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Análisis

Antes de la paz… ¿cuál es el plan del Líbano?

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Por Houssam El-Eid
Publicado jul 22, 2026 - 00:41

Dejemos de lado, aunque sea por un momento, las objeciones al acuerdo marco, las divisiones políticas que ha suscitado y las posturas encontradas que ha provocado. Planteemos, en cambio, otra pregunta, quizá más importante que el propio acuerdo, porque se refiere a lo que vendrá después.

Si partimos de la premisa de que el Líbano se encamina, tarde o temprano, hacia el fin de su estado de conflicto con su entorno regional, y de que Oriente Medio avanza gradualmente hacia una nueva etapa en las relaciones entre los Estados, ¿tiene el Estado libanés una visión clara de lo que espera de esa nueva fase? ¿Ha empezado alguien, siquiera, a reflexionar sobre la posición económica y política que podría ocupar el Líbano si el entorno regional en el que ha vivido durante décadas llegara a transformarse?

Lo que llama la atención es que el debate libanés parece concentrarse casi exclusivamente en los propios acuerdos: sus condiciones, sus garantías, sus mecanismos de aplicación y las objeciones que generan. Sin embargo, la pregunta que debería anteceder a todas las demás sigue ausente: ¿qué queremos nosotros de esta transformación?

Los Estados no consideran el fin de una guerra como un simple logro político o de seguridad. Lo entienden como un momento decisivo para redefinir sus prioridades económicas, replantear su posición regional y redefinir el papel que desean desempeñar en su entorno. Por eso no se limitan a negociar acuerdos destinados a poner fin a los conflictos. Paralelamente, elaboran estudios, desarrollan escenarios y diseñan políticas capaces de convertir la estabilidad en crecimiento económico, inversiones, generación de empleo e influencia regional.

En el Líbano, sin embargo, ese debate ni siquiera parece haber comenzado. No se conoce ningún estudio nacional que evalúe el impacto que una transformación de esta naturaleza podría tener sobre la economía libanesa, ni existe una visión integral que identifique los sectores capaces de convertirse en motores del crecimiento durante los próximos años. Tampoco ha habido un debate serio sobre el papel que el Líbano debería aspirar a desempeñar en el Mediterráneo oriental si el mapa político de la región llegara a cambiar. Es como si diéramos por sentado que cualquier acuerdo, por el simple hecho de concretarse, conduciría automáticamente a la prosperidad, cuando la experiencia de numerosos países demuestra exactamente lo contrario: la estabilidad no genera desarrollo por sí sola. Únicamente crea las condiciones para que quienes saben aprovecharlas puedan construirlo.

Más importante aún, el Líbano no se enfrenta a la redefinición de una sola relación, sino a la posibilidad de mantener vínculos distintos con dos Estados cuyas estructuras económicas son profundamente diferentes. Esa realidad exige, necesariamente, dos enfoques completamente distintos.

La relación con Siria, si llegara a consolidarse sobre bases claras que respeten plenamente la soberanía de ambos Estados, uniría a dos economías que afrontan desafíos muy similares. Ambos países buscan reconstruir sus economías, recuperar la confianza, modernizar su infraestructura y reactivar sus sectores productivos. Ello abre la puerta a replantear el tránsito terrestre, modernizar los pasos fronterizos legales, interconectar las redes de transporte y energía y participar en cualquier futuro proceso de reconstrucción dentro de un marco transparente que proteja los intereses libaneses y evite el regreso de las dinámicas de dependencia e injerencia por las que el Líbano pagó un alto precio durante décadas. En esencia, sería una relación basada en la búsqueda de complementariedades entre dos economías que intentan recuperarse al mismo tiempo.

La relación con Israel, en cambio, parte de una realidad completamente distinta. Aquí no hablamos de dos economías comparables, sino de una enorme brecha en términos de tamaño económico, desarrollo tecnológico, capacidad de innovación, fortaleza industrial, acceso a los mercados internacionales y capacidad para atraer inversiones. Por ello, la pregunta adquiere una dimensión diferente. El verdadero desafío no radica en el volumen del comercio bilateral, sino en la manera en que el Líbano logre posicionarse dentro de un entorno económico regional marcado por la presencia de una economía de ese nivel de desarrollo.

En circunstancias como estas, los países pequeños no pueden construir su estrategia compitiendo directamente con las economías más grandes en los mismos sectores. Deben, por el contrario, identificar aquellos ámbitos en los que puedan generar un valor agregado distintivo, ya sea en los servicios, la educación, la economía digital, las industrias creativas, las finanzas, la atención sanitaria o cualquier otro sector capaz de otorgarles un papel diferenciado dentro de la región.

Todo ello conduce inevitablemente a la pregunta que debería situarse en el centro de cualquier debate nacional durante las próximas décadas: ¿qué papel quiere desempeñar el Líbano en Oriente Medio en los años por venir?

Desde su independencia, el Líbano nunca eligió conscientemente ese papel. En determinados momentos, la geografía lo convirtió en un centro financiero; en otros, las guerras lo transformaron en un escenario de confrontación. Posteriormente, las transformaciones regionales lo llevaron a desempeñar funciones transitorias dictadas más por las circunstancias que por una decisión nacional. Pero si la región está entrando realmente en una etapa diferente, el Líbano ya no podrá seguir esperando que sean los acontecimientos externos los que definan su función. Por primera vez en décadas, serán los propios libaneses quienes deberán decidir qué tipo de economía desean construir, qué modelo de desarrollo quieren adoptar y qué lugar aspiran a ocupar dentro de la región.

Por ello, lo que el Líbano necesita no es otro debate sobre las cláusulas de los acuerdos, sino poner en marcha un gran esfuerzo nacional para elaborar una visión integral de la etapa posterior a los conflictos. Un esfuerzo que comience por la economía antes que por la política, y por definir la identidad futura del Líbano antes de abordar la naturaleza de sus relaciones con su entorno regional. Porque los acuerdos, por sí solos, no construyen el futuro de los Estados. Simplemente abren nuevas oportunidades. El futuro de un país depende, en última instancia, de su capacidad para aprovecharlas y convertirlas en un proyecto nacional coherente.

Quizá la mayor paradoja sea que el Líbano ha pasado tantos años debatiendo la guerra sin detenerse nunca a discutir seriamente cómo quiere vivir una vez que los conflictos hayan quedado atrás. Si la transformación regional que hoy comienza a perfilarse termina por convertirse en una realidad, la verdadera pregunta no será si estamos a favor o en contra de este o de aquel acuerdo. Será si, por primera vez, contamos con una visión clara del Líbano que queremos construir cuando la región que nos rodea haya cambiado.

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