rango del ejército regular iraní, el Artesh, con el ejército pakistaní actuando aparentemente como intermediario.
De confirmarse, se trataría de un giro estratégico de gran magnitud.
Desde hace décadas, la estructura militar iraní ha descansado en un sistema dual.
Por un lado está el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, una fuerza ideológica creada tras la revolución de 1979 para proteger la República Islámica y su doctrina revolucionaria.
Por otro lado, se encuentra el ejército nacional tradicional, cuya cultura institucional es anterior a la revolución y cuya misión histórica ha sido la defensa del Estado iraní más que la proyección de influencia ideológica.
El equilibrio entre estas dos instituciones ha definido durante mucho tiempo la arquitectura interna del régimen iraní.
La aparición de negociaciones que eluden al cuerpo de guardianes podría indicar algo mucho más profundo que una simple diplomacia de guerra.
Podría señalar que el futuro político de Irán ya se está discutiendo, aunque sea de forma discreta.
La fase del ultimátum
Las guerras suelen terminar no con un alto al fuego repentino, sino con un ultimátum.
El ultimátum cumple una función estratégica precisa.
Obliga a los actores internos a tomar partido.
Redefine el equilibrio de poder en el bando perdedor.
Y crea las condiciones necesarias para una transición política.
Las señales provenientes de los canales diplomáticos sugieren que el conflicto podría estar entrando en esta etapa.
El ultimátum no se dirige únicamente a los dirigentes iraníes.
Apunta a la estructura misma del poder en Irán.
En esencia, plantea una pregunta fundamental:
¿Quién controlará el Estado iraní una vez terminada la guerra?
¿Los Guardianes de la Revolución o el ejército nacional?
La pugna interna en Irán
Esta pugna interna existe desde hace décadas, aunque rara vez ha sido visible desde el exterior.
El Cuerpo de Guardianes ha acumulado un poder considerable en los últimos cuarenta años.
Controla amplios sectores de la economía iraní.
Domina las principales instituciones de seguridad.
Supervisa los programas de misiles del país y sus redes regionales con fuerzas aliadas.
Pero el ejército regular iraní sigue siendo una institución amplia y profesional, profundamente arraigada en el Estado y con una fuerte cohesión interna.
La guerra ha modificado inevitablemente el equilibrio entre estas fuerzas.
Cuando los Estados enfrentan crisis existenciales, las estructuras institucionales suelen transformarse con rapidez.
La historia ofrece numerosos precedentes.
Las instituciones militares a veces emergen de las crisis bélicas como las únicas capaces de restaurar el orden y la estabilidad.
La posibilidad de que surja un poder de transición liderado por los militares en Irán ya no es inconcebible.
Una posible transformación religiosa
Un cambio de este tipo también tendría profundas implicaciones ideológicas.
Desde 1979, el sistema político iraní se basa en la doctrina del Velayat-e-Faqih, la tutela del jurista islámico, establecida por el ayatolá Jomeini y centrada en el establishment religioso de Qom.
Este modelo fusiona la autoridad religiosa con el poder político.
Sin embargo, dentro de la propia teología chiita existe otra tradición.
El establishment religioso de Najaf, en Irak, ha desarrollado históricamente una doctrina distinta, que enfatiza la separación entre autoridad religiosa y gobierno político.
Durante décadas, los eruditos de Najaf han defendido un papel político más limitado para el clero.
Por tanto, un Irán de posguerra dominado por los militares podría marcar una ruptura radical del modelo clerical revolucionario de Qom, en favor de una forma de gobierno más cercana a la tradición de Najaf, donde la religión mantiene influencia, pero no gobierna directamente el Estado.
Una transformación de este tipo constituiría uno de los cambios políticos más profundos en Medio Oriente desde la revolución iraní.
El día después
Las guerras suelen parecer caóticas mientras se desarrollan.
Pero su desenlace suele revelar las fuerzas políticas profundas que se han ido acumulando bajo la superficie.
Treinta y nueve días después del inicio de esta guerra, los contornos de ese desenlace podrían empezar a delinearse.
El conflicto ha devastado la infraestructura y la economía iraní.
Canales diplomáticos parecen abrirse en segundo plano.
La fase del ultimátum ha comenzado.
Dentro de Irán, ese ultimátum y las consecuencias de no acatarlo podrían desencadenar un reequilibrio del poder entre el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y el ejército nacional.
Si estas dinámicas continúan evolucionando en esa dirección, la guerra podría no terminar simplemente con un alto al fuego.
Podría concluir con la reconfiguración del propio Estado iraní.
La caída de los regímenes rara vez es producto exclusivo de la presión externa.
Ocurre con mayor frecuencia cuando los pilares internos del poder comienzan a reacomodarse.
Si las señales actuales se confirman, Irán podría estar acercándose precisamente a un momento así.
Y cuando finalmente callen las armas, Medio Oriente podría descubrir que la verdadera transformación apenas comienza.
Un nuevo Medio Oriente en el que la destrucción del Estado de Israel sea eliminada de la Constitución iraní, donde la religión esté separada de la conducción del Estado, donde se firmen acuerdos de paz entre Irán y sus vecinos del Golfo y donde existan garantías para la libre circulación en el estrecho de Ormuz.