

Ali al-Taher no es simplemente una colina cuya historia terminó.
Puede ser el comienzo de un nuevo mapa.
Después de lo ocurrido allí, la pregunta ya no es dónde atacará Israel mañana, sino hasta dónde quiere extender el perímetro de “seguridad” que intenta imponer dentro del Líbano. ¿Se detendrá en la frontera, o avanzará desde Ali al-Taher hacia las alturas de Iqlim al-Tuffah, al-Rayhan y Jabal Safi, y quizá todavía más lejos, en dirección a la Becá?
Ésa es hoy la pregunta más peligrosa.
No porque existan pruebas de que Israel haya decidido ocupar todas esas zonas. Hasta ahora, no hay datos que permitan llegar a esa conclusión. Pero sí hay suficientes elementos para plantear la posibilidad de que Israel haya pasado de una estrategia destinada a golpear las capacidades de Hezbolá a otra más amplia: reconfigurar la geografía militar que el partido construyó a lo largo de décadas.
Por eso, lo ocurrido en Ali al-Taher debe verse como una advertencia, no como un incidente aislado.
De la frontera a la profundidad
Durante mucho tiempo, el debate libanés se concentró en la zona al sur del Litani. Pero la guerra cambió la ecuación.
Si el objetivo de Israel es impedir que Hezbolá reconstruya una capacidad militar capaz de amenazar el norte de Israel, es lógico que Tel Aviv intente alejar lo más posible de su frontera la zona de peligro.
Aquí adquieren importancia las alturas de Iqlim al-Tuffah, al-Rayhan, Jabal Safi, Soujoud, al-Jabbour, al-Qatrani y otras.
No son simplemente nombres de pueblos y montañas. Forman un conjunto de alturas que conecta el interior del sur con la Becá occidental y constituye una profundidad natural para las zonas situadas detrás de Nabatieh.
El verdadero temor después de Ali al-Taher es que ese modelo termine convirtiéndose en una regla:
Israel exige que se evacuen las instalaciones de Hezbolá y que sean entregadas al ejército libanés. La implementación se retrasa o se traba. Israel concluye entonces que el Estado es incapaz de cumplir sus compromisos. Después interviene militarmente, destruye las instalaciones e impone una nueva realidad sobre el terreno.
Si este escenario se repite, el problema pasa a ser mucho mayor que Ali al-Taher.
Se convierte en una guerra contra la geografía militar de Hezbolá dentro del Líbano.
¿Serán al-Rayhan, Safi e Iqlim al-Tuffah los siguientes?
Aquí hay que evitar afirmaciones categóricas.
Hasta ahora no existe información confiable que permita afirmar que Israel haya decidido invadir u ocupar estas zonas.
Pero sería igualmente equivocado ignorar su importancia.
Al-Rayhan, Iqlim al-Tuffah y Jabal Safi constituyen la prolongación natural de la profundidad montañosa hacia la cual podría replegarse o redistribuirse cualquier fuerza militar que se retire de las zonas más cercanas a la frontera.
Desde la perspectiva israelí, alejar la infraestructura militar unos cuantos kilómetros de la frontera tendría poco sentido si después pudiera reconstruirse en alturas situadas más al interior.
Por lo tanto, el objetivo quizá no sea ocupar esas montañas.
Puede ser neutralizarlas militarmente.
Y la diferencia entre ambas cosas es considerable.
Israel puede intentar imponer una zona más amplia libre de infraestructura militar de Hezbolá sin ocupar cada metro de terreno. Puede recurrir a ataques aéreos, inteligencia, amenazas, presión estadounidense y negociaciones para alcanzar ese objetivo.
Aquí es donde el ejército libanés pasa al centro de la batalla.
La verdadera carrera: ¿el ejército o Israel?
Después de Ali al-Taher, la pregunta ya no es sólo qué hará Hezbolá.
La pregunta es: ¿quién llega primero al terreno que el partido abandona?
¿El ejército libanés o el ejército israelí?
Ésta puede ser la ecuación más peligrosa que haya enfrentado el Líbano desde el final de la guerra.
Porque todo sitio militar abandonado por Hezbolá que no sea asumido de inmediato por el Estado se convierte en un vacío.
Y la geografía no tolera el vacío.
Si el Estado no lo llena, otros intentarán hacerlo.
Aquí también aparece la responsabilidad de Hezbolá.
Si el partido afirma que su objetivo es proteger el territorio, ¿qué le impide entregar al ejército las posiciones y las instalaciones que ya no son sostenibles desde el punto de vista militar?
Y si Israel quiere utilizar la existencia de esos sitios como pretexto para continuar sus operaciones, ¿por qué darle ese pretexto?
No se puede afirmar que se defiende el territorio mientras se impide que el Estado asuma su control.
¿Y la Becá?
La Becá representa otro nivel de escalada.
Es probable que cualquier presencia militar o logística de Hezbolá allí siga expuesta a ataques israelíes mientras continúe la confrontación. Pero pasar de ataques aéreos a un intento de imponer control territorial en la Becá supondría un cambio estratégico mucho mayor.
Sin embargo, la Becá también entra en la ecuación de otra manera.
Si Israel logra romper la continuidad militar entre el sur, Iqlim al-Tuffah, al-Rayhan y la Becá occidental, no sólo habrá golpeado posiciones aisladas. Habrá alterado la continuidad territorial y logística que conecta las distintas partes de la red militar de Hezbolá.
Y ése puede ser el objetivo a más largo plazo.
No ocupar el Líbano.
Sino dificultar la reconstrucción de la antigua infraestructura militar y después consolidar esa nueva realidad mediante un acuerdo político y de seguridad.
Aquí es precisamente donde la guerra se encuentra con la negociación.
Las elecciones israelíes también forman parte del mapa
Israel se encamina hacia elecciones, y Netanyahu necesita presentar a los votantes israelíes un resultado claro.
Ese resultado no se medirá únicamente por el número de misiles destruidos o de comandantes eliminados.
La pregunta que importa a los habitantes del norte de Israel es más sencilla: ¿Puede Hezbolá volver a la frontera?
Si la respuesta que se necesita electoralmente en Israel es “no”, resulta más fácil entender la dureza en los temas del retiro, las alturas y los sitios militares.
Por eso, el periodo previo a las elecciones puede ser más una etapa de imposición de hechos consumados que de concesiones.
Pero el día después de las elecciones podría ser diferente.
Entonces podría ser posible convertir las realidades militares en acuerdos políticos.
Y el reloj estadounidense avanza
Al mismo tiempo, se acercan las elecciones de medio término en Estados Unidos.
Washington tiene interés en impedir una nueva guerra entre el Líbano e Israel, pero también quiere evitar que Hezbolá regrese a la situación anterior.
Eso vuelve más importante, no menos, un marco de negociación libanés-israelí.
Estados Unidos puede transformar una ecuación peligrosa del tipo “Hezbolá se retira e Israel avanza” en otra distinta:
Hezbolá se retira, el ejército libanés avanza e Israel se retira.
Ésa debe ser la ecuación libanesa.
Sin vacío entre los tres pasos.
Y sin implementación unilateral.
La negociación se convierte aquí en una batalla por la soberanía
Quien rechace las negociaciones tiene que decirles a los libaneses cuál es la alternativa.
¿La guerra?
Ya se intentó.
¿Las armas?
Ya se intentaron.
¿Esperar a que cambie el equilibrio de fuerzas?
El Líbano ha esperado durante décadas.
El resultado son pueblos destruidos, habitantes desplazados, territorio ocupado y un Estado que intenta recuperar una decisión que nunca estuvo realmente en sus manos.
Negociar no es rendirse cuando el objetivo es lograr la retirada del ejército israelí.
Y no es normalización cuando los temas son el territorio, la seguridad, los prisioneros y el retiro.
Es una herramienta que el Estado utiliza para recuperar lo que la guerra le quitó.
Pero la negociación requiere una ecuación estricta:
cada retiro israelí debe corresponder a un despliegue del ejército libanés.
Cada posición evacuada por Hezbolá debe pasar de inmediato a manos del Estado.
Cada zona recuperada por el Estado debe quedar libre de cualquier arma fuera de su autoridad.
Y cada compromiso libanés debe tener como contrapartida un compromiso israelí claro y verificable.
No al desarme a cambio de una ocupación permanente.
Y no a un retiro israelí que permita reconstruir un Estado dentro del Estado.
¿Y después de la FINUL?
Aquí aparece la otra fecha límite.
Si cambia el papel de la FINUL o comienza su retirada del sur, la pregunta se vuelve todavía más urgente: ¿quién ocupará el espacio que deje?
Una vez más, la respuesta no puede ser Hezbolá ni Israel.
Debe ser el ejército libanés.
La etapa de transición puede requerir un nuevo mecanismo internacional de supervisión y verificación, vinculado a la implementación del acuerdo marco, al despliegue del ejército y al retiro israelí.
Pero la fuerza internacional, cualquiera que sea su nombre, no puede sustituir al Estado.
De Ali al-Taher al Estado
Si reunimos todos los elementos, la siguiente etapa se vuelve clara.
Ali al-Taher puso de manifiesto el problema del vacío.
Al-Rayhan, Iqlim al-Tuffah y Safi plantean la cuestión de la profundidad.
La Becá plantea la cuestión de la continuidad geográfica y militar.
La FINUL plantea la pregunta de quién protegerá la estabilidad una vez que cambie su misión.
Las elecciones israelíes determinan el calendario de la decisión israelí.
Las elecciones estadounidenses presionan el calendario de la mediación.
Y las negociaciones dentro del acuerdo marco son el espacio donde todos estos expedientes pueden converger.
Por eso, la verdadera batalla que viene no es únicamente por las armas de Hezbolá.
Es por el mapa del Líbano.
Y aquí los libaneses no deben volver a caer en la misma trampa.
El objetivo no es derrotar a los chiitas, humillar a Hezbolá ni vengarse de una comunidad que ha pagado un precio enorme con sus casas, sus pueblos y sus hijos.
El objetivo es proteger a esa comunidad, y con ella al Líbano, de otra guerra.
Todo empieza con una verdad sencilla:
el territorio que el Estado no asume puede terminar bajo el control de otro.
Ésa es la lección de Ali al-Taher.
Si Hezbolá retrocede, el ejército debe avanzar.
Si el ejército avanza, Israel debe retirarse.
Y si Israel se retira, ninguna arma fuera de la autoridad del Estado debe volver para llenar el vacío.
Ése es el acuerdo por el que el Líbano debe luchar políticamente.
Seguir discutiendo la legitimidad de unas armas que ya no son capaces de proteger la geografía, mientras la propia geografía cambia bajo nuestros pies, sería una de las formas más peligrosas de negación.
Después de Ali al-Taher, la pregunta ya no es: ¿dónde atacará Israel?
La pregunta ahora es: ¿llegará el Líbano a al-Rayhan, Iqlim al-Tuffah, Jabal Safi y la Becá con su Estado y su ejército antes de que llegue la guerra?
Porque quien pierde hoy la geografía puede tener que negociarla mañana.
Y quien la entrega hoy a su Estado impide que otros tracen mañana sus fronteras.