


Santo Padre, en el momento en que usted se dispone a pisar la tierra del Líbano y de Turquía, en el umbral de este Levante herido que fue, sin embargo, una de las cunas de la humanidad creyente, nos atrevemos a escribirle. El propósito no es añadir una voz más al concierto de los discursos protocolarios. Eso no tendría absolutamente ningún interés. Fórmulas vacías, relucientes pero sin alma, escuchará usted muchas a lo largo de su visita.
Esta carta viene a pedirle algo a la vez simple y vertiginoso: retomar la antorcha. La antorcha de Francisco. La de un humanismo integral que intentó, contra viento y marea, capturar el Evangelio en lo que tiene de más desnudo: la dignidad de todo ser humano, la fraternidad como único horizonte posible de la política, la religión liberada de los ídolos identitarios.
Más allá de las palabras, su predecesor realizó actos que, vistos desde aquí, tienen la densidad de los giros históricos:
– el congreso de al-Azhar sobre la ciudadanía y la convivencia;
– la Declaración de Abu Dabi, verdadero “preámbulo al preámbulo” de los derechos humanos, donde Dios y la dignidad humana dejan de ser contrapuestos;
– la visita a Nayaf, al ayatolá Sistani, gesto de una trascendencia inmensa en un chiísmo que Irán había intentado confiscar al servicio de un proyecto imperial;
– la encíclica Fratelli Tutti, que opone a la mundialización del odio una civilización de la fraternidad.
Todo esto, Santísimo Padre, compone ya una nueva “Santa Alianza,” tal como lo subrayaba el inmenso profesor Antoine Courban. No la de los tronos y los cañones, ciertamente, sino la de las conciencias que rechazan las guerras santas, ya sean libradas en nombre de Dios o de esas “religiones políticas” que deifican la nación, la raza, la tribu, el partido. Su viaje al Líbano y a Turquía se inscribe en esta herencia. Pero llega en un momento en que el mundo, y singularmente nuestra región, parece precipitarse hacia exactamente lo contrario: el tiempo de los muros, de las fronteras y las fracturas identitarias, de los populismos que se nutren del miedo al otro. De los Putin, los Orbán, Le Pen, J.D. Vance y sus imitadores más o menos confesados, que manipulan la cruz como estandarte de separación, que se mofan de la cultura de la mediación y de los puentes construidos para ir al encuentro del otro. Y desgraciadamente, actualmente hacen adeptos.
El odio ha sido siempre un motor poderoso de la Historia. Es aquí donde el Líbano entra en escena. Juan Pablo II lo dijo con una fórmula que casi se ha vuelto un cliché, por tanto casi inaudible: “El Líbano no es sólo un país, es un mensaje.” Pero ese mensaje no es místico; es político en el sentido más noble. Dice que es posible organizar una ciudad donde no se le pregunta primero al otro quién es, de qué rito, de qué confesión, de qué tribu, sino cómo puede participar, con todos los demás, en un mismo espacio público. Como el espíritu de convivencia de la Andalucía de antaño. En el siglo pasado, esta apuesta tomó carne en lo que se llamó el “Gran Líbano.” Fue una audacia. Desde luego no un “error histórico,” como pretenden hoy los cantores oportunistas de la partición. Una promesa frágil, y desde luego no una anomalía que corregir.
Lejos de ser la causa de nuestros dramas, el pluralismo libanés ha sido su víctima, cuando la cultura del vínculo fue reemplazada por la cultura de la exclusión, cuando la ciudadanía fue traicionada por los señores de la guerra, sus milicias, sus padrinos extranjeros. Hay que releer, más que nunca, a Samir Frangieh — el único visionario genuino de las dos últimas décadas, que amó al Líbano con pleno conocimiento de lo que lo hacía único en este mundo: su convivencia, y su deseo profundo de irradiación y paz. No era una opción política. Samir veía en el Líbano un modelo humano de civilización frente a la barbarie.
Hoy, algunos, dentro de la propia comunidad cristiana, quisieran saldar esta apuesta. Cansados, heridos, aterrorizados por las guerras, las ocupaciones, la crisis económica, ya no ven en el Líbano sino un “error histórico,” y en el cristianismo sino una identidad que atrincherarse. Sueñan con federalismos sectarios, con cantones homogéneos, con alianzas de minorías bajo la protección de nuevos zares “defensores de los valores cristianos.”
En la hora en que la alianza de las minorías está ella misma en plena agonía, desustanciada, reducida a lo que siempre ha sido: las ruinas de un proyecto hegemónico y de un sometimiento colectivo a la tiranía en nombre de una protección ilusoria y falaz. Han olvidado que cada vez que los cristianos del Líbano se han encerrado tras muros, han perdido; y que cada vez que se han comprometido en un proyecto más amplio que ellos mismos, han pesado muy por encima de su número.
Youakim Moubarak, Nasrallah Sfeir, Youssef Bechara, Michel Hayek, Samir Frangieh, y tantos otros, han llevado otra visión: la de una “Iglesia de los Árabes” en diálogo con el islam para renovar juntos el Oriente; la de un Líbano-mensaje en el que el papel de los cristianos no es el de ser protegidos como una minoría asustada, sino el de garantizar el espacio común, de “tejer y retejer los vínculos” entre las componentes del país y de la región.
Santísimo Padre, si le escribimos, no es para que usted venga a adular nuestras nostalgias o a bendecir nuestros miedos. Es para que nos ayude, con su palabra, a desarmarlos.
Necesitamos que, desde Beirut como desde Estambul, usted afirme con claridad que el futuro de los cristianos de Oriente no se encuentra ni en los brazos de nuevos César, ni en las fantasías de la fortaleza, ni en los sueños de guetos autónomos, sino en el combate por un Estado unitario, civil, fundado sobre la ciudadanía, garante de las libertades de todos — de un Oriente Medio al fin unido en la paz de los hermanos, aquella que es capaz de mover montañas.
Necesitamos que usted recuerde, con la fuerza tranquila de Francisco, que:
– hablar de “minorías” en lugar de ciudadanos es ya aceptar el fraccionamiento de la comunidad política;
– sacralizar la identidad contra la igualdad en derechos es traicionar a la vez el Evangelio y la herencia de los derechos humanos;
– invocar a Cristo para alimentar la hostilidad hacia el extranjero, el refugiado, el diferente, es profanar la cruz, no defenderla.
Necesitamos que usted muestre, con gestos y palabras, que Bucarest, Budapest o Moscú — e incluso Washington en su estado actual, y Tel Aviv — no pueden convertirse, para los cristianos del Levante, en sustitutos de Roma; que el cristianismo identitario, cerrado, xenófobo, no es una variante aceptable del cristianismo, sino su caricatura mortífera.
Su paso por el Líbano puede ser, para nosotros, un examen de conciencia. Encontrará usted un país exángüe, un Estado desmembrado en busca de una reconstrucción que se antoja improbable, cuando no imposible, a la sombra de la milicia y de los apetitos politiqueros; una sociedad tentada por el cinismo o la desesperación. Encontrará a cristianos divididos, algunos fascinados por las sirenas de un proteccionismo sectario, otros tan agotados que quieren marcharse. Pero encontrará también, a veces en la sombra, una multitud de mujeres y hombres que continúan, día a día, encarnando la cultura del vínculo: maestros, médicos, militantes, sacerdotes, imámes, periodistas, simples ciudadanos que, sin grandes discursos, viven la convivencia como se respira. Son ellos a quienes hay que confirmar.
Santísimo Padre, le pedimos que retome las ideas formuladas a través de al-Azhar y Abu Dabi, prolongadas por Fratelli Tutti, y las aplique explícitamente al Líbano; que diga que este país no es una “reserva de cristianos” que salvar a duras penas, sino un laboratorio frágil de ciudadanía que salvar para todos; que no se puede defender a los cristianos del Levante sacrificando precisamente lo que justifica su presencia: un cierto arte de vivir con el otro. No le pedimos que tome partido por tal campo o tal facción. Le pedimos que tome partido por el único clivaje que vale: la cultura del vínculo contra la cultura de la exclusión; el humanismo integral contra los nihilismos identitarios; el Líbano-mensaje contra el Líbano-gueto.
Si, desde la altura de su ministerio, usted confirmara esta elección, daría a los cristianos del Líbano — y, con ellos, a sus conciudadanos musulmanes —, más allá del simple consuelo, una responsabilidad renovada. La de volver a ser, no los guardianes asustados de un recinto, sino los artesanos de un espacio común donde, por fin, “todos los pueblos forman una sola comunidad,” no por borramiento de las diferencias, sino porque cada uno acepta que la dignidad del otro limita su propio miedo. Entonces, quizás, en este Levante asolado, su visita podría ser uno de esos momentos raros en que la historia vacila, en que se elige entre la tentación de la ciudadela y el riesgo del puente. Es ese riesgo el que le suplicamos que alíente.
Desde el Líbano, en la noche pesada de nuestro tiempo, le escribimos con esta única certeza: o bien seremos hermanos, o bien seremos, los unos para los otros, la tentación permanente del enemigo, y los artesanos de nuestra propia desaparición.