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Perspectiva

Juicios equivocados y una ecuación invertida

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بقلم Michel Touma
نُشر dic 13, 2025 - 01:59

Una confirmación contundente del punto de inflexión al que ha llegado la Administración Trump en política exterior; así, en esencia y de forma sucinta, varios observadores y analistas reaccionaron a la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada hace unos días por la Casa Blanca. Este documento central, de unas treinta páginas y con un prólogo del presidente Donald Trump, expone de manera detallada las orientaciones y objetivos que Washington ha definido ante los acontecimientos en las regiones sensibles del mundo y los asuntos vitales que se desarrollan en el escenario internacional.

Las ideas que presenta el equipo de la administración en la capital federal no son del todo sorprendentes. Ya habían sido objeto de un intenso debate en diversos círculos políticos y diplomáticos, pero es probable que sea la primera vez que se reúnen con tanta amplitud y método, tema por tema, región por región, en un documento oficial emanado de los niveles más altos del poder.

La estrategia expuesta en el texto coincide, en líneas generales, con la visión defendida por J.D. Vance mucho antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2024. Vance, quien luego se convertiría en el compañero de fórmula de Trump, había insistido en varias intervenciones públicas, sobre todo durante el verano de 2024, en que Estados Unidos ya no debía situarse sistemáticamente en la primera línea de todos los frentes abiertos contra los adversarios del mundo occidental. Defendía, por ejemplo, que Europa asumiera la responsabilidad de su propia defensa, con apoyo estadounidense, por supuesto, pero sin cargar completamente sobre la infraestructura militar de Estados Unidos.

Sin embargo, fue sobre todo su visión de Medio Oriente lo que llamó la atención y sigue siendo de gran interés para el Líbano y el Levante. El entonces candidato a la vicepresidencia subrayaba que Israel y los Estados suníes de la región debían, al igual que Europa, asumir sus propias responsabilidades en materia de defensa y coordinar más estrechamente sus esfuerzos para contrarrestar el expansionismo iraní.

Esta orientación, defendida por Vance en aquel momento y reflejada nuevamente en el documento presentado por la Casa Blanca, representa una ruptura profunda con la política que siguieron administraciones estadounidenses anteriores (con excepción del primer mandato de Trump). Conviene recordar que, a comienzos de los años ochenta, tras el estallido de la guerra Irán-Irak (1980-1988), Estados Unidos e Israel prácticamente se apresuraron a auxiliar a la República Islámica de Jomeini, proporcionándole misiles antitanque, equipamiento militar y refacciones para ayudarla a enfrentar al ejército de Saddam Hussein. Ese apoyo crucial, puesto al descubierto más tarde en el escándalo Irangate, se inscribía en un contexto más amplio que el conflicto Irán-Irak (incluidos los fondos para la Contra nicaragüense). Pero su objetivo estratégico era claramente apuntalar al ala pragmática del régimen chiita de Teherán para debilitar al polo sunita en Medio Oriente.

Sin embargo, ese cálculo interpretó gravemente mal la visión ideológica de los Guardianes de la Revolución, que desde la llegada al poder de Jomeini impulsaron con fuerza un proyecto expansionista destinado a exportar la Revolución Islámica por toda la región. El error de apreciación de principios de los años ochenta significó, en última instancia, que no solo no se fortaleció al ala pragmática del régimen iraní frente al bloque sunita. Por el contrario, la corriente radical jomeinista no dejó de ganar poder, extendiendo su influencia a todos los sectores económicos, sociales e institucionales de Irán, sorteando al Estado central y sembrando inestabilidad crónica en varios países del Levante.

Estas ambiciones hegemónicas estuvieron acompañadas de un desarrollo acelerado del programa nuclear iraní. De este modo, aquello que hace cuarenta años se percibía como un contrapeso pragmático al poder sunita se convirtió, cuatro décadas después, en una seria amenaza existencial, que debería haberse reconocido desde un inicio si se hubieran comprendido plenamente los fundamentos ideológicos del proyecto de los Guardianes de la Revolución.

El error estratégico, y probablemente fatal, del ala radical del régimen fue no reconocer sus propios límites en una región tan compleja como Medio Oriente, y perseguir ambiciones desmedidas, tanto en su programa nuclear como en su implantación artificial en el Levante. Por ello no sorprende que la Estrategia de Seguridad Nacional presentada hoy por la Administración Trump invierta la ecuación de los años ochenta al promover la cooperación entre Israel y los Estados suníes para enfrentar el peligro que representa una potencia chiita que aún se resiste a aceptar la profunda transformación geopolítica de la región. Esta transformación abre la puerta a un nuevo Medio Oriente basado en una paz duradera y una cooperación económica de amplio alcance.

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