
Los análisis tradicionales sobre el Líbano recurren constantemente al “paradigma confesional”, que concibe al Estado como un equilibrio frágil entre facciones religiosas. Sin embargo, esta lectura no logra explicar la actual desintegración sistémica, que trasciende las fronteras comunitarias. Al aplicar el paradigma durkheimiano de la anomia, este texto sostiene que la crisis libanesa no se caracteriza por fricciones confesionales, sino por un profundo estado de “anomia”, es decir, de desregulación de la vida social. Desde esta perspectiva, el confesionalismo no es la causa principal del colapso, sino un mecanismo residual de supervivencia que emerge en el vacío dejado por un contrato social roto.

