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Levant Time

Un Ojo sobre el evento
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Por Hisham Dibsi - Publicado oct 10, 2026 - 16:38 - Actualizado oct 10, 2026 - 16:39
"El amanecer de Yemen": un punto de inflexión con consecuencias duraderas (1)
Foto AFP
Análisis
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Por Rabih Dandachli - Publicado oct 8, 2026 - 03:14
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En el Líbano, se recurre a la moderación cada vez que el país se acerca a la explosión, pero su presencia retrocede en cuanto comienza el reparto del poder. A los moderados se les pide calmar los ánimos, limar asperezas y mantener abiertas las puertas del diálogo, mientras se deja a las fuerzas con mayor capacidad de bloqueo la tarea de fijar las condiciones del acuerdo. En este sentido, se asigna a la moderación un papel en la contención de las crisis, sin que necesariamente disponga de la capacidad para modificar las condiciones que las producen. Ahí radica su crisis fundamental. Una moderación que se limita a impedir lo peor permanece sometida a la agenda de los demás. Espera a que haya una escalada para llamar a la calma, un bloqueo para buscar una salida y una división para proponer un espacio común. Esas funciones pueden ser necesarias en momentos de peligro, pero no bastan para construir un futuro. El Líbano necesita una moderación que tenga una visión de gobierno, que sea capaz de tomar la iniciativa, afrontar los desafíos y organizarse, y que pueda explicar a la ciudadanía qué cambiará en su vida si decide otorgarle su confianza. Para que eso sea posible, es necesario liberar a la moderación de la confusión que la identifica con quedarse simplemente a mitad de camino. En los desacuerdos sobre prioridades de gasto, políticas económicas o gestión de los servicios públicos, existen varias opciones legítimas y el compromiso forma parte del funcionamiento democrático. Pero cuando se trata de la primacía del Estado, de que todos estén sometidos a la ley y del derecho de los ciudadanos a elegir a sus representantes sin intimidación, el compromiso debe referirse a las formas de aplicar esas reglas, no al principio mismo de respetarlas. Aquí, la moderación es clara en su objetivo, gradual en sus medios y responsable de las consecuencias de sus decisiones. Esta distinción es fundamental en lo relativo a las armas de Hezbolá. El monopolio estatal de la fuerza militar y de la decisión sobre la guerra y la paz constituye una condición básica para la existencia de una autoridad nacional responsable ante sus ciudadanos. Defender este principio no exige hostilidad hacia la base social del partido, ni justifica ignorar las agresiones israelíes o los temores que viven los habitantes del sur del Líbano. Por el contrario, obliga a ofrecer una respuesta seria sobre cómo protegerlos, fortalecer al ejército y garantizar las condiciones de estabilidad, regreso y reconstrucción. La firmeza en el principio debe ir acompañada de una acción política, de seguridad y social que haga posible y creíble la transición hacia el Estado. Sin embargo, la moderación pierde credibilidad si es firme frente a las armas pero tolerante frente a la apropiación de las instituciones. No es coherente pedir una sola autoridad mientras la administración se trata como un reparto de cuotas, la justicia como una herramienta de protección y el dinero público como una fuente de influencia. El Estado en el que se pide a los libaneses que confíen también debe cambiar. El discurso de juramentación del presidente Joseph Aoun vinculó el monopolio de las armas con la reforma de la administración. La tarea política consiste en convertir ese vínculo en un programa de acción, de manera que el ciudadano sienta que recuperar la autoridad del Estado significa también recuperar sus derechos dentro de él. Aquí aparece la cuestión más profunda. El ciudadano puede desear el Estado y, al mismo tiempo, seguir vinculado al líder o al partido que le resuelve una necesidad inmediata. Cuando el acceso a un tratamiento médico, un empleo o la realización de un trámite depende de una intermediación, la relación política pasa a formar parte de la gestión de la vida cotidiana. No basta con pedir a la gente que se libere del clientelismo sin ofrecerle una alternativa en la que pueda confiar. Quien puede darse el lujo de prescindir de un intermediario puede condenar fácilmente la dependencia. Quien lo necesita para ingresar a un hospital paga su independencia con su seguridad personal y familiar. Construir la moderación pasa, por lo tanto, por reducir el costo de la independencia del ciudadano. Cada servicio público ofrecido como un derecho claramente establecido, cada empleo accesible con base en la competencia y cada trámite realizado sin intervención amplían el espacio en el que los libaneses pueden elegir políticamente con libertad. En este sentido, la eficacia de las instituciones pasa a formar parte del cambio en la correlación de fuerzas. La lealtad política adquiere otro significado cuando deja de ser una condición para acceder a los derechos más elementales. Por eso también la moderación necesita un contenido económico y social definido. La palabra “reforma” no basta si no se explica quién asume las cargas, quién recibe protección y cómo se distribuyen las oportunidades. En la crisis financiera, por ejemplo, avanzar hacia un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional constituye un camino con exigencias legislativas y financieras claras. Pero un proyecto político también se mide por su posición respecto de la distribución de las pérdidas, la protección de los pequeños depositantes, la rendición de cuentas y la recuperación del financiamiento de la actividad productiva. Cualquier acuerdo que esconda estas decisiones detrás de un lenguaje técnico deja a la ciudadanía fuera de la decisión que determinará su futuro. En ocasiones, la moderación se ha asociado en la mente de muchos con la capacidad de entenderse con todos. Sin embargo, toda reforma chocará con los intereses de grupos beneficiados por el statu quo, y cualquier eliminación de privilegios, apertura de la competencia o sometimiento de los nombramientos a criterios públicos generará oposición. Por ello, el moderado debe aceptar el costo de su posición. Quien convierte la aprobación de todas las fuerzas en condición para actuar entrega a cada interés establecido la capacidad de impedirle hacerlo. Esta confrontación puede llevarse a cabo dentro de la ley, con argumentos claros y alianzas transparentes, sin movilización sectaria ni acusaciones de traición. Esto nos lleva al eslabón que suele faltar: la organización. No basta con contar con figuras respetadas, expertos que poseen soluciones o un público cansado de los conflictos. La capacidad política de una corriente moderada requiere instituciones que reúnan a esas personas en torno a prioridades comunes, distribuyan responsabilidades, elijan a sus representantes y les den seguimiento una vez que llegan al poder. También requiere una presencia constante en los municipios, los sindicatos, las universidades y los barrios, donde la confianza se construye mediante la acumulación de trabajo. Tampoco debe esa presencia reproducir las redes de lealtad bajo una nueva etiqueta. Si el moderado ofrece servicios a cambio de apoyo político, habrá adoptado el mismo mecanismo que critica. Su función consiste en ayudar a las personas a acceder a sus derechos, mostrar las razones que impiden ejercerlos y trabajar para que estén disponibles para todos. También necesita un financiamiento transparente y reglas internas de rendición de cuentas y alternancia en el liderazgo. Un proyecto que exige un Estado de instituciones debe demostrar en su propia estructura que es capaz de superar el dominio de una sola persona. También es un error suponer que existe una mayoría moderada ya constituida, a la espera de alguien que hable en su nombre. El miedo a la guerra no implica un acuerdo sobre la política de defensa, y el rechazo a la corrupción no produce automáticamente un consenso sobre la reforma económica. Esta base debe construirse mediante el diálogo sobre intereses y opciones, y poniendo a prueba la cooperación en cuestiones concretas. Puede reunir a personas que discrepan sobre muchos asuntos, pero coinciden en la primacía del Estado y en las reglas de competencia política y rendición de cuentas. Ese acuerdo les permite administrar sus diferencias sin convertirlas en amenazas mutuas. Asimismo, la moderación no puede quedar confinada a una comunidad confesional ni imponer a un solo grupo la obligación permanente de ceder. Necesita socios dentro de los distintos entornos, capaces de reconocer sus temores sin convertirlos en justificación de privilegios permanentes. Necesita un discurso que preserve el derecho de las personas a sus pertenencias e identidades y que, al mismo tiempo, afirme que sus derechos políticos y civiles no pasan exclusivamente por los líderes de esas comunidades. En este sentido, la moderación se convierte en un proyecto para transformar la manera de ejercer el poder: pasar de la negociación de cuotas a la competencia entre programas, de la protección concedida por una figura influyente a un derecho garantizado por una institución, y de acuerdos que aplazan el conflicto a reglas que permiten resolverlo. Es un proyecto que necesita paciencia, pero también plazos y objetivos declarados, para que la gradualidad no se convierta en un nuevo pretexto para posponer las cosas. La verdadera prueba de la moderación libanesa comienza con su capacidad para producir esta fuerza organizada y presentar compromisos por los que el ciudadano pueda exigirle cuentas. Entonces, la serenidad del discurso se convierte en expresión de confianza y capacidad, y el diálogo en un medio para alcanzar un objetivo claro. En cambio, una moderación que no posee más que un llamado a la moderación seguirá siendo solicitada cuando se acerque la explosión y marginada cuando llegue el momento de decidir qué vendrá después.
El Nuevo Mundo
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Por Khairallah Khairallah - Publicado oct 9, 2026 - 06:32
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(Foto AHMAD AL-RUBAYE/AFP)
En el tercer aniversario del “Diluvio de Al-Aqsa” y de la tragedia de Gaza provocada por Hamás, parece legítimo preguntarse: ¿dónde están los árabes? Más aún, ¿dónde está Irán? ¿Y hacia dónde se dirige Israel? Esta pregunta se ha vuelto, por ahora, imposible de responder. Esto se debe a que los problemas que aquejan al mundo árabe, o más precisamente a los mundos árabes, no parecen tener solución en un futuro previsible, sencillamente porque la clave para resolverlos se encuentra, la mayoría de las veces, en Teherán, y no en una u otra capital árabe, ni, desde luego, en la Liga Árabe. Esta última atraviesa una crisis estructural que refleja el estado de decrepitud del mundo árabe. Creo que “decrepitud” es una palabra bastante indulgente. Para comprobar hasta qué punto resulta imposible responder a la pregunta de hacia dónde se dirigen los árabes, basta con observar en qué se ha convertido Irak, gobernado por Irán a través de sus milicias sectarias. La paradoja es que Irak, donde la “República Islámica” logró trasladar la experiencia de la Guardia Revolucionaria, se encuentra ahora en una situación desconcertante. ¿Cómo puede un gobierno que debe su existencia al derrocamiento de Saddam Hussein por los tanques estadounidenses celebrar la salida del último soldado estadounidense de Irak, mientras el primer ministro Ali al-Zaidi habla de la recuperación de la soberanía nacional? La paradoja consiste en que quienes celebran estos días la recuperación de la soberanía iraquí se niegan a reconocer que los estadounidenses se marcharon, mientras que los iraníes se quedaron. Irán está más presente que nunca en Irak… Sin que ello impida preguntarse: ¿dónde está Irán y hacia dónde se dirige? Más grave aún, la caída de Irak en 2003, cuando la administración de George W. Bush entregó el país a Irán, provocó un desequilibrio regional cuyas consecuencias siguen afectando a toda la región hasta nuestros días. La atención se centra en Irak porque su caída en manos de Irán supuso el derrumbe de todo el orden regional. Un orden que surgió después de la Primera Guerra Mundial y del colapso del Imperio otomano. Quizá convenga recordar que los acuerdos Sykes-Picot datan de 1916 y la Declaración Balfour de 1917. Los árabes nunca llegaron a asimilar verdaderamente el alcance de los acuerdos Sykes-Picot, ni comprendieron el significado de la Declaración Balfour y sus consecuencias. La invasión estadounidense de un país miembro de la Liga Árabe, habitado por diversos grupos étnicos, no representó simplemente la caída de un régimen iraquí atrasado, cuya desaparición no hay motivos para lamentar. No cabe lamentación alguna, teniendo en cuenta los errores fatales cometidos por Saddam Hussein, tanto contra los iraquíes como contra los países de la región, especialmente Kuwait. A pesar de todo ello, la caída del régimen iraquí significó también la caída de un país y de una frontera que separaba a los árabes de los persas. Toda la región padece las consecuencias de este desequilibrio, que permitió a Teherán controlar Bagdad, en lugar de que Irak, con todas sus ciudades, sirviera como baluarte frente al proyecto expansionista iraní. Un proyecto que, partiendo de Irak, consiguió cobrar un nuevo impulso en toda la región. “¿Dónde están los árabes?” no es una simple pregunta, sino una que conduce a muchas otras para las que no hay respuestas. Por ejemplo, ¿quién expulsará a Irán de Irak, como fue expulsado de Siria? ¿Es posible devolverle la vida a un país como Yemen, completamente fragmentado desde que Irán, gracias a los hutíes, consiguió controlar una parte de su territorio y convertirla en una fuente de peligro para Arabia Saudita y para la navegación en el mar Rojo y, por consiguiente, para el canal de Suez? ¿Qué destino le espera al Líbano, donde las armas de Hezbolá siguen controlando el país? Estas armas sectarias, que son armas iraníes, nunca tuvieron otro objetivo que someter a los libaneses y, en determinada etapa, a los sirios. Los libaneses siempre han sido, y siguen siendo, un objetivo de Irán y Hezbolá. Israel nunca fue más que un pretexto para conservar estas armas. Lo que la ocupación iraní de Irak no había revelado quedó al descubierto con el “Diluvio de Al-Aqsa” hace tres años. Yahya Sinwar, quien desempeñó un papel central en el lanzamiento del “Diluvio de Al-Aqsa” como dirigente de Hamás, contribuyó a modificar la naturaleza del conflicto en la región. El conflicto se trasladó al propio territorio iraní. El “Diluvio de Al-Aqsa” también transformó la naturaleza de Israel, que ya no cree en otra cosa que en la expansión como medio para preservar su seguridad. Aunque Israel ha demostrado poseer capacidades militares y de inteligencia extraordinarias, queda finalmente otra pregunta sin respuesta, semejante a la que concierne a los árabes: ¿hacia dónde se dirige Israel?… ¿Y qué futuro puede tener sin un proyecto político viable, siendo parte integrante de la región y uno de sus Estados, que debe vivir en paz y seguridad con su entorno y con los palestinos, un pueblo que existe en la tierra de Palestina… y que, por lo tanto, tiene un lugar en el mapa político de la región?
Análisis
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Por Yakzan Takki - Publicado oct 8, 2026 - 02:58
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Se multiplican las advertencias sobre los riesgos asociados al desarrollo de la inteligencia artificial y, con una urgencia cada vez mayor, están desplazando a cualquier otra amenaza presente en las noticias, ya se trate de la guerra, de las preocupaciones ambientales y climáticas o de un colapso financiero. Los avances en este campo se producen a un ritmo tan acelerado que parece no haber vuelta atrás: cada día salen de los laboratorios máquinas capaces de desplazarse, trabajar en equipo y tomar decisiones complejas. Esta revolución tecnológica amenaza ya con hacer surgir una ideología propia, una suerte de totalitarismo tecnológico portador de promesas y peligros enormes que no pueden ignorarse. La imagen más reciente es la de robots que, en plena calle, escapan a todo control y arrebatan el poder a sus creadores, haciendo saltar las alarmas en diversos lugares. ¿Cómo puede un robot entrenado en un laboratorio escapar para matar seres humanos? ¿No es peligroso seguir fabricando robots equipados con cañones cada vez más potentes, como el “ThunderMax 9000”, que equipará al futuro “Death-Machine-8”, actualmente en fase de pruebas? Del mismo modo, ¿deben realmente los laboratorios seguir diseñando sistemas de defensa de alto rendimiento, extremadamente autónomos y excesivamente armados? ¿Deberían alguna vez los intereses financieros imponerse sobre la ética de la humanidad? Las advertencias aumentan, al igual que las preocupaciones planteadas por el papa León XIV, en medio de numerosos interrogantes sobre el futuro de esta quinta revolución industrial. Todo ello ocurre después de la tormenta provocada por las declaraciones del fundador de Microsoft, Bill Gates, acerca de riesgos que se han vuelto suficientemente graves como para hacer posibles acontecimientos que podrían causar “la muerte de mil millones de personas”, ya sea a manos de actores no estatales que fabriquen armas biológicas, de piratas informáticos o por la fuga de agentes de inteligencia artificial capaces de lanzar ciberataques contra empresas o infraestructuras extranjeras. Sin embargo, existe algo aún más peligroso que lo que ocurre en la Tierra. Actualmente está en marcha una nueva carrera espacial, pero esta vez no se trata de exploración espacial, sino de su militarización. Estados Unidos se convirtió en el primer país en reconocer el despliegue de armas destinadas a establecer un control en el espacio para defenderse de sus adversarios. No ha especificado de qué armas se trata, pero expertos militares han especulado que podrían incluir láseres o sistemas de microondas de alta potencia concebidos para inutilizar los componentes electrónicos de los satélites, o incluso satélites ofensivos que utilicen brazos robóticos para capturar vehículos espaciales enemigos o sacarlos de su órbita. China se apresuró a condenar esta iniciativa estadounidense y afirmó que se opone a cualquier “carrera armamentista en el espacio”. Rusia también reiteró que el espacio debe permanecer libre de armas. Esta militarización del espacio constituye otro ejemplo desalentador de la erosión de la red de gobernanza internacional establecida por el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967. Negociado en plena Guerra Fría, el tratado constituyó un logro notable. Hoy cuenta con el respaldo de 118 países. Consagra principios según los cuales el espacio debe seguir siendo un ámbito común para toda la humanidad y prohíbe el despliegue en órbita de cualquier arma de destrucción masiva, mientras numerosos países y empresas compiten por obtener ventajas estratégicas y comerciales. Más de 80 países operan actualmente satélites, con un total de 18 000 satélites en órbita alrededor de la Tierra. El servicio “Starlink” de Elon Musk representa más de la mitad de esa cifra. Sin embargo, aún más preocupante sería que algún país comenzara a destruir los satélites de sus adversarios. El escenario de pesadilla sería que la acumulación de desechos espaciales volviera imposible durante generaciones la operación de cualquier satélite en órbita terrestre baja, un fenómeno conocido como “síndrome de Kessler”. Esto sin contar el uso de esas armas, que ya ha comenzado en la guerra de Ucrania y en Medio Oriente, en lo que constituye una doble traición a la humanidad y una superación del propio concepto de disuasión, basado en que todas las partes conozcan las capacidades de las demás y comprendan las posibles consecuencias de sus actos. El presidente estadounidense Donald Trump mostró una apertura relativa cuando encontró tiempo para mantener en Washington conversaciones francas sobre el tema con su homólogo chino, el presidente Xi Jinping. De ahí la necesidad de acordar normas básicas de control, procedimientos para probar los modelos y mecanismos de contención destinados a reducir los riesgos. Existe una necesidad similar de establecer reglas de enfrentamiento claras en materia de inteligencia artificial y de sistemas de armas nucleares y espaciales. Además, el gran desafío podría provenir de competidores que desarrollen modelos potentes que no comprendan plenamente y que sean incapaces de controlar, sin cumplir las normas de seguridad. Los funcionarios chinos son claros al considerar a Estados Unidos como la principal fuente de amenazas para la seguridad de la inteligencia artificial, debido al uso intensivo de contenidos generados por IA para producir armas cibernéticas. China busca ampliar el alcance de las herramientas técnicas para evaluar riesgos y profundizar la cooperación internacional, especialmente con los países del Sur Global, al tiempo que refuerza las negociaciones bilaterales con Estados Unidos en aquellos ámbitos en los que considera estar rezagada. El desafío ahora consiste en convertir estas preocupaciones en una base para las próximas conversaciones de la cumbre del G20 que se celebrará en Miami los días 14 y 15 de diciembre, a la que fue invitado el presidente ruso Vladimir Putin. China podría estar dispuesta a crear un “grupo directivo” sobre inteligencia artificial y quiere tener la misma voz a la hora de definir qué debe considerarse colectivamente seguro. El punto de partida probablemente sería un acuerdo global sobre inteligencia artificial que disipara las preocupaciones compartidas respecto de modelos y agentes fuera de control. Dicho acuerdo también requeriría la participación de los países de la Unión Europea, que siguen rezagados en la carrera mundial. Al mismo tiempo, los mensajes dirigidos a la cumbre advierten sobre la amenaza que los modelos avanzados de inteligencia artificial, o Frontier AI, representan para la ciberseguridad, así como sobre el riesgo de “escenarios más graves que impliquen perturbaciones simultáneas de los mercados financieros en múltiples empresas o una interdependencia tecnológica”, e instan a ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales a imponer controles sobre esta tecnología. La carta emitida por el Banco de Inglaterra, cuyo gobernador también preside el Consejo de Estabilidad Financiera, pone de manifiesto hasta qué punto los guardianes del sistema financiero mundial están preocupados por el riesgo de ciberataques respaldados por inteligencia artificial, capaces de vulnerar instituciones externas y crear identidades falsas para engañar a quienes realizaban las pruebas. Esto pone aún más al descubierto las vulnerabilidades existentes, entre ellas las presiones inflacionarias, el aumento de las tasas de interés, la creciente influencia de los inversionistas y la inflación de las valuaciones bursátiles. Se intentará convencer a Estados Unidos de que reconsidere su enfoque permisivo respecto de la regulación de esta tecnología, que amenaza al sistema financiero y va mucho más allá de él, mientras que la propia innovación financiera podría socavar la hegemonía del dólar en las finanzas mundiales. El aumento de la deuda pública, las preocupaciones por la erosión de la independencia de los bancos centrales y el uso del dólar como arma mediante sanciones financieras son factores que fomentan la diversificación para alejarse de esta moneda. Los responsables de las políticas públicas de todo el mundo hablan sin cesar de alejarse del dólar, mientras la proporción del oro en las reservas internacionales de los bancos centrales ha aumentado considerablemente. La participación del dólar en las reservas de divisas se sitúa ahora en 57%, frente a 71% en el año 2000. También han desaparecido casi por completo los “privilegios del dólar”, que permitían al Tesoro estadounidense emitir deuda a tasas de interés relativamente favorables. Todo ello abre claramente el camino hacia la multipolaridad. El dólar australiano, el dólar canadiense y el franco suizo han aumentado su participación conjunta en los pagos transfronterizos y en las reservas. Sin embargo, el tamaño mucho mayor de los mercados de capitales estadounidenses en comparación con los de otros países sigue siendo una ventaja considerable, junto con la ventaja inicial de Estados Unidos a la hora de permitir innovaciones del sector privado en tecnologías de liquidación que refuercen la hegemonía del dólar. En cambio, los países que intenten aislarse de estas nuevas tecnologías serán los más vulnerables. Necesitan desarrollar mercados financieros amplios y bien regulados, mantener políticas monetarias y fiscales disciplinadas y fortalecer el Estado de derecho para hacer frente a las imprudentes políticas estadounidenses, en un momento en que comercio, tecnología, seguridad y geopolítica se entrelazan. Pero quizá lo más preocupante sea la ausencia de una moneda capaz de anclar la confianza de los inversionistas mundiales ante perturbaciones imposibles de detener y que podrían conducir a una catástrofe en Medio Oriente, donde todos hablan en sus discursos de paz, seguridad y crecimiento, pero hacen muy poco para detener la guerra y garantizar la estabilidad.
Descifrado
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Por Tilda Abou Rizk - Publicado oct 7, 2026 - 21:49
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Desde Gaza hasta Yemen, pasando por Líbano, Siria e Irak, el mortífero ataque de Hamás palestino contra Israel el 7 de octubre de 2023 quedará en la memoria colectiva como el punto de partida de convulsiones militares y políticas, todas encaminadas a establecer un nuevo orden regional. En Israel, donde el recuerdo de este ataque, que causó la muerte de más de 1200 civiles, dio lugar a varias ceremonias conmemorativas el miércoles, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, prometió "completar la misión" iniciada el 7 de octubre de 2023, en referencia a la guerra despiadada lanzada por Tel Aviv contra Hamás. Netanyahu habló de un “ajuste de cuentas que aún no ha terminado”, sin precisar, no obstante, si dicha “misión” se limita a Hamás o también abarca a su financiador, Irán, señalado como responsable de esta operación de gran envergadura. Como es sabido, la ofensiva del 7 de octubre tuvo un efecto dominó y desencadenó, con singular rapidez, una sucesión de acontecimientos cuyas consecuencias habrían sido difícilmente imaginables en tiempos de paz. ¿Quién habría imaginado que el régimen sirio de Bashar al Assad podía caer, que Hezbolá, Hamás e Irán serían descabezados y debilitados, o que el propio Líbano podría asistir, ciertamente bajo la égida de Washington, a conversaciones directas con Tel Aviv para intentar frenar la locura asesina que se ha manifestado en su territorio desde que Hezbolá decidió acudir en auxilio de Hamás al día siguiente del ataque? Un desenlace aún lejano Tres años después, Medio Oriente ya no es el mismo, sin duda, pero el desenlace del camino al que fue catapultado sigue sin vislumbrarse. La guerra que asola Yemen entre los hutíes, respaldados por Irán, y las fuerzas gubernamentales, apoyadas por Arabia Saudí, en la que uno de los puntos en juego es el control de un punto estratégico en el Mar Rojo, confirma el estancamiento en el que se encuentra la región. Para algunos, es una consecuencia natural de la pausa observada por Israel y, sobre todo, Washington en el frente regional, ya que ambos están centrados en sus próximas citas electorales: el 27 de octubre en Israel y el 3 de noviembre en Estados Unidos. Pero una serie de factores hace temer, a largo plazo, una especie de guerra fría que podría instalarse en la región y que sería sumamente perjudicial para países como Líbano e Irak, llamados a liberarse de la influencia iraní. Estos temores tienen su origen en el balance de los acontecimientos desencadenados por el 7 de octubre de 2023 y, en particular, en la dificultad que tuvieron Estados Unidos e Israel para alcanzar sus objetivos de guerra. Aunque ha sido descabezado, Irán conserva una importante capacidad de hacer daño, incluso si ha perdido parte de sus posiciones en la región, y sus aliados aún pueden actuar como agentes desestabilizadores. La guerra en Yemen es el ejemplo perfecto: los hutíes, que entraron en escena tras el debilitamiento de Hezbolá, el principal brazo militar de Irán en la región, han demostrado que pueden amenazar simultáneamente a Arabia Saudí, las rutas marítimas e incluso los intereses estadounidenses e israelíes en la zona. Más aún, el hecho de que hayan abierto el frente de Bab el Mandeb cuando Israel se disponía a conmemorar el 7 de octubre no puede ser casual. A través de este grupo, Teherán busca demostrar una vez más que la dinámica del conflicto sigue siendo la misma y que continúa teniendo cartas que le permiten imponerse como un actor regional ineludible, pese a las enormes presiones a las que está sometido. Las amenazas iraníes formuladas el miércoles por un responsable de los Guardianes de la Revolución Islámica, que anunció un próximo bloqueo de las “rutas marítimas ilegales” en el estrecho de Ormuz, apuntan en esa dirección. En el Líbano, no solo Hezbolá sigue sin haber sido neutralizado, por razones vinculadas sobre todo a la política libanesa, cautiva de los cálculos y la timidez de quienes la dirigen, sino que, según Reuters, continúa beneficiándose del apoyo logístico de la República Islámica. La agencia de noticias informó el miércoles de que Hezbolá recibió el mes pasado 200 millones de dólares de Teherán para ayudar a sus partidarios desplazados a causa de la guerra con Israel, citando a “dos personas directamente informadas sobre esta transferencia”. Si esta información se confirma, cabe preguntarse por la eficacia de las medidas adoptadas para asfixiar a Irán y cortar las fuentes de financiación de sus grupos aliados. En Gaza, todo lo que Hamás ha logrado conseguir, al precio de pérdidas aterradoras, es devolver la causa palestina al centro del debate internacional y retrasar la adhesión de Riad a los Acuerdos de Abraham.
Strategia
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Por Khalil Helou - Publicado oct 7, 2026 - 19:49
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Una alianza que se activa por primera vez El panorama geopolítico de Oriente Medio está experimentando una profunda transformación, mientras que la cuestión yemení dentro del Pacto de La Meca pasa oficialmente de ser un acuerdo de seguridad teórico a convertirse en un plan militar operativo activo. Tras un importante ataque de los hutíes cerca de la ciudad santa de Medina y sus avances agresivos a lo largo de la estratégica costa del Mar Rojo, avances que fueron revertidos en los últimos días, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se reunieron de urgencia en Riad el 5 de octubre de 2026. Este encuentro crucial dio lugar a la primera invocación histórica del pacto de defensa mutua de la alianza desde su firma inicial en agosto de 2026, marcando así el inicio de una coordinación militar concreta y de una serie de despliegues militares: los pakistaníes llevan tiempo desplegados en territorio saudí y prevén reforzar ese despliegue, mientras que los turcos, cuya presencia se limitaba a asesores militares, se preparan para enviar tropas. Tras unos inicios vacilantes, un compromiso concreto Esta activación inmediata marca un punto de inflexión decisivo, ya que al principio Turquía y Pakistán se mostraban especialmente reticentes. En el momento de su firma, el 7 de agosto de 2026, el texto inicial ofrecía muy pocos detalles sobre las obligaciones militares reales de cada signatario, lo que inicialmente había alimentado el escepticismo de los observadores internacionales. Ante las primeras salvas de misiles hutíes en septiembre, Ankara e Islamabad se habían mostrado reacios a intervenir militarmente o a responder a las solicitudes de ayuda, prefiriendo no comprometer sus respectivos papeles como posibles mediadores en el conflicto más amplio que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán. Instalaciones del gigante saudí Aramco en llamas tras ataques hutíes, cerca de Riad. (AFP) Numerosos expertos señalaban entonces que Pakistán priorizaba la mediación sobre la intervención, mientras que Turquía optaba por exhibir sus capacidades tecnológicas sin comprometerse formalmente en un conflicto abierto. Además, la ausencia de un mando militar unificado y la necesidad de tiempo para desarrollar una interoperabilidad operativa, al igual que en los procesos históricos de la OTAN, sembraban dudas sobre la credibilidad a corto plazo de esta arquitectura de seguridad. Pakistán, pilar humano de la alianza Sin embargo, la gravedad de los recientes ataques directos contra la integridad territorial saudí obligó a ambas naciones a superar sus reservas iniciales. Con una presencia permanente de más de 15 000 militares asignados a misiones de formación y apoyo operativo en Arabia Saudí, Pakistán se dispone a desplegar un importante refuerzo de entre 20 000 y 25 000 soldados adicionales, respaldados por sistemas de defensa antiaérea y tecnologías avanzadas de drones. En respuesta a la activación de la Alianza de La Meca, estas fuerzas estratégicas se están desplegando en varias zonas neurálgicas del Reino: un contingente importante se sitúa en bases aéreas y cerca de las infraestructuras de la frontera saudí-yemení, mientras que un dispositivo de seguridad reforzado protege las instalaciones energéticas y las ciudades santas de La Meca y Medina frente a la amenaza de ataques hutíes. Paralelamente, aunque la postura oficial de Islamabad prioriza estrictamente la protección del territorio saudí para evitar un conflicto directo con Irán, también se informa, de manera más discreta, de la presencia de personal y asesores pakistaníes bajo contrato operativo en el sur de Yemen, especialmente en Adén, lo que ilustra la creciente implicación de Pakistán en la arquitectura de seguridad de la península. Turquía, escudo tecnológico de las infraestructuras energéticas Por su parte, Turquía, que mantiene desde 2025 un contingente de más de 200 asesores militares y expertos en guerra electrónica en territorio saudí se prepara para materializar un aumento significativo de sus efectivos. Aunque el volumen exacto de este nuevo contingente militar debe precisarse y someterse a la aprobación del Parlamento turco durante el mes de octubre de 2026, las modalidades de su despliegue contemplan la posible creación de una base militar turca permanente en Arabia Saudita. La misión principal de las fuerzas armadas turcas será altamente estratégica y decididamente defensiva: se encargarán de proteger y blindar cuatro de las infraestructuras energéticas más importantes del Reino, incluidas grandes instalaciones de producción de gas y electricidad. Para ello, Ankara desplegará sus propios sistemas de defensa antiaérea de corto y medio alcance, así como sus tecnologías más avanzadas de guerra electrónica, con el fin de crear una burbuja de interdicción frente a la amenaza de los misiles y drones hutíes dirigidos contra la economía saudí. Un modelo inspirado en la OTAN y un mando unificado en Riad En el marco de este pacto ya activado, que funcionará según un modelo de disuasión colectiva similar al de la OTAN y establece que un ataque contra un miembro se considera un ataque contra todos, Turquía y Pakistán llevan a cabo este despliegue de fuerzas directamente en territorio saudí. Para gestionar esta llegada de tropas y dirigir la compleja coordinación estratégica y política exigida por la crisis, la alianza ha formalizado su estructura de mando al nombrar al exgeneral del ejército pakistaní, el teniente general Nauman Mahmood, como secretario general, quien dirigirá las operaciones directamente desde la sede de la alianza en Riad. Objetivo: quebrar la capacidad bélica de los hutíes El objetivo operativo inmediato de la Alianza de La Meca es degradar y eliminar sistemáticamente la capacidad de los hutíes para hacer la guerra, un esfuerzo que ya ha desencadenado una importante escalada aérea y tecnológica en toda la región. La coalición liderada por Arabia Saudita ha intensificado considerablemente su apoyo aéreo a las tropas del Gobierno yemení reconocido internacionalmente, movilizando una armada de más de cien cazas modernos que cumplen los estándares estadounidenses más avanzados, para llevar a cabo ofensivas de gran envergadura que, según las fuerzas gubernamentales, ya han permitido destruir cientos de objetivos militares hutíes. La entrada oficial de Turquía, que posee el segundo ejército permanente de la OTAN, junto con Pakistán, introduce en este teatro de operaciones una fuerza abrumadora compuesta por capacidades avanzadas de guerra electrónica, tecnología de drones de vanguardia y una sólida capacidad defensiva, alterando profundamente el equilibrio de fuerzas. Los límites del compromiso: no habrá tropas terrestres en Yemen Pese a esta demostración de fuerza abrumadora, la alianza sigue enfrentándose a profundas fricciones estructurales y a complejas realidades a largo plazo en el expediente yemení. Aunque la activación actual se basa en despliegues defensivos de tropas dentro de las fronteras saudíes y en un agresivo apoyo aéreo sobre Yemen, a cargo de la Real Fuerza Aérea Saudí, una intervención aérea o terrestre directa de la infantería turca o pakistaní en las montañas de Yemen sigue siendo altamente improbable. Esto implicaría enormes riesgos políticos internos para Ankara e Islamabad, además de crear el riesgo de provocar una expansión regional del conflicto con Irán. El Mar Rojo, el próximo frente Sin embargo, el frente marítimo a lo largo del mar Rojo debería convertirse en un teatro de operaciones extremadamente activo; las fuerzas hutíes están presionando agresivamente hacia Taez para cercarla, y su regreso a las proximidades del estrecho de Bab al-Mandeb sigue siendo probable si logran emprender una contraofensiva. Por consiguiente, es muy probable que se realice un esfuerzo naval coordinado en el que participe la alianza para asegurar estas vitales rutas marítimas globales, especialmente porque las armadas turca y saudí están activas en el mar Rojo y frente al Cuerno de África. Diplomacia en la sombra: el delicado expediente iraní Paralelamente, la estrategia diplomática de la alianza probablemente se centrará en acentuar el aislamiento de los hutíes y estrangular su logística. Esto requerirá una gestión delicada, en la medida en que Pakistán y Turquía deben preservar prudentemente el equilibrio de sus relaciones diplomáticas y sus fronteras compartidas con Irán, lo que significa que la alianza dependerá en gran medida de intensas presiones diplomáticas entre bastidores sobre Teherán para que retire o reduzca su apoyo a los avances hutíes. Sin embargo, Teherán seguramente querrá un precio a cambio, lo que complica el proceso de los canales indirectos. Hacia un punto muerto militar controlado Los últimos acontecimientos sugieren que el expediente yemení se materializará en una campaña aérea y de defensa antiaérea masiva, concebida para bloquear los movimientos hutíes y proteger a Arabia Saudí de represalias, imponiendo así un punto muerto en el terreno sin quedar atrapados en una prolongada guerra de desgaste.
Religión

Una joven libanesa, un canto arameo y León XIV emocionado

Héléna Alamil en Levant Time: "En Francia, una nueva generación cristiana despliega su esperanza"
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Por Fady Noun - Publicado oct 6, 2026 - 14:43
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Estamos a 25 de septiembre, en el Stade de France, cerca de París, donde el Papa León XIV tiene esta noche una cita con la juventud francesa en la primera jornada de su viaje apostólico al Hexágono. En una pantalla que representa una barca y una vela, se distinguen un hombre y una mujer de pie, mientras, sobre un himno arameo del siglo IV que se eleva en el estadio, una voz en off recita: “Cuando Francia aún no llevaba su nombre, el Cielo ya preparaba su designio. En el año 44 después de Jesucristo, a orillas del Mediterráneo, una frágil barca de madera llega a la costa. Dos discípulos de Jesucristo pisan por primera vez esta tierra que se convertirá en la Provenza: Lázaro y María Magdalena. Desde las calas de la costa hasta los acantilados de Sainte-Baume, su paso grabará en la piedra, en los corazones y en la memoria de los hombres la primera página de la etapa cristiana de la historia de Francia. ‘He aquí el grito de toda mi vida’, proclama entonces María Magdalena, la pecadora convertida: ‘Cristo te llama por tu nombre. ¡Nadie está demasiado herido para ser amado!’” Así comienza, mediante el encuentro de Oriente y Occidente, el grandioso espectáculo ofrecido en honor del Papa León XIV con motivo de su encuentro con la juventud francesa. Este momento culminante de la vigilia giraba en torno a un gran fresco viviente y a una letanía de los santos especialmente compuesta para la ocasión, que combinaba oraciones tradicionales con la invocación de santos y figuras de la historia cristiana de Francia, tales como Juana de Arco, Vicente de Paúl, Francisco de Sales, Luisa de Marillac, Teresa de Lisieux, el Cura de Ars o Carlos de Foucauld. La llegada en el año 44 de una barca sin velas, remos ni timón, a bordo de la cual viajaba un grupo de compañeros cristianos de Jesús, entre ellos Lázaro y sus dos hermanas, Marta y María Magdalena, abandonados a la deriva por sus perseguidores, está bien documentada en la tradición provenzal. La voz que canta en siríaco es la de Héléna Alamil, un talento libanés singular cuya trayectoria personal une los mundos de la investigación científica avanzada y de la antigua liturgia cristiana oriental. Helena Alamil en el Stade de France. Doble carrera Lejos de ser una artista itinerante, Héléna Alamil es, en efecto, una profesional de la ciencia a tiempo completo. Es doctora en toxicología por la Universidad Paris-Saclay y ha trabajado como profesora adjunta, investigadora y científica de aplicaciones de campo en espectrometría de masas aplicada a las ciencias de la vida. Originaria de Rmeich, en el sur del Líbano, una gran localidad maronita fronteriza, Héléna vive en Francia desde hace una decena de años. También es conocida en su país de residencia como la hija del sacerdote del pueblo, el padre Nagib Alamil. El himno interpretado, Abo Dqoushto (Padre de la Verdad), es un profundo canto litúrgico siríaco del siglo IV, dirigido, según la liturgia maronita, a Dios Padre y centrado en el sacrificio de Cristo. Héléna fue elegida para representar a los “primeros cristianos” al inicio del fresco “Tras las huellas de los santos”, ofrecido al Papa. El espectáculo está dirigido magistralmente por Alexis Duffaure, director de orquesta y de coro tan “humilde” —en palabras de Héléna— como talentoso, al frente de una orquesta y un coro de 2500 personas coordinados por Ecclesia Cantic, una entidad eclesial francesa dedicada a apoyar el canto litúrgico. En lo visual, lo vocal y lo musical, incluye una decena de escenas que resumen la historia de la santidad en Francia. La gran sorpresa de la noche fue una carroza tirada por cuatro caballos que recreaba el martirio de Santa Blandina, en Lyon, y Juana de Arco y sus compañeros de armas galopando sobre orgullosos corceles entre las filas de espectadores. La interpretación de Héléna se correspondía con el cuadro que representaba las raíces orientales del cristianismo en Provenza. Mientras actores que encarnaban a María Magdalena y Lázaro entraban en el estadio de pie sobre una barca, su voz de soprano dio impulso al espectáculo, que conmovió hasta las lágrimas al Papa León XIV y a la multitud de 80.000 espectadores que llenaban las gradas del estadio. “Un honor y una gracia” “Fue un honor y una gracia para mí, además de una gran responsabilidad”, afirma Héléna a Levant Time. “¿Hay que triunfar en la vida o entregarla?”, se pregunta el guion de la velada, recitado por André Dussolier. La respuesta de Héléna a esa pregunta es inmediata: “Todo lo que deseo es tocar el corazón de los fieles, contribuir a su conversión, dar gloria a Dios y a su Iglesia”. Con poco más de 30 años, la joven, contactada por teléfono, no pretende enterrar “el talento” que le fue confiado, sino hacerlo fructificar principalmente en ceremonias religiosas públicas y privadas y, de manera excepcional, en algunas escasas recepciones de honor. Asegura que nunca ha sido más feliz que al escuchar a algunos de sus oyentes en Europa confesarle “que no entendieron nada de los himnos” que había interpretado, pero añade: “Al escucharla, es como si lo hubiéramos entendido todo”. Un motivo de orgullo para esta joven que ha cantado “en todos los rincones de Francia”, y especialmente en Mónaco, Luxemburgo, Alemania e incluso en Roma, como parte de un coro, en la ceremonia de canonización de los tres hermanos Massabki, laicos maronitas martirizados durante las masacres de Damasco en el siglo XIX (1860), al mismo tiempo que miles de otros cristianos de la montaña libanesa. Raíces en Rmeich Desde el pueblo de Rmeich, donde están sus raíces familiares (actualmente reducido a una isla residencial rodeada por todos lados por el ejército israelí y de la que no se sale ni se entra sin autorización), llegó a París y a la llamada de cantar para el Papa. Allí también encuentra, en Navidad, Pascua y verano, a su padre, a su madre Violette, a su hermana casada, a su hermano sacerdote y a ocho sobrinos. “Se lo debo todo a mi familia”, precisa Héléna, que heredó de sus dos padres su hermosa voz, así como el amor por su país. “De hecho, aprendí a cantar antes que a leer”, dice con candor. Muy vinculada al Líbano, que considera, como muchos libaneses, “parte de Tierra Santa, puesto que fue pisada por los pies de Cristo”, Héléna lo está “sobre todo por su amor a Rmeich, cuyos parajes conservan, según las tradiciones locales, las huellas del paso de Cristo y sus discípulos, camino de Sidón y Tiro”. Héléna Alamil con su familia, en su pueblo de Rmeich. ¿Qué es lo que más recuerda de la ceremonia en el Stade de France? ¿Qué la conmovió personalmente? Sorprendentemente, lo que más la marcó fue “la disciplina, la paz y el respeto por el otro”. “Hay que comparar la salida del estadio aquella noche con la salida de un partido de fútbol para entenderlo”, explica a Levant Time. “Una salida fluida, ordenada. ¡Ni un cubo de basura volcado!”. Pero eso no es todo. También dice haberse emocionado hasta las lágrimas por el mensaje de esperanza lanzado por el Papa: “¡Ustedes son los santos de Francia!”. “Lo que también me marcó fue la emoción del Papa. Disfrutó de la vigilia. Además, todos se emocionaron hasta las lágrimas, incluso el Papa, añade Helena. Creo que este despertar es profundo y perdurará; basta con seguir sus ecos en las redes sociales. Los jóvenes ya no se avergüenzan de declararse cristianos ni de hablar de ello. La visita del Papa les ha permitido ganar seguridad. En Francia, una nueva generación cristiana despliega su esperanza”. Dejemos la última palabra al gran poeta cristiano Jean-Pierre Lemaire: “Estábamos en el Tabor… Ahora hay que bajar de la montaña y arraigar este renovado impulso de fe en la vida cotidiana”.
Opinión
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Por Jad Akhawi - Publicado oct 5, 2026 - 18:01
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La excavadora no discute de política. Cuando entra en una aldea, no pregunta quién estaba a favor de la guerra y quién estaba en contra. No distingue entre la casa de un partidario y la de un opositor. Derriba los muros, arranca los árboles, altera la fisonomía del terreno y luego deja a la gente frente a la pregunta más simple y más cruel: ¿Reconstruimos para esperar la próxima guerra? Esa es la pregunta de la que debería partir cualquier debate serio sobre el futuro del Líbano. Durante muchos años debatimos la neutralidad como si fuera una idea académica, o la reivindicación de un sector libanés frente a otro. Algunos la vieron como una salida del conflicto árabe-israelí; otros, como un intento de separar al Líbano de su entorno, mientras que en ocasiones fue tratada como si fuera un proyecto confesional imposible de aplicar. Pero después de todo lo ocurrido, quizá debamos volver a plantear la pregunta desde un punto completamente distinto. No: ¿nos gusta la neutralidad? Sino: ¿puede el Líbano soportar otra guerra? El sur ya no soporta más experimentos Quien visita el sur del Líbano no necesita una clase de geopolítica. Basta con ver una casa destruida. Una tierra arrasada por las excavadoras. Una familia esperando regresar. Una aldea tratando de saber qué queda de ella. Allí, el debate sobre los “ejes regionales” adquiere un significado completamente distinto. Porque, al final, la gente no vive dentro de los comunicados políticos. La gente quiere una casa que no sea destruida cada diez años, una tierra que pueda cultivar, una escuela a la que puedan ir sus hijos y una carretera que no se convierta de pronto en un frente de batalla. Después de cada guerra prometemos a los habitantes del sur la reconstrucción. Pero quizá la verdadera pregunta ya no sea: ¿cómo reconstruimos? Sino: ¿cómo impedimos que todo vuelva a ser destruido? Aquí comienza el debate sobre la neutralidad. Cincuenta años como campo de batalla Desde hace décadas, el Líbano no ha estado al margen de las guerras de la región. Las armas palestinas entraron en la ecuación libanesa. Luego llegó la guerra civil. Luego la ocupación israelí. Luego la tutela siria. Luego el ascenso de Hezbolá y de las armas vinculadas al conflicto con Israel y a la estrategia regional iraní. Cambiaron las circunstancias y las alianzas, pero una cosa no cambió: El Líbano siguió siendo un campo de batalla. Cada fuerza tenía, a sus propios ojos, una explicación convincente de su presencia en esta tierra. En cada etapa se nos dijo que las armas eran una necesidad temporal. En cada guerra se nos dijo que era excepcional. Pero la excepción duró medio siglo. Quizá, entonces, el problema ya no esté únicamente en la identidad de quien porta las armas, sino en nuestra aceptación de que la función regional del Líbano sea seguir siendo un campo de batalla abierto. ¿Y si les dijéramos a todos: basta? La neutralidad que necesita el Líbano no es la neutralidad de los débiles. No consiste en colocar a Israel, Irán, Siria y los países árabes en la misma posición, ni en renunciar a los derechos del Líbano o a su territorio. Tampoco significa renunciar a Palestina, a nuestra identidad árabe o a nuestras posiciones políticas. La neutralidad de la que hablamos es más simple: Que el Líbano no entre en guerra salvo para defender al Líbano, y por decisión del Estado libanés. Decirle a Israel: nuestras fronteras no están abiertas a sus agresiones. A Irán: el Líbano no forma parte de su sistema militar regional. A Siria: se acabó la época en que el Líbano podía ser utilizado como una extensión de su política. A los países árabes y a Occidente: somos amigos y socios, pero el Líbano no es la base de nadie. ¿Es esto imposible? Quizá sea extremadamente difícil. Pero ¿es más racional lo que hemos vivido durante cincuenta años? La neutralidad comienza por el Estado Hay una realidad de la que no se puede escapar. El Líbano no puede ser neutral si el Estado no es quien decide sobre la guerra y la paz. Y no tiene sentido pedirle al mundo que respete la neutralidad del Líbano mientras una fuerza armada dentro del país puede tomar una decisión militar al margen de las instituciones del Estado. Esta no es una cuestión dirigida contra una comunidad. Es la definición misma del Estado. El Acuerdo de Taif estableció la extensión de la soberanía del Estado sobre todo el territorio libanés mediante sus propias fuerzas, la disolución de las milicias y la entrega de sus armas al Estado, así como el fortalecimiento de las fuerzas armadas para defender a la patria. Por lo tanto, no necesitamos desmantelar Taif para debatir la neutralidad. Al contrario. Quizá necesitemos aplicar Taif para que la neutralidad sea posible. Un solo Estado. Un solo ejército. Una sola decisión sobre la guerra y la paz. ¿Y qué pasa con Israel? Aquí se encuentra el verdadero nudo. Los críticos dirán, con razón: ¿cómo puede ser neutral el Líbano mientras Israel agrede su territorio? Es una pregunta que no puede pasarse por alto. La neutralidad no significa privar al Líbano de su capacidad de defenderse. La Suiza neutral tiene un ejército. Los Estados neutrales no renuncian a sus fronteras ni a su soberanía. Pero la experiencia libanesa exige algo más. La neutralidad libanesa, si algún día se adopta, no puede ser una declaración unilateral. Debe formar parte de mecanismos internacionales claros que garanticen las fronteras, la soberanía y la seguridad del Líbano, y que vinculen el respeto de la neutralidad con compromisos internacionales reales. Es decir, no se les puede pedir a los libaneses que digan: “No combatiremos”, y luego dejarlos solos frente a cualquier agresión. La ecuación debe ser recíproca: El Líbano no debe ser una plataforma militar contra otros, y los demás no deben utilizar el territorio libanés ni agredirlo. Tenemos una base sobre la cual construir La idea no carece de precedentes libaneses. La Declaración de Baabda de 2012 estableció la necesidad de mantener al Líbano al margen de la política de los ejes y de los conflictos regionales e internacionales, y el Estado libanés remitió oficialmente la declaración a las Naciones Unidas. Posteriormente, el Consejo de Seguridad volvió a llamar a las partes libanesas a aplicar una política efectiva de distanciamiento respecto de los conflictos externos, apoyándose específicamente en la Declaración de Baabda. Pero la Declaración de Baabda siguió siendo una declaración. Esa es la lección. Esta vez, si los libaneses deciden debatir la neutralidad, no debería convertirse en un nuevo comunicado político destinado a quedar guardado en un cajón. Lo que se necesita es pensar en un estatuto internacional para el Líbano basado en tres pilares interconectados: El monopolio de las armas y de la fuerza militar por parte del Estado libanés. El compromiso del Líbano de no entrar en conflictos ni ejes militares regionales salvo para defender su territorio. Y una garantía internacional y regional para el respeto de su soberanía y sus fronteras, así como para impedir que sea utilizado como campo de batalla por cualquier parte. Y los chiitas deberían ser los primeros en debatir la neutralidad Quizá este sea el punto más delicado. A veces se presenta la neutralidad como si fuera un proyecto dirigido contra los chiitas o contra Hezbolá. Eso es un grave error político. Planteemos otra pregunta: ¿Quién pagó el precio más alto en la última guerra y en la destrucción del sur? ¿Quién perdió su casa? ¿Quién fue desplazado? ¿Quién perdió su tierra, su cosecha o su sustento? ¿Quién vive hoy con la angustia de regresar a una aldea que podría volver a convertirse en un frente de batalla al primer estallido regional? Los habitantes del sur son los primeros que tienen derecho a debatir un futuro distinto. Por eso, el debate sobre la neutralidad no debe hacerse sin contar con los chiitas, sino con su participación. Pasar de proteger a la comunidad mediante las armas a proteger a los ciudadanos mediante el Estado no constituye una pérdida para los chiitas. El verdadero criterio es saber si el Estado es realmente capaz de proteger a los habitantes del sur como protege Beirut, Trípoli, Jounieh y Zahlé. Porque el Estado que pide al ciudadano renunciar a la protección de un partido debe ofrecerle una verdadera protección nacional. No somos Suiza Algunos dirán: el Líbano no es Suiza. Es cierto. Pero Suiza tampoco nació neutral porque su geografía fuera sencilla o porque Europa fuera pacífica. En las experiencias internacionales, la neutralidad no es simplemente una cuestión de moral política. Es una opción basada en intereses, equilibrios y mecanismos jurídicos, diplomáticos y defensivos. Y el Líbano necesita su propio modelo. Podemos llamarlo neutralidad. Podemos llamarlo neutralización. Podemos llamarlo distanciamiento permanente de los conflictos entre ejes. El nombre importa menos que el contenido: Que el libanés no vuelva a pagar el precio de una guerra que no decidió. El proyecto que merece ser debatido Quizá este deba convertirse en uno de los proyectos del Líbano para la próxima etapa: El Líbano como Estado neutral bajo garantía internacional. No una decisión impuesta por un sector a otro. Ni un proyecto contra Hezbolá. Ni la victoria de un eje sobre otro. Sino un acuerdo histórico libanés que diga que la experiencia del Líbano como campo de batalla ha terminado. El propio Hezbolá, al igual que todas las fuerzas libanesas, debe formar parte de este debate, porque la transición de una etapa en la que las armas permanecen fuera del control del Estado a otra en la que solo el Estado las controla no puede tener éxito si se convierte en un proyecto de venganza o de humillación contra una comunidad o un grupo. Lo que se necesita no es que un libanés venza a otro. Lo que se necesita es que el Estado triunfe sobre la lógica del campo de batalla. ¿Qué nos queda por probar? Probamos la guerra. Probamos las milicias. Probamos la ocupación. Probamos la tutela. Probamos los ejes. Probamos la disuasión. Probamos el “equilibrio del terror”. Y probamos la reconstrucción después de cada ronda. Y cada vez, los libaneses pagaron el precio. Quizá haya llegado el momento de probar algo que nunca hemos probado realmente: Vivir en un Estado normal. Un Estado que no les pida a sus hijos morir por mapas regionales. Un Estado cuyas aldeas no se conviertan en mensajes intercambiados entre las capitales de la región. Un Estado en el que el ejército sea el ejército, las fronteras sean las fronteras y la guerra sea una decisión nacional, no regional. Después de toda esta destrucción, después de las casas dinamitadas, de las tierras arrasadas por las excavadoras y de la gente desplazada, quizá la pregunta ya no sea: ¿Puede el Líbano ser neutral? La pregunta más cruel es: Si rechazamos la neutralidad, ¿cuál es la alternativa? ¿Volvemos a reconstruir el sur, volvemos a plantar los árboles, volvemos a reparar las casas y luego esperamos la próxima guerra? ¿O nos atrevemos, aunque sea una sola vez, a cambiar la propia ecuación? Durante medio siglo, el Líbano ha conocido la experiencia de ser un campo de batalla. Quizá haya llegado el momento de que pruebe ser una patria.
Strategia

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (19)

El episodio de la «Declaración de Baabda»
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Por Khalil Helou - Publicado oct 5, 2026 - 14:30
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Esta serie de artículos permite comprender mejor la situación actual en el escenario libanés a la luz del pasado reciente, lejos de discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto las realidades, dejando al lector la tarea de extraer las conclusiones pertinentes. Las dieciocho entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta el inicio de su intervención militar en Siria junto al régimen de Bashar al-Assad. Aprobada por unanimidad el 11 de junio de 2012 durante una reunión de los principales líderes políticos celebrada en el Palacio Presidencial, la Declaración de Baabda tenía como objetivo preservar la estabilidad del Líbano y evitar que la guerra civil siria se extendiera a su territorio. De hecho, ya habían estallado en Trípoli enfrentamientos armados de carácter confesional entre partidarios y opositores del régimen de Bashar al-Assad, mientras que la infiltración de armas y combatientes anti-Assad desde el Líbano hacia el interior de Siria hacía temer que el país volviera a sumirse en un conflicto civil. Ante esta amenaza, el entonces presidente de la República, el general Michel Sleiman, desempeñó un papel decisivo como promotor, mediador y garante: convocó de urgencia al Comité de Diálogo Nacional para desactivar la crisis y afianzar el principio de distanciamiento del Líbano respecto de los conflictos regionales. Tras intensos esfuerzos personales, también elaboró la Declaración de Baabda, un documento oficial que sería reconocido por la Liga Árabe y las Naciones Unidas. Esta Declaración, convertida en símbolo de su mandato y que él defendió con vehemencia, lo llevó a un duro enfrentamiento con Hezbolá, que ya estaba militarmente involucrado en Siria. El texto fue aprobado por unanimidad por el Comité de Diálogo Nacional, que reunía al bloque del 8 de Marzo, en particular a Hezbolá, representado por Mohammad Raad, al movimiento Amal de Nabih Berri, a la Corriente Patriótica Libre de Michel Aoun y al emir Talal Arslane; al bloque del 14 de Marzo, entre cuyos miembros figuraban el ex primer ministro Fouad Siniora, Walid Joumblatt y el expresidente Amine Gemayel; y, como no alineado, al entonces primer ministro Najib Mikati. No obstante, la sesión del 11 de junio de 2012 estuvo marcada por algunas ausencias destacadas, en particular la de Saad Hariri, líder de la Corriente del Futuro, entonces exiliado por razones de seguridad, y la de Samir Geagea, líder de las Fuerzas Libanesas, que boicoteó la reunión para expresar su escepticismo sobre la verdadera voluntad de Hezbolá de cumplir sus compromisos. Las principales cláusulas de la Declaración de Baabda La Declaración de Baabda establece como cláusula cardinal el principio de distanciamiento y neutralidad del Líbano respecto de los conflictos regionales e internacionales, apartándolo de la política de bloques para preservar su unidad nacional y su estabilidad. Sin embargo, la expresión árabe utilizada تحييد لبنان عن صراعات المنطقة es más matizada que el concepto de neutralidad en sentido estricto: designa una política de neutralidad, no una neutralidad constitucional absoluta. El texto compromete formalmente al conjunto de las fuerzas políticas libanesas a consolidar el pacto de convivencia nacional y a rechazar la violencia y el recurso a las armas, al tiempo que afirma la imperiosa necesidad de apoyar a las instituciones del Estado, empezando por el Ejército libanés y la justicia. Por último, la Declaración insiste en el estricto control de la frontera libanesa-siria para impedir el tránsito de armas y combatientes en ambos sentidos, y reitera el firme compromiso del Líbano con las resoluciones internacionales, en particular la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sin embargo, desde finales de 2012, el bloque del 8 de Marzo empezó a desvincularse informalmente de ella: la implicación militar de Hezbolá junto al régimen de Bashar al-Assad, cada vez menos disimulada, vulneraba de facto el pilar central del texto, a saber, el distanciamiento y la neutralidad del Líbano ante la crisis siria. El punto de inflexión: la batalla de Qousseir El principal punto de inflexión de la intervención de Hezbolá en Siria fue la batalla de Qousseir, librada entre abril y junio de 2013. Situada a quince kilómetros al noreste de la frontera libanesa, cerca de las localidades de Qaa y Hermel, y a treinta y cinco kilómetros al sur de Homs, esta ciudad tenía una importancia estratégica de primer orden: la fuerza que se estableciera allí podía controlar los ejes Damasco-Homs y Homs-Tartús y, por tanto, amenazar con cortar la ruta que conectaba la capital siria con la costa mediterránea. Unos dos mil combatientes rebeldes se encontraban atrincherados allí, principalmente las Brigadas Al Farouq, afiliadas al “Ejército Sirio Libre”, integrado por militares del ejército regular que desertaron en oposición a Bashar al-Assad, y apoyadas por el Frente al-Nusra. Además, Qousseir constituía una de las principales puertas de entrada a Siria para los voluntarios libaneses que deseaban unirse a la rebelión. A partir de abril de 2013, la ciudad fue cercada por el ejército sirio y Hezbolá, que tomaron las aldeas circundantes, anteriormente bajo control rebelde. El objetivo era aislarla por completo, tanto del interior de Siria como del territorio libanés. La ofensiva propiamente dicha comenzó con un rápido asalto aéreo-terrestre, antes de transformarse en combates urbanos en los que los rebeldes opusieron una resistencia encarnizada e infligieron importantes pérdidas a Hezbolá, que mantenía la línea del frente. La ciudad acabó cayendo en manos del partido chií y del ejército regular sirio el 5 de junio de 2013. El balance fue elevado: cuatrocientos cincuenta rebeldes muertos y ciento catorce combatientes de Hezbolá, pérdidas que el propio partido reconoció. Para justificarlas, Hassan Nasrallah asumió entonces públicamente ese compromiso, afirmando que se enmarcaba en la lucha contra los grupos fundamentalistas y en la defensa del Líbano. De la unanimidad a la renuncia del bloque del 8 de marzo La ruptura política oficial del bloque del 8 de Marzo con la Declaración de Baabda se produjo al día siguiente de la batalla de Qousseir: exactamente un año después de la adopción del texto y una semana después de la caída de la ciudad, el 12 de junio de 2013, el diputado Mohammad Raad, jefe del bloque parlamentario de Hezbolá, declaró públicamente que “la Declaración de Baabda nació muerta; de ella solo queda la tinta sobre el papel”. La fórmula consagraba el rechazo del documento por parte del principal componente de la alianza del 8 de Marzo. Hezbolá justificó este giro afirmando que la Declaración nunca tuvo como propósito obstaculizar la acción de la “Resistencia” ni poner en cuestión su arsenal frente a las amenazas externas, entre las que destacaba el ascenso de los grupos yihadistas en Siria. Michel Aoun tomó el relevo vaciando el texto de contenido sin denunciarlo nunca formalmente: al sustituir el principio de distanciamiento por el de seguridad nacional, consideró que la amenaza de los grupos yihadistas infiltrados desde Siria hacía obsoleta la neutralidad. Al presentar la implicación de Hezbolá como un acto de legítima defensa, relegó la Declaración a la categoría de texto teórico e inaplicable. (continuará)