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Mil mesetas

Europa frente a sus demonios

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado dic 6, 2025 - 19:06

No, la guerra que Rusia desató contra Ucrania no puede tratarse como un episodio periférico ni como un simple conflicto territorial, por más que les pese a los simpatizantes de Putin. La agresión rusa revela algo mucho más profundo: un choque entre dos visiones del mundo. De un lado, la libertad y el derecho. Del otro, la nostalgia de un orden imperial, sostenido en un supuesto “siglo de oro” mitificado, fundado en la dominación y el terror.

Lo que ocurre hoy en territorio ucraniano es el intento metódico de resucitar la lógica imperialista rusa y convertirla en el modelo político de este siglo. La batalla por el Donbás no es una disputa local. Es una prueba para toda Europa para su valentía, su memoria y su futuro. Nada menos.

El régimen de Vladimir Putin no busca simplemente anexar un territorio. Aspira a restaurar una arquitectura imperial con referencias históricas explícitas: Pedro el Grande, Catalina II y la idea de un “espacio civilizatorio” sacralizado por el mito del “mundo ruso”, donde los pueblos no son sujetos políticos sino materia étnica para absorber, convertir o borrar.

Todo imperio se basa en la negación del derecho. No admite soberanía popular, ni pluralismo, ni libertad individual. La libertad le es ajena. Esta guerra va dirigida contra la idea misma de Europa. Porque Europa no es un territorio. Es, desde su origen, una forma de habitar el mundo: una idea de dignidad humana, de ley, de debate, de igualdad de derechos. Es hija de la Ilustración y del rechazo total a la lógica del terror. Nació de la cooperación para reconstruir lo que la cultura de la exclusión y el exterminio había destruido en dos guerras. Solo existe allí donde el individuo es soberano frente al Estado.

El proyecto imperial ruso es la antítesis de ese modelo: un despotismo fundado en la noción de un “espacio vital”, precisamente aquello contra lo que Europa se reconstruyó tras el horror de Auschwitz y Buchenwald. Por eso Kyiv se ha convertido en una frontera, no entre dos países, sino entre dos modelos de civilización. Si Ucrania cae, no será solo un Estado el que se derrumbe. Será, una vez más, la posibilidad misma de un mundo regido por el derecho internacional. Lo vemos también en lo que Netanyahu hace en Gaza y Cisjordania. Como escribe Nicolas Tenzer en Nuestra guerra, la invasión rusa constituye “una ofensiva total contra el orden legítimo”. No es una crisis regional. Es un ataque directo contra la democracia liberal. El Kremlin lo sabe: si aplasta a Ucrania, demostrará que la ley es apenas un decorado y que solo la fuerza define la verdad.

Las consecuencias serían globales: una regresión planetaria hacia la lógica imperial, la de protectorados, vasallos, fronteras móviles y pueblos reducidos al silencio. Un retorno a la Europa anterior a Westfalia.

Aún más grave es el derrumbe paralelo del pilar occidental que desde 1945 dio estructura al mundo libre. Estados Unidos, antes arquitecto y garante de un orden internacional —imperfecto, a veces cínico, pero estructurante— se retira hoy del escenario histórico. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca confirmó este cambio drástico: un mundo reducido a transacciones, a beneficios inmediatos, a una insignificancia moral. Trump, fiel a sí mismo, habría negociado Múnich con Hitler en nombre del pragmatismo contable, acusado a Varsovia de ser “ingrata” con el Tercer Reich y aconsejado a Churchill “hacer la paz” modificando unas cuantas fronteras. Quizá incluso habría felicitado a Quisling por su pragmatismo. La cobardía disfrazada de realismo. Nada más viejo, pero rara vez exhibida con tanta arrogancia, franqueza e indolencia cínica.

Lo que ocurrió en febrero entre Trump y Zelenski no fue un incidente diplomático. Fue una ruptura histórica, casi una abdicación moral, aunque Washington haya intentado luego recomponer los restos de su error estratégico. El mensaje enviado a Putin fue clarísimo: sigan, el camino está libre. Los Sudetes, versión siglo veintiuno. Ese giro estratégico estadounidense le abrió a Rusia una ventana de oportunidad peligrosa: si Washington se retira, Moscú puede intensificar su ofensiva, convencida de que Ucrania colapsará bajo el peso de la indiferencia occidental.

Lo que está en juego no es solo la derrota de un país, sino el desgaste de la idea misma de Occidente. Todo en beneficio de una coalición global de imperios: Moscú, Beijing, Teherán, sus clientelas y sus operadores políticos en Europa y Estados Unidos. George Steiner habría estremecido de terror: es la última puerta del castillo de Barba Azul que se derriba ante los ojos de un mundo casi exangüe, como ocurre en Palestina.

Es el fin de una cultura. Steiner lo había advertido desde 1971: “Me parece ridícula cualquier teoría de la cultura que no coloque en el centro los mecanismos de terror que llevaron a la muerte, en Europa y en Rusia, desde el inicio de la Primera Guerra Mundial hasta el final de la Segunda, por hambre o por masacres sistemáticas, a setenta millones de seres humanos”.

Ridícula es poco. Hoy suena más preciso decir ignominiosa.

Este repliegue estadounidense reveló lo que Kissinger llamaba “la tentación del desenganche”. Occidente sufre una fatiga existencial. Ya no cree en su propio relato. No se atreve a defender lo que dice encarnar. Trump no inventó nada en ese sentido: es el síntoma hipertrofiado de una civilización que duda de sí misma, de sus referentes y de los valores morales que construyó para que no hubiera nunca más un Hitler, y que ha caído en un nihilismo mefistofélico. Y cuando la civilización retrocede, los bárbaros avanzan. Que se lo pregunten a Rómulo Augústulo y Odoacro.

Europa se encuentra sola, y no por accidente. De Gaulle lo anticipó en los años sesenta: una gran potencia no tiene amigos, solo intereses. La dependencia estratégica es una equivocación mortal. Hoy, la solidaridad atlántica depende del capricho de un hombre que oscila entre la admiración por Putin y el desprecio por sus aliados. Europa duda, tiembla, calcula, como ocurrió entonces con Chamberlain, pese a la lucidez de algunos de sus líderes.

¿Qué queda entonces? Solo una alternativa: despertar o morir. Elegir existir como potencia política soberana o volver a ser un protectorado. Entender que la libertad se defiende a lo Churchill, lejos de los Pétain de hoy: Orbán, Salvini y compañía. Ucrania encarna hoy lo que Europa olvidó después de casi un siglo de paz: que la libertad es una necesidad vital, no un lujo retórico. Y, sobre todo, que hay hombres y mujeres que mueren para que la idea del derecho sobreviva. Una civilización incapaz de reconocerlo ya está muerta. Al perder su memoria, pierde su razón de ser, su alma.

Nuestra guerra —porque es la de todos, como deber moral— consiste en mantener la frontera simbólica y política entre el mundo del derecho y el mundo del imperio. Si esa frontera cae, se derrumba la humanidad política. De lo que hace a Europa no quedará más que un espacio geográfico. Ucrania es, de alguna manera, el límite que todavía protege a Europa de las tinieblas. Si esa barrera cae, una cierta idea del mundo desaparecerá con él.

Hay que decir “no” a Putin y a sus imitadores en toda Europa, mientras insistan en convertir el mundo en recintos identitarios sometidos al corazón del imperio y su poder. La resistencia colectiva a la tiranía es lo que siempre ha permitido moldear una civilización que, con todas sus fallas, ha sido más progresista y humana.

Ese es, ni más ni menos, el precio de nuestra propia evolución.


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