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Análisis

Cómo Occidente eligió a Ucrania (1/5)

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بقلم Jean-Patrick Dayras
نُشر jul 15, 2026 - 16:17

La guerra de Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otros factores, por bombardeos casi diarios que apuntan a puntos neurálgicos de ambos bandos y, más concretamente, a las capitales rusa y ucraniana.

Para comprender mejor las distintas dimensiones de este viejo conflicto, es necesario remontarse a los prolegómenos y la génesis de lo que desembocó en esta guerra (¿fratricida?), exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las diferentes partes implicadas, entre ellas Occidente (Estados Unidos y Europa, extendida a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía), y recordando también los inicios de la ofensiva rusa y el fracaso de los intentos de alcanzar la paz, o al menos de entablar negociaciones, sabiendo que las responsabilidades en este contexto son múltiples.

Jean-Patrick Dayras, contraalmirante (2s)

En una serie de cinco artículos, nuestro colaborador Jean-Patrick Dayras, contraalmirante de la marina francesa, expone su visión y análisis de la cuestión.

Para comprender bien los entresijos de los diversos aspectos de la guerra en Ucrania, deberían plantearse desde el principio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias concretas de una eventual victoria clara de uno de los dos protagonistas? Y, por tanto, ¿cuáles serían las repercusiones para Occidente y el Próximo Oriente?

Antes de abordar estos diferentes ángulos, una exposición de los prolegómenos y de la génesis de este conflicto constituye, sin duda alguna, un paso obligado.

El detonante del conflicto fue, en cierta medida, el movimiento del Maidán, protagonizado por la juventud ucraniana, que interpretó la negativa del entonces presidente ucraniano Víktor Yanukóvych a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea en noviembre de 2013 como una renuncia a la orientación que ella misma deseaba.

Las principales motivaciones de esa juventud en aquel momento eran: la aspiración a un nivel de vida más elevado; la construcción de un Estado de derecho; la lucha contra la corrupción; la libertad de circulación y la posibilidad de viajar, estudiar y trabajar con mayor facilidad en Europa; y la afirmación de la identidad cultural y política.

Una parte de la juventud, especialmente en el oeste y el centro de Ucrania, se sentía culturalmente más cercana a Europa que a Rusia, a diferencia de las regiones del este.

El país estaba, pues, lejos de ser sociológicamente homogéneo. En ese contexto, el Maidán fue un movimiento ampliamente popular.

Estados Unidos apoyaba a la oposición ucraniana, tanto políticamente como mediante financiación durante años de programas de apoyo a la sociedad civil, los medios de comunicación independientes y las instituciones democráticas. Existían en el trasfondo intereses geopolíticos evidentes.

Tras Georgia y las independencias bálticas, Rusia había dejado claro su leitmotiv: “hasta aquí”… ¿Apoyó o provocó la CIA, siempre muy activa y a menudo implicada, el Maidán? Es posible, aunque no seguro. La historia de Estados Unidos desde 1970 lleva a pensar que no fue ajena a ello. Rusia presenta el Maidán como un golpe de Estado respaldado por la CIA. Eso no es una prueba. Pero es posible, incluso lógico pensarlo.

Los responsables políticos europeos y estadounidenses expresaron su apoyo a los manifestantes y a un acercamiento con Europa.

Por otro lado, los medios de comunicación ucranianos, las redes sociales, las universidades y asociaciones estudiantiles, así como las organizaciones de la sociedad civil (algunas de las cuales contaban con financiación occidental o de fundaciones internacionales) desempeñaron un papel nada desdeñable en este contexto. Rusia, por su parte, desarrollaba su influencia en los sectores económico, mediático y político para integrar a Ucrania en la Unión Económica Euroasiática.

De Caribdis en Escila

Tras Maidán, las relaciones entre ambos países se transformaron radicalmente. El gobierno de Yanukóvych cayó en febrero de 2014. En marzo de ese mismo año se celebró un referéndum en Crimea, cuyo resultado llevó a Rusia a anexionarse la península. Esta anexión es denunciada como ilegal por un gran número de países miembros de la ONU, que ignoran deliberadamente la historia de la vinculación de Crimea con Ucrania.

En la primavera de 2014, separatistas prorrusos —respaldados por Rusia con financiación, armas y asesores— tomaron el control de varias ciudades en las regiones de Donetsk y Lugansk, en el Donbás. Ucrania lanzó una operación para recuperar los territorios ocupados, dando así inicio a la guerra en suelo ucraniano. En un principio, se trataba de una guerra civil.

Los acuerdos de Minsk (I y II)

El acuerdo de Minsk I, destinado a poner fin a la guerra en el Donbás, fue firmado el 5 de septiembre de 2014 por representantes de Ucrania, Rusia, la OSCE y los separatistas. Sin embargo, el alto el fuego fue violado rápidamente y los combates se reanudaron.

El acuerdo de Minsk II fue firmado el 12 de febrero de 2015 por Petró Poroshenko, Vladímir Putin, Angela Merkel y François Hollande. Contemplaba medidas tanto militares como políticas, pero su aplicación fue objeto de profundas discrepancias. Los combates de baja intensidad se prolongaron entre 2015 y 2022.

El proceso de Minsk siguió siendo oficialmente la base diplomática de las negociaciones, pero nunca llegó a aplicarse plenamente. Tanto la señora Merkel como el presidente Hollande se pronunciaron posteriormente sobre dicho acuerdo, y sus declaraciones no les resultaron precisamente favorables.

Tras Maidán, Ucrania firmó un acuerdo de asociación con la Unión Europea e impulsó reformas en los ámbitos de la justicia, la policía y la lucha contra la corrupción, con resultados considerados desiguales. Asimismo, fue reforzando progresivamente su cooperación con la Organización del Tratado del Atlántico Norte sin llegar a convertirse en miembro. El primero y, sobre todo, el último de los puntos mencionados son fundamentales y no pueden soslayarse al analizar las responsabilidades de cada parte en este lamentable conflicto, que enfrenta a dos países con numerosos vínculos históricos entre sí y con Europa. Por ello, no puede equipararse a otros conflictos entre países rivales enquistados desde hace décadas.

La invasión y las reacciones occidentales

El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania con el objetivo proclamado de garantizar la seguridad rusa y proteger a las poblaciones rusoparlantes de las regiones orientales. Esta agresión es contraria al derecho internacional, tanto más cuanto que Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, al esgrimir este argumento, Estados Unidos y los países europeos omitieron reconocer sus propias responsabilidades, manifiestas en sus distintos comportamientos y en sus numerosas actuaciones cuestionables, especialmente en lo que respecta a la legitimidad del cambio de poder en 2014. Esta cuestión sigue siendo objeto de acalorados debates políticos e históricos.

La falta de reconocimiento de estas responsabilidades se perfila como una culpa, si no como una complicidad. Todo parece haber sido premeditado y buscado deliberadamente. Aún hoy, quienes abogan por la erradicación de Rusia —y la expresión no es en absoluto exagerada— guardan silencio al respecto, y denunciarlo en Occidente conlleva el riesgo de ser tachado de prorruso. ¿Es realmente así como pueden proclamarse los valores occidentales? ¿Es de este modo como se lleva a los pueblos ilustrados a comprender los asuntos del mundo, y en particular los europeos, así como sus implicaciones?

Sin demora, y bajo la influencia de los “Servicios” oficiales y de los grupos de presión opuestos a Rusia, en particular los de la Unión Europea, las poblaciones occidentales tomaron partido por Ucrania. Vale la pena recordar, a este respecto, que antes de 2022 varios medios de comunicación y sitios de noticias habían realizado encuestas callejeras que revelaban que muchas personas tenían dificultades para ubicar Ucrania en el mapa. Existen estudios más antiguos sobre cultura geográfica que demostraron que, en varios países occidentales, una parte considerable de la población tenía problemas para situar en un mapa ciertos países de Europa del Este, incluida Ucrania.

Tras la invasión rusa, las encuestas científicas se centraron en el apoyo a Ucrania, las sanciones contra Rusia, el suministro de armas, la acogida de refugiados y los temores relacionados con el conflicto. Sin embargo, ninguna de estas encuestas abordó la geografía ni las causas de la invasión. Un elemento más que genera sospechas sobre la voluntad de los líderes políticos occidentales de querer “derribar” a Rusia y ocultar cuáles eran sus verdaderas intenciones iniciales: vincular a Ucrania, a toda costa, con Europa, y ante todo con la OTAN.

Estados Unidos sabía, o debería haber sabido, que para los rusos eso constituía un casus belli. Ya tras la independencia de los Estados bálticos (1989-1991), y luego con motivo de los acontecimientos en Georgia que llevaron al reconocimiento, en 2008, de Osetia del Sur y Abjasia como Estados independientes por parte de Rusia, estos últimos habían manifestado claramente su voluntad de contar con Estados tampón que los protegieran de Occidente. Los valores occidentales, invocados repetidamente pero nunca bien explicados, ¿acaso no se fundan más que en deseos de revancha? ¿Para castigar a Rusia, la ex-URSS? Eso no constituye un proyecto de futuro.

Muchos países europeos han estado en guerra, han combatido y han lamentado innumerables muertos en múltiples campos de batalla. ¿Cómo lograron, a pesar de todo, alcanzar la paz? ¿Habría sido el credo de Boris Johnson “hay que erradicar a los rusos”? Todo indica que sí. Boris Johnson mostró en esa ocasión un odio hacia los rusos en general, y no únicamente hacia Putin.

Sin embargo, un acercamiento entre Rusia y Europa había sido contemplado en dos momentos distintos: tras el colapso de la Unión Soviética, el presidente Yeltsin buscó desarrollar relaciones estrechas con los países occidentales, y algunos líderes europeos y rusos llegaron a plantear la posibilidad de una integración más profunda a muy largo plazo; y luego, a principios de la década de 2000, bajo Vladimir Putin, las relaciones con la UE eran relativamente constructivas y estaban marcadas por un espíritu de cooperación.

Los debates durante este segundo período giraban en torno a una asociación estratégica, pero no a la adhesión a la UE. De 1996 a 2022, Rusia fue miembro del Consejo de Europa, organización distinta de la Unión Europea, de la que fue expulsada tras la invasión de Ucrania. ¿Por qué entre 1996 y 2020 no se intentó convertirla en un Estado asociado, como podrían haberlo sido Turquía o Marruecos? ¿Dónde estaríamos hoy, especialmente cuando ya se vislumbra la rivalidad, cada vez más real, entre China y Occidente?

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