
Trump impone una nueva y severa norma en el estrecho de Ormuz


Durante más de 11 días consecutivos, la República Islámica de Irán ha sido objeto, noche tras noche, de intensos bombardeos y ataques estadounidenses dirigidos contra posiciones de la Guardia Revolucionaria, infraestructura militar y rutas de comunicación en distintas partes del país. Al mismo tiempo, el bloqueo marítimo impuesto por las fuerzas estadounidenses a los puertos iraníes está asfixiando gravemente una economía que ya atravesaba una situación especialmente crítica. Para completar el panorama, el propio régimen parece estar afectado por profundas divisiones internas que amenazan su supervivencia.
Frente a una situación cada vez más caótica, en la que ha quedado atrapado como consecuencia directa de sus propias políticas expansionistas y hegemónicas, que no reconocían límites, el gobierno de Teherán busca ahora “exportar” el conflicto, extendiéndolo por toda la región, aunque procurando evitar un enfrentamiento directo con Israel. Al mismo tiempo, intenta explotar al máximo una carta que maneja mediante métodos característicos de las milicias y del crimen organizado: la amenaza de paralizar las rutas marítimas internacionales y, poner en riesgo una parte considerable de la economía mundial. Esta estrategia de exportar su propia crisis se ha traducido en ataques con drones y misiles no solo contra los Estados del Golfo, como ocurre desde el inicio del conflicto en junio de 2025, sino cada vez más contra Jordania, Irak, donde grupos opositores iraníes han sido atacados, y Siria.
La maniobra más reciente del régimen de los ayatolás en esta campaña ha sido reactivar la carta hutí. En los últimos días, la milicia yemení controlada por Teherán ha renovado e intensificado sus amenazas contra Arabia Saudita. También ha afirmado haber impuesto un bloqueo marítimo a los puertos sauditas. La maniobra iraní es clara: extender su campaña de chantaje e intimidación al estrecho de Bab el Mandeb y al mar Rojo para aliviar la presión militar estadounidense sobre la infraestructura de la Guardia Revolucionaria. Sin embargo, el miércoles estuvo marcado por una serie de declaraciones contundentes que podrían neutralizar la carta hutí de Irán. El presidente Donald Trump reiteró ese día, tal como ya lo había hecho durante su reunión con el presidente Joseph Aoun, que Estados Unidos no permanecería de brazos cruzados si los hutíes amenazaran la libertad de navegación en el estrecho de Bab el Mandeb y el mar Rojo.
En la misma línea, Siria y, como era de esperarse, el secretario general del Consejo de Cooperación del Golfo condenaron enérgicamente el miércoles las amenazas hutíes contra Arabia Saudita. Pero la reacción más significativa provino, sin duda, de Pakistán, pese a su papel como principal mediador entre Irán y Estados Unidos y, sobre todo, como uno de los principales aliados de la República Islámica, al menos hasta cierto punto. Islamabad condenó con firmeza los ataques hutíes contra el reino saudita y subrayó su compromiso con la seguridad y la soberanía de Arabia Saudita, recordando que ambos países están unidos por un pacto de defensa y seguridad. El gobierno pakistaní añadió que respondería con contundencia, “si fuera necesario mediante el uso de la fuerza”, precisó, ante cualquier ataque contra un buque pakistaní que transitara por esa vía marítima.
Paralelamente a la neutralización de la carta hutí de Irán, el presidente Trump elevó el tono el miércoles en su esfuerzo por garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Declaró de manera inequívoca que, a partir de ahora, cualquier ataque iraní, ya sea con drones, misiles o cualquier otro medio, contra un barco que transite por el estrecho de Ormuz provocará que las fuerzas estadounidenses destruyan de inmediato un puente o una planta eléctrica dentro del territorio iraní, incluso en Teherán o sus alrededores.
Esta severa advertencia se suma a la neutralización de la carta hutí y debería, al menos en teoría, moderar la postura beligerante de la Guardia Revolucionaria respecto al estrecho de Ormuz. Aun así, el principal negociador iraní declaró el miércoles que “la situación en el estrecho de Ormuz no volverá a ser la de antes de la guerra”, confirmando la determinación de la República Islámica de imponer su control sobre esta vía marítima y cobrar tarifas de tránsito, pese al rechazo categórico de Estados Unidos, la Unión Europea, los Estados del Golfo e incluso China.
Las tensiones crecientes apuntan a la posibilidad de un ataque estadounidense de gran escala contra el régimen iraní. Dos acontecimientos, entre otros, parecen indicar ese rumbo: la decisión del nuevo primer ministro británico de autorizar el despliegue de aeronaves estadounidenses en bases militares del Reino Unido y la aprobación, el miércoles por la noche, por amplia mayoría en el Parlamento de Bulgaria, de una solicitud del gobierno que autoriza a aviones de combate estadounidenses a reabastecerse de combustible en territorio búlgaro. Irán había advertido previamente a las autoridades búlgaras que no adoptaran esa decisión.
Para concluir este capítulo regional, cabe señalar que el nuevo primer ministro de Irak, Ali al Zaidi, tiene previsto visitar Teherán en los próximos días. En las circunstancias actuales, este viaje adquiere una importancia particular a la luz de la política impulsada por el actual gobierno iraquí, que ha multiplicado las iniciativas y medidas destinadas a contrarrestar la influencia iraní en Irak.
Esta nueva orientación de la política iraquí estuvo en el centro de la visita de Al Zaidi a Washington hace unos días, donde firmó una serie de acuerdos económicos con funcionarios estadounidenses. Estos acuerdos fueron recibidos con gran desconfianza por el régimen iraní, que denunció un giro estratégico de Bagdad hacia un mayor acercamiento con Occidente, en detrimento de la influencia de la República Islámica.
El capítulo libanés
El giro estratégico destinado a frenar el expansionismo iraní también es claramente visible en el escenario libanés. Se ha consolidado aún más tras la visita oficial del presidente Joseph Aoun a Washington a comienzos de la semana y su ampliamente difundida reunión con el presidente Trump en la Casa Blanca.
Esta opción estratégica, que podría calificarse como soberanista y prooccidental, se refleja especialmente en el inicio de la implementación del acuerdo marco firmado por Líbano e Israel el 26 de junio. Según los términos de este acuerdo patrocinado por Estados Unidos, el ejército israelí se retiró el martes por la mañana de Zawtar al Gharbiyeh, donde el ejército libanés se desplegó de inmediato y comenzó su misión de garantizar que Hezbollah ya no estuviera presente en la zona. Y para subrayar la importancia del proceso iniciado con la firma del acuerdo marco entre Líbano e Israel, el primer ministro Nawaf Salam buscó conferirle un carácter solemne realizando una visita no anunciada a Zawtar al Gharbiyeh.
La implementación del acuerdo entre Líbano e Israel y las perspectivas de su siguiente fase serán objeto de una nueva ronda de conversaciones entre ambos países, prevista para el 4 de agosto en Roma, nuevamente bajo los auspicios de Estados Unidos. Para gran disgusto del campo iraní…